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Salvados de Auschwitz gracias a Franco

Arcadi Espada esclarece la verdad sobre el diplomático Ángel Sanz Briz y un «impostor» en el Budapest nazi

ALFONSO ARMADA - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

La conclusión llega suave como un directo a la mandíbula, en el último capítulo, cuando el autor se dispone a volver a casa. Pero como no es prestidigitador, ni mucho menos novelista, muestra sus cartas desde el muelle sobre el Danubio donde los nyilas (cruzflechados, nazis húngaros) ejecutaban a los judíos atándoles por parejas o de tres en tres. En este caso, le pegaban un tiro al del centro y los arrojaban al río. No por ahorrar munición, sino por crueldad. Donde la curva del río se amplía y el Parlamento que parece una catedral cívica se refleja: el horror y la belleza, siempre de la mano. El libro se titula «En el nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en el Budapest nazi», y casi sus últimas palabras rezan: «fueron cuatro personas justas y dignas, que lograron salvar a miles de judíos de la barbarie nazi. Franquistas buenos, qué oxímoron irremediable».

Admite Arcadi Espada (Barcelona, 1957, sobre todo periodista, y profesor de periodismo) que «sería mucho más bonito salvar a la gente en nombre de Gary Cooper, pero la vida es así, la vida es mucho más compleja. Por eso el título es lógico: ‘En nombre de Franco...’ fueron salvados estos judíos». Pero sigamos el camino que, acompañado de lejos por Sergio Campos Cacho, bibliotecario del Cervantes de Berlín, colaborador necesario, que firma dentro, pero con letras grandes, llevó a este «apóstol laico» de la verdad a repasar los telegramas que atesora el Ministerio de Asuntos Exteriores español y los escenarios del crimen en Centroeuropa, un espacio desconocido para demasiados españoles.

Los escenarios del crimen

El viaje arranca, como deben arrancar todos los viajes, a juicio de Espada, con un libro. El martes se puso a la venta «En nombre de Franco», y a la editorial Espasa, persuadida por la perspicacia del autor, no se le ocurrió mejor manera de convencer a la distraída y volátil canallesca de que le dedicaran un poco de atención que llevándose a un grupo de compatriotas de Sanz Briz y de Espada a recorrer los escenarios del crimen y del heroísmo, del sufrimiento y de la compasión, de la leyenda y de la verdad. Es uno de los temas de Espada, no tanto hacer justicia (que en este caso, más que un daño, sería un bien colateral. A él no le gusta definirse en términos de patriotismo: lleva demasiado tiempo combatiendo el catalán como para dedicarse al español) como por tratar de desmontar la leyenda y tratar de acercarse al máximo a la verdad buscando documentos que prueben su intuición: de que un impostor le había arrebatado al encargado de negocios de la embajada de España en Budapest el invierno de 1944 el mérito que le correspondía. Un impostor llamado Giorgio Perlasca, que de momento se ha salido con la suya.

La consagración de la leyenda comienza con las placas y los museos. Budapest es una ciudad llena de placas, que son lápidas, recordatorios para el que pasa distraído. Las hay de todos los tamaños, como un bajorrelieve de bronce (como la de Zoltán Farkas, hecha por él mismo: además de jurista experto de la legación española durante unos tiempos terribles, era también escultor), con las letras talladas sobre mármol blancuzco, o iluminadas como pan de oro (como la de Sanz Briz en el número 35 de Szent István Park, frente al parque del mismo nombre, es decir de San Esteban, y junto al Danubio, una casa sólida, de aire art-decó, una de las que alquiló la legación de España en la capital de Hungría para amparar judíos cuando el nazismo daba sus últimos coletazos).

Las paradojas comienzan pronto. La primera placa que se atornilló junto a la puerta del número 35 del edificio de San Esteban estuvo dedicada a Georgio Perlasca. Arcadi Espada no niega que este italiano que al parecer combatió junto a las fuerzas de Franco (con ese nombre bautizó a su hijo) ayudara a Sanz Briz y a otros funcionarios de la embajada a atender a los judíos bajo su amparo, «pero todo lo que sabemos de Perlasca procede de su propia boca».

La segunda placa, a instancias de la familia y de la diplomacia española, no está junto a la de Perlasca, junto a la puerta principal del edificio, sino en la fachada que da al río. La familia no quiso que el impostor y el héroe compartieran pared. En la ciudad hay muchos más monumentos levantados a la memoria de Perlasca.

Franco y los aliados

En la embajada, donde Sanz Briz, desoyendo órdenes de Madrid, acogió a casi cien judíos, impresionan las palabras durante la presentación del libro por parte de Erzébet Dobos, hispanista húngara, autora de «Salvados», clave para conocer lo ocurrido en Budapest en aquellas semanas terribles de finales de 1944. Aunque no comparte del todo las tesis de Espada sobre Perlasca, destaca las «importantes revelaciones» que aporta: «Demuestra con hechos que el salvamento de los judíos en Budapest por parte de la legación española se hizo con órdenes de Franco y de su Ministerio de Asuntos Exteriores.

Y rescata la memoria de húngaros que prestaron importantes servicios en la embajada, como el asesor jurídico, Zoltán Farkas y la secretaria Elisabeth Tourné». Reconoció que hay pocos documentos sobre Perlasca, y que no se ha valorado bien hasta la fecha la labor de Sanz Briz, descompensada a favor de Perlasca. En su turno, el autor recalcó que si Sanz Briz se excedió «lo hizo del lado del bien. Pero sigue siendo un absurdo decir que el gobierno de Franco no instruyó a su encargado de negocios para que actuara. Las razones puede que tuvieran que ver con el cercano triunfo de los aliados. Pero la razón de Estado no es siempre incompatible con la razón moral». Franquistas buenos.

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