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Juan Manuel de Prada: «Internet es la muerte de nuestra vida. Es la muerte de todo»

Día 20/02/2013 - 11.19h
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El autor de «Me hallará la muerte» tiene la costumbre de decir lo que piensa y arrostrar las consecuencias, como en esta entrevista de casi dos horas celebrada en ABC

Juan Manuel de Prada: «Internet es la muerte de nuestra vida. Es la muerte de todo»
ÁNGEL DE ANTONIO
Juan Manuel de Prada, en ABC

Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970, aunque, como siemper se encarga de recalcar, pasó su infancia y adolescencia en Zamora) es un hombre paradójico. Tiene la costumbre de decir lo que piensa, y de escribirlo, y arrostrar las consecuencias: jamás deja indiferente. Como cuando asegura, en una entrevista de casi dos horas celebrada en ABC, contra la opinión dominante: «Internet es la muerte de nuestra vida. Es la muerte de todo».

Alto y grueso, como si en su figura y en su ir por libre quisiera emular a Orson Welles, tiene un rostro agraciado y las manos finas, de un artesano de la literatura que lleva a gala su condición de católico empeñado en dar testimonio contra viento y marea. Dejó pasar cinco años entre «El séptimo velo» y «Me hallará la muerte», la novela que publicó en el último tramo de 2012. Su título se sirve de un verso del Cara al sol, el himno falangista, no en vano narra las peripecias de un hombre que se reinventó en la División Azul. Desde que debutara con su singular «Coños», De Prada siempre ha dado mucho que leer y mucho que hablar con novelas como «Las máscaras del héroe» (premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España) o «La tempestad» (premio Planeta), sus columnas en ABC (ha ganado los premios de periodismo Mariano de Cavia, que otorga este periódico) y el César González Ruano, y sus apariciones en radio y televisión. Pero dice estar cansado de tanta exposición pública: «Soy una persona mucho más misántropa y retraída de lo que mucha gente pueda suponer».

¿Por qué escribe novelas?

Pues fíjese, yo creo que es una supervivencia de la niñez. De hecho he estado tres años sin escribir novela y he llegado a pensar que no volvería a escribir novela. Yo creo que la novela tiene algo que ver evidentemente con la imaginación, eso por supuesto, pero también con una supervivencia infantil, una necesidad de crear mundos distintos al tuyo, una insatisfacción con el mundo en el que vives o con la vida que llevas, o con las cosas que te rodean. Creo que tiene que ver con eso. Porque yo sí que pensé que pasado un momento de madurez literaria y personal dejaría de interesarme escribir novelas, y de hecho llegué a creer que así podría ser. Pero el caso es que no. Es difícil, es difícil. Yo creo que en los novelistas hay algo de niño desmedrado, de niño monstruoso. Y creo que hay un descolocamiento en el mundo, una insatisfacción con la vida que tienes, con la vida que te ha tocado en suerte. Algo de eso tiene que ser.

¿Cuando habla de una supervivencia de la niñez se refiere a recuperar aquella emoción de cuando leía las novelas por primera vez, de contarlas y contárselas?

No. Se dice que la novela es un género de madurez, y esto es verdad, porque solamente cuando eres maduro puedes... Del mismo modo que la poesía es un género de intuiciones, de deslumbramientos, de epifanías, la novela es un género de decantaciones, del poso que la vida te va dejando, que requiere una destilación de la propia vida. Pero al mismo tiempo creo que el escritor de novelas mantiene una visión infantil de la vida, en el sentido de que la capacidad para hacer abstracción de nuestras impresiones de la vida es propia de la edad adulta. Cuando somos niños nos limitamos a vivir. Y a experimentar la vida a través de las percepciones, no de elaboraciones abstractas que hacemos. Por eso yo creo que escribir novelas en un tiempo que exige más otro tipo de géneros, más pegados a la realidad, tiene algo de supervivencia infantil.

¿Cada novela forma parte de un plan creador o surgen al albur del deseo, las experiencias, las lecturas, las sorpresas de la vida?

Totalmente. Totalmente. Las obras yo creo que van madurando con uno mismo y se van gestando al hilo de la vida. Nacen como por generación espontánea, pero en realidad son como las hierbas en el campo, que el viento las trae. Siempre hay algo que te trae una historia. Hay que estar abierto a ello, brindándote a ello. Pero siempre acude a ti de forma imprevista, impremeditada. Y luego sí, lo que hay que hacer es esa labor de acompañamiento, de ayudar a esa gestación. Hay muchos abortos en el camino. Antes de escribir esta novela pensé en otras posibles ideas, hasta que llegó un momento en que me di cuenta de que no era la historia que yo quería contar, al menos en ese momento. Y se te acaba imponiendo una historia que es la que te va arrastrando. Es un proceso que a veces dura muchos años. Yo a veces he escrito libros que tenía pensados, o al menos concebidos, diez años antes. Y otras en cambio se te imponen de forma más rápida. Eso depende.

¿Por qué sigue siendo la novela un artefacto artístico necesario e insustituible en un supermercado cultural tan lleno de atracciones?

Yo no tengo tan claro que sea insustituible, eh.

¿Podría entonces ser prescindible?

Yo creo que la novela, tal como ha evolucionado, es decir, la novela de puro entretenimiento tal como se concibe hoy, para un público que ya no busca en las novelas ni una interpretación del mundo, ni una satisfacción de índole estética, sino trepidación y entretenimiento en el sentido, entre comillas, más plebeyo, yo creo que sí, que la novela es perfectamente sustituible, y creo que está siendo sustituida. Yo pienso que el auge de las series televisivas, por ejemplo, discurre en paralelo al ocaso de la novela. Sospecho que la novela está en crisis. Puede que me falten elementos, porque estas cosas solo las puede uno decir cuando tiene una perspectiva larga. Pero las posibilidades de que sea sustituida son muy grandes.

Pero en esta novela sin embargo hay una resistencia, porque aparte de trepidación tiene también entretenimiento, voluntad estética, ideas, un trasfondo histórico, una filosofía detrás. Es una novela que sin renunciar a los instrumentos que hacen a la novela atractiva y que arrastran al lector, es también una novela de ideas.

Yo creo que soy un poco anticuado escribiendo, en el sentido bueno de la palabra (a lo mejor también en el malo). Pero sí, sigo pensando que la novela es un instrumento para elucidar o para descifrar o para interpretar el mundo, y es un instrumento para conocer el alma humana, ¿no? Yo la novela la concibo así, y cada vez más. Y de esa voluntad estética de la que habla en mi juventud era mucho más marcada. Hoy en día mi preocupación no es excesiva. Un amigo que me corrigió la novela en galeradas me señaló muchas repeticiones de palabras que en otra época me hubieran puesto de los nervios y ahora mismo no pasa nada. Más que voluntad estética lo que sí creo es que el escritor es un médium de la palabra: coge palabras que en sí mismo son inertes y les tiene que dar vida, que trasfundir su propia sangre, y para eso el escritor tiene que estar presente en esas palabras, tiene que dejarse su alma distintiva, intransferible, en lo que escribe, de ahí que más que una voluntad estética creo que hay una voluntad de que las palabras que broten de mí sean unas palabras mías, en el sentido de darles un tono, una respiración especial. Pero no es una cosa buscada de forma artificiosa ni fruto de un rebuscamiento o impostación, es algo natural. En cambio lo otro sí es una búsqueda consciente, y un gran reto que yo me planteé. Cuando era joven me di cuenta de que tenía una cierta facilidad verbal, digámoslo así, y admiraba mucho a los escritores con facilidad verbal. Pero me di cuenta de que normalmente este escritor cuando se deja llevar por esa facilidad lo mata, lo estrangula, termina limitándolo. Generalmente nuestras grandes virtudes terminan siendo nuestros grandes defectos. El artista tiene que estar en perpetua lucha con sus virtudes, con sus facilidades, tiene que tratar de convertir sus facilidades en dificultades. Y eso es lo que yo he tratado de hacer. En un determinado momento me di cuenta de que tenía que resistirme a mi facilidad verbal y esforzarme en una mayor capacidad de introspección, de conocimiento profundo del alma humana, de desarrollo de personajes. Tratar de hacer hincapié en aquello que se me daba peor, como los diálogos. Si tú te lees «Las máscaras del héroe» verás que los diálogos son un poco mecánicos, tipo Cela. Introduces un personaje que es un borrachín y luego trazas una raya de diálogo: «A mí me gusta el vino peleón. Y que no falte nunca». Y luego claro, son diálogos sin intención dramática, digámoslo así. He procurado esforzarme en aquello en lo que era más débil.

Pero en esa lucha con la frondosidad del estilo o la facilitad de la palabra (poniéndome ahora en plan crítico), creo que hay un cierto desequilibrio entre la primera parte, donde el peso de la prosa y de la facilidad y el regusto de la prosa es más pesado, que en la segunda.

A muchas personas les ocurre eso. Yo me he dado cuenta de que a muchos lectores una novela mía les impacta mucho al principio porque les resulta un estilo muy personal, pero sobre todo muy presente, que les sofoca al principio. Pero la propia musicalidad, la prosodia de la frase, hace que se acostumbren a él. Pero admito también que las novelas, mientras uno las escribe adquieren velocidad de crucero. Hay un momento en la escritura en que te mueves a oscuras, de tal manera que quizá zigzagueas a oscuras, hasta que encuentras el sitio y ya el avance es más rectilíneo. Puede ser una mezcla de las dos cosas. Me lo dicen muchos lectores, sobre todo jóvenes: que mi forma de escribir resulta muy chocante hoy.

¿Qué distingue «Me hallará la muerte» de las novelas que escriben sus contemporáneos, si es que presta atención a sus contemporáneos?

Mire, yo he pasado por etapas muy diversas. Yo ahora mismo he de confesar que, tranquilamente, hace tres o cuatro años que no leo novela contemporánea. Probablemente desde que he dejado de hacer crítica literaria en el ABC. Pero ha habido otras épocas en las que he leído muchísima.

Pero era crítica de literatura extranjera...

Americana, sí. No, pero... Vamos a ver, yo soy un escritor bastante a la contra de los tiempos. Primero porque tengo una cosmovisión cristiana, lo cual ya te convierte en un escritor a la contra. Pero además es una cosmovisión cristiana, pero desgarrada o tortuosa, no una cosmovisión cristiana luminosa, o buenrollista, que es lo que hoy en día se lleva más. Es una visión jotaemejotera.

¿O unamuniana también, de alguna manera?

Yo con Unamuno me siento muy identificado. Es un escritor al que siempre he leído mucho. Todavía hace poco di una conferencia sobre Dios y Unamuno, y aunque llegamos a conclusiones distintas mi relación con la sobrenatural es muy unamuniana, de una tensión fuerte.

¿Y el sentimiento trágico de la vida también?

Bueno, no, en mi caso no es ese sentimiento trágico en el sentido de que yo sí he encontrado una esperanza. Lo que ocurre es que sí hay una rebelión constante, y una tensión muy fuerte y un deseo de creer para sentirme inmortal. Porque yo creo que esa es la vocación natural de todo ser humano. Si no desde el momento en que dejamos de sentirnos inmortales esta vida se carga de angustia, porque entonces te preguntas por qué tengo necesidad de escribir, por qué tengo la necesidad de conmoverte con la belleza. Si no lo contemplas como una reverberación o como un eco de una belleza suprema que vas a contemplar en la otra vida de repente todo deja de tener sentido, parece como una broma macabra. Pero naturalmente, constantemente, te haces esa pregunta: ¡Joder!, ¿y si es una broma macabra? Entonces en ese sentido sí me identifico con Unamuno.

¿Le dejó mucha huella «San Manuel Bueno, mártir»?

[Tras un fuerte suspiro] Humm, en general toda su obra, mismamente la poesía. La poesía me parece excelente, a pesar de que se la ha considerado una poesía áspera y poco musical. Pero «San Manuel Bueno, mártir», también, y sus ensayos, y sus lecturas del Quijote, y su visión de la política, y su actitud intelectual. Es un escritor muy importante para mí.

Dijo que este libro encierra tres novelas, con tres tramas y tres estilos encadenados: novela picaresca sobre la España de los años cuarenta, la División Azul y la guerra en Rusia y el Madrid de los cincuenta con trazos de novela negra. ¿El mapa de esta novela-río estaba trazado de antemano, de principio a fin?

Pues no, realmente yo la historia que quería contar era la historia de un hombre que después de una larga ausencia trata de convertirse en otra persona, que no dejaba de ser el viejo tema del doble, de tan larga tradición, y a esa idea, que en sí misma no es original, le quise dar una forma que históricamente resultase atractiva, novelesca, y entonces se me presentó este tema de la División Azul, que es un poco el gozne y la coartada narrativa que sirve para contar esta historia. Me surge este tema de la División Azul, me zambullo en él, me resulta muy fascinante tanto desde el punto de vista histórico como desde el novelesco, y me pongo a ello. Empiezo a documentarme y poco a poco la historia se va perfilando. Luego te das cuenta de que cada tramo de la novela requiere un tono distinto. Pero esto es la lógica interna de la propia novela. A mí no me ocurre eso que se dice de que la novela te arrastra y te lleva por caminos que tú no pretendes. Todo lo contrario. Al principio, el paisaje es muy ancho y eso te permite mucha libertad, pero a medida que te vas adentrando en la novela todo se va estrechando, estrechando, estrechando hasta que la novela te mete por un túnel, porque es la propia lógica la que te impone un tono u otro. Yo a medida que iba escribiendo me iba dando cuenta de que al final se iba a convertir en una novela negra. Pero es que no admitía otra posibilidad. Yo creo que eso es un proceso natural.

¿Y le pasa a veces como a Unamuno, que se le rebelan los personajes y reclaman un vida propia al margen del autor?

Bueno, yo creo que esta es una forma coqueta de expresar lo que he dicho antes, que la propia novela te impone sus leyes, independientemente de las que tú pretendas imponerle. A mí me ha ocurrido, sí, es verdad, que a veces he concebido novelas que quería llevar por un sitio mientras las estás escribiendo, y llega un momento en que no es que se te rebelen los personajes sino que es la propia novela la que te dice que eso que habías ideado a priori, la novela en marcha hace que se revele como absolutamente necio o insensato. Tienes que tomar otro camino. No es rebelión, es algo lógico.

¿Es decir, la lógica interna de la novela impedía que al final Antonio se fuera de rositas?

Efectivamente. La propia lógica de la novela está marcando que el mal siempre nos falta factura, que nos va infectando. Porque Antonio no es malo, o no especialmente malo. Es un superviviente, pero va tomando decisiones vitales que lo van encanallando. Hasta que llega un momento en que verdaderamente el mal lo ha vaciado. A medida que mejora su simulacro se va vaciando, y al vaciarse ya no tiene capacidad de oposición a ese mal que se le ha metido dentro.

¿Quiere el autor ser un contemporáneo o a su estilo, que parece venir del siglo XIX, le tiene sin cuidado el aprecio de los lectores?

Es que creo que quienes hablan del aprecio de los lectores es todo mentira. Es una fantochada para halagar al lector. Yo creo que un escritor, cuando se mete en su habitación y se pone ante el papel en blanco (en mi caso no lo digo además de forma figurada, porque escribo a mano), no piensa en nadie, no piensa en ningún lector. Lo que haces es contar tu mundo, tus obsesiones, tus traumas, tus anhelos. Lo que buscas es volcarte, vaciarte sobre la página, poner todo lo mejor de ti. No piensas en el lector. Y además yo creo que el escritor, salvo que se prostituya, es fatalmente leal. Hay una lealtad que no puedes infringir [y mientras lo dice, como en un acto reflejo e inconsciente, se dedica a limpiar con los dedos de forma sistemática unas miguillas que han quedado en el mantel donde ha comido], que es, y esto lo percibo tanto en mi obra literaria de ficción como en mi obra periodística. Hay cuestiones que no puedes soslayar: tienes obsesiones personales, preocupaciones, que te da igual que a la gente le interesen o no le interesen. Porque son tuyas. Escribir es eso, al final. Por otro lado, yo no sé si siglo XIX o siglo XIII o II o siglo XXIII, pero al final es verdad que uno, por ese deber de lealtad que tiene con sus obsesiones y con su forma de entender la literatura, hasta eso deja de importarte, si es eres más o menos legible. Al menos así me ocurre a mí. Aunque sí que conozco escritores que piensan mucho en si tal tema resulta mucho más atractivo o tal forma de presentarlo. Pero es que además es que siempre yerras. Esto se percibe mucho en la cantidad de libros epigonales que surgen siempre tras los grandes éxitos. «El código Da Vinci», por ejemplo tiene mucho éxito, y de repente ¡ruaggghhg!: 2.000 novelas que tratan de imitar «El código Da Vinci». Larsson. ¿Tiene éxito? ¡Ruaggghhg!: 2.000 novelas que tratan de imitar a Larsson. Ahora nos esperan unos años terroríficos con estas cosas de «Las sombras de Grey». Es triste, pero no conduce a nada.

La cuestión de la identidad y sus máscaras parece ser una constante en su biografía literaria. ¿Cuántos milímetros hay entre la máscara y el verdadero rostro de Juan Manuel de Prada?

Bueno, es que llega un momento en que pasa como con estas películas de ahora, de superhéroes, en que la máscara se te integra en la propia carne y se forma una especie de aleación extraña. Vamos a ver, todos para protegernos nos ponemos máscaras. Con más razón una persona que tiene una proyección pública. Pero he de confesar que a medida que me voy haciendo viejo voy teniendo menos pose.

¿O sea, ha tenido pose?

Sí, hombre. Inevitablemente tienes pose.

Es que algunos acusan a Juan Manuel de Prada de haber creado un personaje. Hasta el punto de que parece como si el personaje hubiera devorado al propio Juan Manuel. No sé si ha sido consciente de eso, del mismo modo que en la novela es como si el personaje hubiera devorado a la criatura.

Sí. No, no, no diría yo eso.

Dicho sea con afecto...

Tampoco sé cuál sería el personaje. En realidad, fíjese que yo me he retirado muchísimo del plano público desde que empezaron a reclamarme de tertulias. Yo me retiré precisamente porque soy una persona mucho más misántropa y retraída de lo que mucha gente pueda suponer. No, no, yo creo que hay una máscara necesaria de protección, pero nada más. Tampoco entiendo muy bien a qué se refiere con mi personaje.

Siguiendo con la terminología cristiana: usted es el que es, o es el que intenta ser. Pero quizá porque hay cierta prevención o costumbre española de etiquetar a la gente, de clavarle una etiqueta a la espalda y obligarla a cargar con esa especie de imagen, y no se permiten disensiones de esa imagen cristalizada, creo que rompe los esquemas en el reparto de etiquetas contemporáneo y a algunos parece que le reprochen que haga ostentación de sus sentimientos religiosos, que es algo que además le distingue.

Hay un pasaje precioso en Jeremías que dice «decidí callar, pero Dios gritaba dentro de mí y me obligaba a clamar». Cuando uno se va tomando en serio ciertas cosas, como en mi caso puede ser la fe, es que aunque no quieras hay algo que te arrastra, algo superior a ti. Hay mucha gente que tiene posiciones ideológicas mucho más fuertes que la mía y no tienen estos problemas. Esto es odio religioso. Y yo por prudencia o por interés procuraría disimular más esto. Pero no puedes. Es una cosa... Vamos a ver, en esto yo también soy muy antiguo. Es que en todo soy muy antiguo. Yo creo que cuando uno decide luchar por las cosas en las que cree tiene que luchar hasta el extremo y eso evidentemente va a provocar que mucha gente te malinterprete, que mucha gente piense que lo que estás es cargando las tintas...

Interpretando un papel...

O forzando mucho... Pero no, hay algo de dejarse llevar. Creo que esto es también muy cristiano. Dejar que Dios intervenga en nuestra vida y no oponer resistencia, entre otras cosas porque he tratado de oponerla y ha habido otros momentos en mi vida, por miedo, por temor, por la hostilidad que descubres, en que me he dicho: vamos a tratar de ser más contemporizador o más camaleónico. Pero tampoco lo consigues. Pero no hay una pose ni un personaje. Eso se lo aseguro.

A lo mejor, y es una interpretación que no sé si viene a cuento, porque se me acaba de ocurrir, no sé si tendrá que ver con esta especie de cinismo ambiente en el que todo el mundo decodifica que la figura que se muestra no es la figura real. Forma parte de esta convención de que todos mienten, de tal modo que cuando alguien se empeña en ser quien es eso provoca mucha irritación...

No, sobre todo es que hoy día la gente no cree en nada. Ese es el problema. Yo creo que muchas veces la gente cuando defiende posiciones ideológicas en realidad lo que está defendiendo son intereses, intereses personales, colectivos... Y con esto no quiero decir que les empuje el egoísmo. Pero la realidad es que yo creo en las cosas... A mí hay amigos que cuando leen un artículo mío que trata sobre temas sociales me preguntan: ¿pero de verdad crees esto que estás escribiendo? Sí, sí, creo. Eso también te conduce a problemas. Uno de los grandes problemas que tengo es precisamente por definirme como una persona católica. Muchos católicos, ante mi literatura, se retraen un poco. Sospecho que esperan encontrar en mi literatura...

¿Algo más piadoso?

Una cosa beata, almibarada, merengosa. Y se tropiezan con lo contrario. Es que yo soy un escritor profano. Reivindico el ser católico, pero el tener unas inquietudes profanas y por lo tanto en mis novelas tiene que estar presente el mal, realidades del mundo. Mi literatura es problemática, no es una literatura en la que yo diga: ‘fíjense, señores, ¡qué bonito es ser así! Serle fiel a tu mujer, querer mucho a tus hijos, llevar una vida ordenada...’. ¡Pues, no! En el mundo hay hombres que son infieles, abandonan a sus hijos, que llevan una vida desordenada... Y eso, la literatura, el arte, tiene que mostrarlo. Hay unas palabras terribles, pero muy bonitas, del viejo Simeón a la Virgen, cuando llevan al Niño al templo. El viejo Simeón le profetiza que ese niño será «signo de contradicción». Y yo creo que de alguna manera, hoy en día, en nuestro mundo, ser cristiano es esto: ser signo de contradicción. Ahí no hay representación, más allá, repito, que inevitablemente al asumir una responsabilidad pues uno muchas veces se convierte sin pretenderlo en la fachada de unas posiciones...

¿Un espejo incómodo?

Sí, pero que defiendes por convicción, ¿no? Más allá de que resulten exóticas.

¿La falta de costumbre de luchar por lo que uno cree?

Sí, esto es posible. Luego, por otra parte, en España, no nos engañemos, del mismo modo que en los años sesenta y setenta lo católico fue utilizado por la izquierda hoy en día lo católico también es utilizado por la derecha y esto hace que mucha gente que es más de derechas que católica se sienta defraudada contigo, o viceversa. Al final, Charles Péguy, un gran escritor católico, decía que una buena revista era aquella que siempre disgustaba a una quinta parte de sus lectores, con tal de esa quinta parte fuera distinta con cada número. Esto se puede decir también de un verdadero escritor. Un escritor tiene que disgustar a los lectores. Lo bueno es que siempre disguste a lectores distintos. Porque eso será verdaderamente la expresión, la piedra de toque, de su verdad y de que es un signo de contradicción. No somos de una pieza.

¿Antonio Expósito y Gabriel Mendoza podrían ser las dos partes de un ser escindido, una suerte de reflejo de Dr. Hyde y Mr. Jeckyll, y al mismo tiempo cada uno de ellos en sí mismos, con la pulsión del bien y del mal debatiéndose en sus entrañas?

Sí, sin duda. No son uno Jeckyl y otro Hyde, sino que efectivamente en los dos estás dos tendencias, digámoslo así. Gabriel es la figura del converso, que es una figura con frecuencia peligrosa, porque llega a odiar tanto lo que fue que se convierte en un odiador de sí mismo y eso hace de él una persona intransigente, fanática, temeraria. De alguna manera eso es lo que le pasa a Gabriel. Y Expósito, al principio de la novela le gusta pensar que no tiene escrúpulos morales, lo cual es falso, los tiene, como demuestra su preocupación por el encanallamiento de la mujer a la que ama. Pero sí que es verdad que es un hombre que se guía por un impulso de supervivencia, frente a Gabriel que ha desarrollado como consecuencia de esa conversión una serie de principios a los que trata de ser leal de forma celosísima, a veces con resultados catastróficos, como se ve en la propia batalla que se narra en la novela, donde la temeridad le lleva a sacrificar a los hombres que están a su mando o, durante el cautiverio, esa exigencia que se impone a sí mismo la traslada sobre quienes están con él, a lo mejor de una forma estéril, o excesiva, o vehemente. En la novela también se trata de mostrar la dificultad para juzgar la conducta humana, porque, y esta es la grandeza de la literatura frente a las visiones ideológicas de la historia, la literatura lo que muestra son hombres, personas concretas, más allá de que se desenvuelvan en circunstancias oprobiosas o terribles, más allá de que sirvan a ideologías nefastas o funestas, las personas en cada acto se condenan y ser redimen. Esto es algo impresionante que tal vez las visiones rudimentarias que tenemos de la vida cada vez nos han nublado más. A mí me gusta comprometer al lector: buscar que se identifique con un personaje que de repente le puede resultar odioso, o al contrario, haya un rechazo hacia un personaje que se redime a los ojos del lector. Esto siempre me ha gustado hacerlo, porque creo que la barrera entre el heroísmo y la cobardía, entre la vileza y la nobleza es mucho más delicada y compleja de lo que ciertos apriorismos de brocha gorda a los que solemos recurrir nos hacen presumir. En esta novela, por ejemplo, el personaje con el que busco una mayor identificación del lector, que es Cifuentes, dicho desnudamente es un fascista de tomo y lomo. Pero Cifuentes es muchas cosas a la vez y lo que tratas es de construir un personaje que al lector le ponga en esa situación un poco abismal, de identificarse con una persona que a lo mejor no tiene sus mismas ideas o unas ideas completamente distintas a las suyas.

En ese sentido de qué harías tú si... no sé si recoge las enseñanzas de Simone Weil, tanto en la escritura como en la vida, de tratar de ponerse en el lugar del otro.

Claro, claro. Eso es fundamental. Sin eso no hay literatura. Y eso es una cosa que se está perdiendo en la literatura. La posmodernidad ha traído muchos males al arte y uno de ellos es el escepticismo ante la capacidad de la palabra para descifrar el mundo. El mundo se convierte en algo indescifrable, y por lo tanto también el alma humana. Renunciamos al estudio psicológico, los personajes son deconstrucciones de seres humanos, y esto o creo que es malo para la literatura porque al final lo que uno busca cuando lee un libro es eso, una invitación a meterte en el pellejo de otras personas. Por ahí van los tiros.

Entre los antecedentes literarios de esta novela caudalosa parecen adivinarse Galdós, Stevenson y Dostoyevski. ¿Quién más nutrió esta novela y en general sigue nutriendo su escritura?

¡Burffffff! No sabría decir. Son incontables. Un escritor es hijo de setenta padres, o de setenta veces siete padres. Y además con frecuencia de escritores que a priori no tienen nada que ver contigo. Un escritor que recientemente he leído con gran fruición, que a priori está en las antípodas mías, por su manera de escribir, no tanto por su mundo, o por su universo personal, es James Ellroy. Yo he aprendido mucho de él en estos últimos años en que he leído sus obras. ¿Pues está presente en esta novela? Yo no tengo ni remota idea.

Yo creo que sí. Al final, sí.

En la parte de la División Azul está «Embajador en el infierno», de Torcuato Luca de Tena, y en general toda la literatura que generó la División Azul, vista desde otra perspectiva, ya no de exaltación propia del momento –años cuarenta o cincuenta-, ya es otra mirada. Yo no sabría decirle. Pero sí que es verdad que en la novela hay una intención como de recuperar o de dignificar –aunque yo no creo que haya que dignificarla, lo que pasa es que el estructuralismo y otras corrientes críticas coincidieron en vapulear la literatura de género como una literatura alimenticia- el folletín, y eso que la literatura nació folletinesca, porque Homero es folletinesco. Recuperar eso, esas ganas de contar vidas que sean a la vez ejemplares (en el sentido clásico de la novela ejemplar), que sean bizantinas (en el sentido de la novela bizantina, muy ajetreada, llena de encuentros y desencuentros, de azares funestos y dichosos, y muy agitada, con una peripecia de sube y bajas). A mí esas novelas me gustan mucho y pienso que siguen siendo válidas. En un determinado momento de la novela dice un personaje, creo que es Consuelito, refiriéndose al cine, que es como las novelas bizantinas de antaño. Y es verdad. Al final siempre nos gustan esas vidas extremadas y siempre al filo del abismo, precipitándose y en el último momento volviendo a alzar el vuelo.

La novela está llena de plasticidad, de escenarios, como si hubiera sido vista en el cine de la mente. ¿Ha pensado en quién podría encarnar a Antonio, a Gabriel, a Carmen, a Consuelito, a Pacorris...? ¿Y qué director muerto y qué director vivo le gustaría que la llevaran a la realidad de la pantalla?

Hombre, sí, sí he pensado. Es inevitable. No tanto mientras la escribía como cuando ya la tenía acabada. A mí el que me parece el protagonista idóneo sería el de Ryan Gosling, para hacer de Antonio y de Gabriel. Para las mujeres ya tendría mis dudas. Ahí no me he imaginado a nadie.

¿Ni siquiera para Consuelito?

Para Consuelito...

Supongo que hay una cristalización de admiraciones y de devociones...

Pero no, es difícil. El otro día le decía yo a mi mujer: esta actriz sería perfecta para Carmen. Sería una actriz tipo Emma Penella, una mujer así, de rompe y rasga, de joven. También veía el otro día a Carmen Sevilla en su momento de esplendor, pero ya un poquito madura, y pensaba: para Paloma. Carmen Sevilla siempre ha sido una mujer rotunda.

¿Y un director muerto y un director vivo que supieran captar la ambición de esta novela y sus capas?

Yo creo que un director muerto podría ser Fritz Lang para esta película. Un director vivo... podría ser Scorsese.

A ver si ve la entrevista y se anima...

[Ríe con ganas] Pero no, no, sería difícil. De otra manera también la podría hacer Rafael Gil, a quien rindo homenaje en la novela. La novela tiente también mucho de homenaje al cine español de los años cincuenta, que es un cine que a mí me parece impresionante.

Una vez celebrada la entrevista, por correo electrónico, Juan Manuel de Prada envió el siguiente reparto ideal:

Ryan Gosling (Antonio / Gabriel)

Scarlett Johansson (Carmen)

Milla Jovovich (Nina)

Mark Walhberg (Cifuentes)

Keira Knightley (Consuelito)

Jennifer Lopez (Paloma)

Jessica Chastain (Amparo)

John Goodman (Demetrio)

Christian Bale (Camacho)

Evidentemente, la película sería más cara que los intereses de la deuda española ;-)

¿Qué le da el cine que no le proporciona la novela y viceversa?

El cine para mí es, diríamos, una especie de esparcimiento, en el mejor sentido de la palabra, de disfrute estético, de entretenimiento, incluso ahora, ya que no aspiro... porque hubo una edad en mi vida en que sí aspiraba a adquirir una erudición cinematográfica, para lo que tienes que ver miles de películas. Ahora las veo porque me apetece, pero sin esa intención enciclopédico de antaño... El cine es disfrute. La literatura es una condena, que a veces puede ser también una bendición, pero es un veneno que llevas dentro y que te quita el sueño, y que te tortura, que te hace pasar buenos ratos, pero sobre todo malos ratos, no nos engañemos. Con esto tampoco quiero dar una imagen de la creación literaria como una especie de tortura o constante dolor. Pero es una cosa que te obsesiona y por lo tanto es algo a lo que en una vida, entre comillas, feliz, renunciaría con gusto. Yo que creo en la vida eterna espero no tener que escribir, en la otra vida. Sería para mí terrorífico.

Solo ver cine y leer...

Claro, sí, sí, efectivamente. En la otra vida me gustaría ver cine, me gustaría leer, pero no me gustaría escribir, la verdad. Yo creo que todos llevamos una herida en la vida, y esa herida que siempre supura para mí es la literatura, la creación literaria. Pero es una fuente constante de preocupaciones, de desasosiegos.

¿Está ajustando cuentas con Ava Gardner o con algo más cuando la pinta de manera tan cruda?

Bueno, yo diría que más que cruda de manera esperpéntica, aunque lo que cuento es cierto, incluido lo más escatológico. Yo creo que estoy ajustando cuentas con cómo los españoles, y sospecho que en general les ha ocurrido a todos los pueblos, nos hemos dejado colonizar culturalmente. Nos hemos dejado degradar, nos hemos dejado arrebatar lo más propio, lo más verdadero de nosotros, y lo hemos sustituido por ese postizo que primero será ese colonialismo cultural que ahora es la globalización y que en cada época tiene un nombre y unas expresiones distintas, pero que en definitiva de lo que estamos hablando es del vaciamiento de lo propio y de un relleno de borra o de serrín que nos diseca y que nos mata. Quizá porque he crecido en una ciudad pequeña, porque he tenido mucho contacto con la vida rural, me molesta mucho la invasión cultural que padecemos y que ha logrado hacer tabula rasa de todos los pueblos. Eso me fastidia. Y yo creo que en ese momento histórico concreto, por las circunstancias especiales en las que se movía España, es ya de un aperturismo, el hecho de los tratados comerciales que se firman con Estados Unidos, este virus se empieza a introducir.

¿Cuánto queda del niño que fue en el hombre que trata de hacerse entender hoy día en los periódicos, en la radio, en la televisión y, sobre todo, en el curso de la vida?

Antes hablábamos de una supervivencia infantil, que probablemente mi vocación novelesca tiene que ver con ello... Pero creo que al final todo lo que hacemos es una forma de rendir homenaje al niño que fuimos. De alguna manera desde lo más profundo, desde lo más serio de nuestra vida, como puede ser la fe, se está alimentando de la infancia, que es el momento en el que crees de forma más desinteresada y más jubilosa, digámoslo así, ¿no? Hasta lo más nimio. Hay gustos o aficiones que adquieres en la infancia y que te acompañan siempre: por ejemplo, el cine. Pero luego hay también una serie de nostalgias, de nostalgias que nunca hemos cumplido, de deseos de una vida que llegaste a vislumbrar que a lo mejor no existió nunca, pero que tú has convertido en un ideal de vida y tratas de ser fiel a ella... Yo estoy muy apegado a mi familia, pero también a los recuerdos de miembros de mi familia que ya no existen, como mi abuelo, que me marcaron mucho en mi forma de ser, en el cultivo de ciertas no sé si llamarlas virtudes o manías (a veces las dos cosas a la vez), una cierta austeridad, una capacidad de sacrificio. Recuerdo que mi abuelo siempre me decía que no cambiara, que mantuviera siempre mis hábitos me fueran mal o bien las cosas, que fueran siempre los mismos. Y eso lo he procurado mantener a rajatabla. Al final uno todo lo que está haciendo es presentarse ante el juzgado de la infancia, ante sus sueños infantiles. Yo como además desde niño tuve mi vocación literaria de alguna manera tratas de no ser infiel a esa vocación que te descubriste de niño. Yo creo que mucho más de lo que pensamos.

¿Por qué nos sigue costado a los españoles ponernos de acuerdo sobre nuestro pasado, nuestra identidad?

[Suspira con un poco de fastidio] Esto sería una cuestión casi para escribir un ensayo...

Que a lo mejor podría hacer...

No, porque sería un ensayo terrible. Yo creo que si vemos la historia política de los últimos siglos, muy marcadamente de los siglos XIX y XX, y este comienzo del siglo XXI, en realidad lo que nutre de fuerza al sistema político es la división de los españoles. Del mismo modo que durante siglos el sistema político se nutría de la unión de los españoles, dentro de su diversidad, llega un momento, coincidiendo con esa utopía liberal del estado fundado sobre la igualdad, que lo que da fuerza a las estructuras políticas es la división entre los españoles. Yo creo que es una nota muy evidente de la modernidad, y esto hace que al final el entendimiento sobre nuestro pasado, que es una cuestión primordial, e incluso sobre las cosas más nimias, se hace absolutamente imposible. Luego hay un problema, además, y es que la modernidad, los conceptos políticos del liberalismo de alguna manera entronizan un concepto de nación que es puramente político, que rechaza el concepto de nación histórica y que lo que somos es producto de la soberanía popular, como de un acto de puro voluntarismo humano, que me parece lamentable, porque construyes sociedades humanas sobre artificios, las desvinculas de su pasado, de lo que explica su genealogía cultural, y esto produce me parece a mí una visión de nuestro propio pasado absolutamente alucinante. Incluso hoy en día los que posan de patriotas... siempre recordaré una frase de José Bono, un personaje farisaico y hueco, se proclamaba patriota, pero la España que él quería no era la España de los Reyes Católicos. Esta es una cosa grotesca, porque España es un proyecto histórico que se va decantando a lo largo de los tiempos... Nosotros hemos rechazado el pasado y luego las ideologías nos han metido el veneno, y a partir de ahí es absolutamente imposible tejer nada. En la presentación que hice en Sevilla, y ya me ha ocurrido en otras ocasiones, cuentas lo que has pretendido en la novela, y llega el turno de preguntas y todas son de contenido histórico-ideológico, hasta el punto de tener que decir: ‘señores, lo que yo he escrito es una novela, y me están haciendo preguntas que solo puede responder un historiador muy versado o un politólogo, un experto en ideas políticas, que no es mi caso’. Pero la gente siente una necesidad terrible de hacerte este tipo de preguntas porque la gente se siente amputada. No le han entregado de forma natural su historia, que o bien se la han arrebatado, o bien se la han servido de forma mentirosa, incompleta, fragmentaria, y esto está provocando una enfermedad social. Yo creo que en la gente hay una insatisfacción muy fuerte. Una serie de televisión, que a fin de cuentas es una serie mediocre y bastante limitada y parcial a la hora de evocar la figura de Isabel la Católica, tiene mucho éxito precisamente por esto, porque la gente siente que su propia historia le ha sido arrebatada. Esto es una tragedia española. Tú no puedes reprimir en la gente, del mismo modo que no puedes esconderle quiénes fueron sus padres, porque eso genera un trauma de por vida. Una sociedad se traumatiza cuando no puede hablar con naturalidad de su pasado, cuando todo ese pasado o bien está anulado o barrido o bien tergiversado, ideologizado. Esto va creando malformaciones sociales, va aumentando la bolsa de pus y puede llegar a resultar peligroso.

¿Fue la División Azul el intento de Franco de congraciarse con Hitler para, si vencía, sacar tajada?

Ahí había muchas cuestiones. Siempre se ha discutido si Franco quiso o no entrar en la Segunda Guerra Mundial. La tesis clásica dice que no, que por tanto habría obrado muy inteligentemente evitando hacerlo. Últimamente se han descubierto documentos que demostrarían que Franco sí quería haber entrado, pero que fue Hitler quien se dio cuenta de la aportación que podía hacer España era muy pequeña y que los riesgos eran mayores, sobre todo por el tema del Peñón. Franco tenía unas deudas materiales sobre todo, y también morales, con las potencias del Eje, que le habían ayudado a ganar la Guerra Civil. Del mismo modo que es un dato que más allá de que Franco en ese momento, primero en Hendaya, lo que tiene claro desde el año 41 es que a España no le conviene entrar en guerra. La manera que tiene de conciliar la deuda que tenía y lo que el sentido común dictaba, que España tenía que mantener una posición neutral, le hace ver con agrado esta idea de una división de voluntarios. Lo que ocurre es que la guerra va a evolucionar rápidamente y ya en el año 42 Alemania está perdiendo. Pero al mismo tiempo, más allá de que hubiera unas maniobras políticas, un cálculo por parte de los gobernantes, también había una realidad social. Cuando Serrano Súñer lanza ese grito de ‘¡Rusia es culpable!’ la realidad es que se alistan decenas de miles de voluntarios. En ese momento se podrían haber formado varias divisiones, jóvenes que se alistan de verdad porque quieren combatir el comunismo. También tenemos que ponernos en la realidad del momento. Los españoles en ese momento consideraban que el máximo responsable de que se desencadenara la guerra civil había sido el comunismo. Nosotros lo podemos poner en duda, pero sí fue una de las causas. El comunismo, o las ideologías de filiación comunista, tienen una parte de responsabilidad indudable en todo el clima social que se genera en los años previos a la guerra civil. Lo segundo, consideran que si Stalin no hubiese intervenido en la guerra la contienda hubiera sido muchísimo más corta y por lo tanto se hubiera causado mucha menos mortandad. Ese también es un hecho. Y por otra parte tenían la experiencia personal y familiar: sus familias habían sufrido el comunismo y la realidad es que ahí hay una demanda social también. Hoy esto nos puede parecer alejadísimo de nuestra sensibilidad, pero la realidad es que en la División Azul se alistaron casi 50.000 jóvenes españoles de los cuales me atrevería a decir que el 90 por ciento fue porque creía firmemente que el comunismo debía ser combatido, y esto no debíamos descuidarlo. Esto es así. ¿Que luego otro 10 por ciento lo hizo por otras circunstancias, como le ocurre al protagonista de mi novela? Pues sí, es verdad, incluso que se alistaron comunistas que lo que querían era pasarse al otro bando. Pero la realidad es que sí existía en la juventud española este deseo de combatir el comunismo. Del mismo modo que también es así, porque han lanzado recientemente ideas sobre la División Azul que son contrarias a la realidad: Hitler era un gobernante que en aquel momento fascinaba no solamente en Alemania, sino en Inglaterra, en todo el mundo. Como fascinaba Mussolini. Y me atrevo a decir que Mussolini fascinaba más en España que Hitler, porque el temperamento español comulgaba más con Mussolini que con Hitler. Y es verdad que había un sector dentro de la Falange que podría decirse que compartía ciertos postulados nazis, pero el racismo, el antisemitismo propio del nazismo en la España de la época era no minoritario, sino casi inexistente. La realidad es que la División Azul no estaba compuesta por nazis ni por antisemitas. Estaba compuesta por jóvenes falangistas y la Falange al final es un ente de razón, no es una realidad con rasgos distintivos. Falange aglutina a gentes de tendencias políticas muy diversas. En un determinado momento no deja de ser un vehículo para una juventud que busca una expresión política que no existía. Ahí te encuentras con monárquicos, te encuentras con conservadores, con fascistas, con fascistas floclóricos tipo Giménez Caballero. Hay gente de todo tipo. Pero con nazis en el sentido pagano, racista, verdadero de la ideología nazi..., ese es un producto antípoda al temperamento español, me parece a mí, que además está muy marcado por el catolicismo en aquella época. No lo olvidemos.

Dijo en una entrevista con ABC que Franco no era un fascista. ¿Qué era?

Yo creo que Franco era un militar, yo me atrevería a decir, que veía con buenos ojos la República, y tiene una preocupación por mantenerse leal a la República durante muchos años. Era un hombre que tenía grandes dotes de mando en el ámbito castrense y que cuando estalla el alzamiento va aglutinando en torno a él la lealtad de los otros generales alzados que descubren en él unas dotes superiores al resto. Esas dotes qué eran: frialdad, pragmatismo, una capacidad para aglutinar tendencias muy diversas –porque no olvidemos que en el seno del bando nacional había gentes de muy diversas procedencias-, y un sentido muy fuerte de la autoridad, a veces implacable. Yo creo que Franco era un hombre autoritario, pero evidentemente no era un ideólogo. El nuevo estado se crea en torno a un descontento de muy diversos sectores, pero no lo alimenta una ideología fascista. Otra cosa es que luego se asuma digamos la ideología falangista como una retórica propia de la época, casi como una retórica que se pueda aliar con Italia, con Alemania, etcétera. Y yo creo que lo que caracteriza a Franco es eso, un régimen autoritario, de una dureza en un principio fuerte: estamos en una guerra, luego vamos a salir de una guerra, que paulatinamente se va relajando, o ablandando, que coge del fascismo, vía falangismo, la preocupación social, pero que al mismo tiempo se va adaptando progresivamente a lo que las democracias occidentales van imponiendo. Yo creo que calificar a Franco de fascista solo se puede hacer dándole al término fascista un significado demasiado amplio. Si nos atenemos a lo que es la ideología fascista tal y como se formula en Italia, y más allá del mimetismo que tienen las primeras leyes franquistas, que evidentemente... como hoy día mimetizamos a los americanos en tantas cosas de nuestro comportamiento social y político, por la atracción que ejerce un régimen político que en aquellos momentos estaba dando frutos. Mussolini coge a Italia con una problemática social monstruosa y logra que todo el proletariado se sume a esa línea política. En Franco puedo descubrir muchas cosas, pero no al ideólogo.

Un motivo filosófico que se escucha a lo largo de toda la novela es la de que haciendo un mal se puede lograr un bien. ¿Jamás?

Jamás, jamás. Porque el mal te atrapa. Yo creo que nuestra época es una clara evidencia de esto. Yo creo que en el mundo occidental y en España se han perpetrado muchos males y siempre se han hecho con la intención de buscar un bien futuro. Todas las cosas de las que ahora renegamos éramos conscientes de que estaban mal hechas, lo que pasa es que creíamos que haciéndolas nos iban a beneficiar. Podemos buscar mil ejemplos en el ámbito económico, político, moral... Pero la realidad es que eso al final se va amontonando y además el trato con el mal al final llega a ser algo absolutamente –como decía Hannah Arendt- banal. El mal puede llegar a ser algo rutinario y no algo necesariamente aflictivo ni comprometedor para quien lo comete. Pero el problema del mal es que te va curtiendo, vas criando callo, vas perdiendo sensibilidad y el mal se va apoderando de ti sin que te des cuenta. El mal siempre te pasa factura.

¿Se han convertido los lectores de periódicos españoles en parroquianos que más que descubrir la verdad lo que quieren es ratificar sus propios prejuicios?

Vamos a ver, yo creo, que... ¡Buffff! Es que esto es la rebelión... Uno siempre buscaba en un periódico, o en un libro incluso, la sustentación, la fundamentación de aquellas cosas que pensaba que por deficiencias intelectuales eras incapaces de formular. Tú leías un determinado periódico y eso te servía para nutrirte. Lo que caracteriza esta última fase de la historia, lo que llamaba Ortega la rebelión de las masas, es que el hombre anónimo, el hombre sojuzgado, el hombre pisoteado genera una suerte de resentimiento contra el mundo, contra sus semejantes, contra la época que le ha tocado vivir, que le lleva a encumbrarse, a decirse ‘yo soy el que impone sus propias leyes’. Y ahora, efectivamente, el lector de periódicos ya no busca en el periódico un nutriente para su forma de ver el mundo sino que quiere que el periódico sea un lacayo de su visión del mundo, que es una visión generalmente muy reducida, muy rudimentaria. Ahora lo que se busca es la consigna doctrinaria, la descalificación sumaria, o la alabanza sumaria, también. En definitiva, un poco el automatismo intelectual, que es una cosa muy molesta. Esto está siendo nefasto. Ahora mismo no hay más que pasearse por internet, que es la pared de un retrete donde gente cada vez más enloquecida y más ensañada, más visceral, va deponiendo todas sus vomitonas. Una cosa verdaderamente estremecedora. Y este clima, que tiene mucho que ver con la descomposición de la propia democracia, no nos engañemos, en el fondo, este fenómeno es un síntoma de la descomposición de la democracia. La democracia tiene una fase enaltecedora, luego una meseta, donde se alcanza el sentido de la democracia, y luego entra en descomposición, y yo creo que esta es una de estas expresiones. La gente al final busca en los medios de comunicación visceralidad. Ya no desea que se le desentrañe o se le descifre el mundo sino que lo que busca es confirmar sus apriorismos. Es algo verdaderamente trágico.

¿Cuánto le desasosiega este mundo en el que el hombre ha dejado de ser el centro de todas las cosas y las leyes de la economía dictan sacrificios sin fin?

No creo que el hombre sea el centro de todas las cosas, creo que Dios es el centro de todas las cosas, y el hombre, como criatura, está puesta aquí para ejercer un dominio responsable del mundo de forma delegada, digámoslo así. Pero si nosotros vamos al Evangelio hay una cosa evidente: siempre se dice que Cristo estaba en contra del dinero. Eso no es completamente cierto. De hecho, Cristo tenía un montón de amigos ricos, desde Nicodemo a José de Arimatea, gracias al cual pudo ser enterrado decorosamente. Él tiene amigos ricos, recurre a ellos... Contra lo que él se alza es contra el dinero convertido en religión, de ahí la frase «no podéis servir a dos señores, no podéis servir a Dios y al dinero». En latín, en la Vulgata, el dinero es mencionado como Mamona Iniquitatis, por Mammón, en alusión al dios de la riquezas, que ya en ese momento se había convertido en sinónimo de ídolo. En ídolo de iniquidad. Y eso es lo que hemos hecho con el dinero: el dinero ha dejado de ser un signo que significa el valor de las cosas, y que se remitía en sí mismo al valor que las cosas tienen, y lo hemos convertido en algo espiritual, en algo que está desprendido de la riqueza natural, que ha dejado de representar el valor de las cosas y que representa un valor fantasmagórico, y así nos pusimos a crear dinero fantasmagórico. En realidad nos hemos puesto a adorar a un sucedáneo, a un simulacro de Dios. El dinero es lo que está en el centro de nuestras vidas, en nuestro sistema económico. Esto tiene unas consecuencias terribles. Los Papas condenaron el comunismo de forma explícita, porque lo consideraban intrínsecamente perverso, pero no porque el orden económico que postulasen fuese intrínsecamente perverso, sino porque no era un modo de organizar las relaciones económicas sino una antropología. Esa condena sobre el capitalismo no la han hecho, porque el capitalismo explicado de forma sucinta y para principiantes, que agentes libres puedan cambiar sus productos, o que puedan vender sus productos mientras otros agentes libres también los compran, es estupendo. Y podemos estar todos de acuerdo. Yo escribo un libro, se lo vendo a una editorial, la editorial lo vende a los señores que lo quieran comprar. Las relaciones humanas siempre se han tejido así. Pero es que el capitalismo es también una antropología, no es una manera de organizar las relaciones humanas. Chesterton, de forma muy temprana, en uno de sus ensayos, dice que sí, que el comunismo es muy malo, pero nosotros no estamos en un régimen comunista, estamos bajo un régimen capitalista que es exactamente igual de materialista que el comunismo, y que mediante la deificación del dinero, y de un dinero desencarnado de la riqueza natural de las naciones, se ha convertido en ídolo. Para alcanzar ese ídolo ha destruido nuestros vínculos sociales, ha introducido la inmoralidad como regla de conducta establecida, consentida, admitida... Entonces, creo que, en realidad, a lo que estamos asistiendo es al fin de una idolatría, al derrumbamiento de una falsa religión, que nos ha destruido en términos morales porque todo lo que hemos estado haciendo es inmoral, esta creación de dinero fantasmagórico. Porque ese es el problema hoy: cuando uno lee la deuda que acumulan ciertas empresas o ciertas administraciones todos sabemos que esa es una deuda que nunca jamás se podrá enjugar. Y sin embargo hoy, como vivimos en esta situación de inmoralidad, lo que pretende la plutocracia internacional es que esas deudas se paguen, que las paguemos nosotros. Esto es lo terrible. Pero es que esto es imposible. Lo que estamos intentando hacer ahora es una auténtica locura. Pero para satisfacer esa locura, esa quimera, para tapar el agujero negro que ha dejado esta creación fantasmática de dinero, estamos sacrificando lo único seguro que hay en unas relaciones económicas sanas, que es el trabajo, entendido en su sentido digno. Estamos sacrificando la familia... Nunca se ha analizado cómo este orden económico ha contribuido a la destrucción de la familia, siempre se habla del relativismo, del hedonismo, ¡qué cojones, el capitalismo, señores! El capitalismo que nos ha obligado a jornadas laborales enloquecidas, que por avaricia hemos antepuesto sobre el cuidado de nuestras familias otras cuestiones. El capitalismo ha destruido los cimientos de nuestra vida y no nos hemos dado cuenta. ¿Qué pasaba con Moloch y con todos los dioses paganos que al final exigían sacrificio de sangre? Y esto es lo que nos está pasando a nosotros.

¿Le da miedo internet?

En la fascinación tecnológica creo que hay algo perverso porque supone olvidarnos de que la tecnología, como la ciencia, como todos los adelantos humanos están al servicio del hombre, y tiene que ser el hombre quien los controle. Yo creo que internet, quizá por lo que supone de transformación radical de nuestra vida y de nuestra comunicación con el mundo (probablemente semejante a lo que fue la imprenta en su momento), ejerce sobre nosotros una fascinación que nos ha arrastrado, y esto nos cuesta mucho reconocerlo. Vivimos en una época que se fundamenta sobre la exaltación del progreso. Siempre pensamos que mañana vamos a ser mejores que hoy, porque concebimos la vida como una indefinida cadena de desarrollo humano. Esta es una visión a mi modo de ver nefasta. Yo creo que el hombre es igual hoy que hace 2000 años. Quizá sea mejor que hace 2100, pero no veo ninguna evolución en el hombre en estos últimos 2000 años. Y la realidad es que estamos siendo arrastrados por esta fascinación tecnológica y aunque no lo queramos reconocer internet ha destruido nuestras vidas. Internet es la muerte de nuestra vida. Es la muerte de todo. En estos días estoy viajando mucho y me resulta espeluznante y amedrentador cuando viajo en tren ver a la gente durante dos, tres, cuatro horas absolutamente embebida en sus cacharritos, ordenadores portátiles, tabletas, iPhones, teléfonos móviles. Durante horas y horas la gente tecleando, tocando sus pantallas táctiles, haciendo el gilipollas. Porque están haciendo gilipollas, no están trabajando, están mariposeando.

Puede que alguno esté trabajando.

Sí, alguno está trabajando. Pero tampoco me creo que esté trabajando. Porque antes la gente tampoco trabajaba en esas horas. Miraba unos apuntes, o un orden del día, o demás... Pero no, no, están viendo películas pirateadas, leyendo libros pirateados, haciendo búsquedas absurdas, mientras por la ventanilla está pasando el paisaje más hermoso del mundo o tienen sentada a su lado a una mujer guapísima, y no le prestan atención. Esto es objetivo. En primer lugar hay que desmitificar internet. Una de cada dos páginas que se visitan en internet es pornografía. Esto ya de entrada hay que decirlo. Vamos a dejar de hablar de intenert como si estuviéramos hablando de la esencia del cosmos. Internet es una cosa que la mayor parte de la gente la busca para buscar consuelo erótico y a la larga encontrar destrucción humana. Esto de entrada. Pero es que claro, luego, a través de internet, a través del fomento de las redes sociales, de esta especie de locura que todo el mundo vive hoy, en realidad lo que está provocando es una mayor desvinculación social. Dedicamos menos tiempo a las relaciones humanas verdaderas y más tiempo a estas relaciones artificiosas, un poco absurdas, y además son un instrumento de dominio maravilloso. Porque al poder lo que le interesa es que la gente desagüe su indignación, su malestar, a través de canales que no dejan de ser absolutamente inofensivos. Aunque al poder le interesa decir que la Primavera Árabe es un triunfo de las redes sociales, o que no sé qué... En fin, son cosas como de risa. Las redes sociales, señores, no nos engañemos, son como el casino de pueblo donde cuatro amigos se desfogan y se desgañitan un poco y ya está, con la diferencia de que antes la gente se reunía en el casino del pueblo y además de desfogarse y de arremeter contra la injusticia de paso hacían amigos. Pero es que además internet, la realidad, está hoy por hoy destruyendo muchos puestos de trabajo, ha destruido completamente las empresas periodísticas, está destruyendo por completo la industria cultural, ha instalado una mentalidad del gratis total, que también es comprensible, y es el escarmiento y el castigo que merece una época que hizo del lucro su objetivo prioritario. Internet ha traído muchas calamidades a nuestra vida que no queremos reconocer, pero que son ciertas. El periodismo era un trabajo digno y bien remunerado y hoy en día el periodismo es uno de los trabajos donde la explotación y el expolio más absoluto del trabajador es más evidente. Lo queramos disfrazar como queramos pero esto es internet el que lo ha traído.

¿No concibe un hombre bueno al margen de la religión, de la trascendencia, un existencialista al que le baste este mundo y conciba la existencia bajo parámetros éticos impecables que excluyan la existencia de Dios?

Vamos a ver, sí, evidentemente. Creo, indudablemente, porque creo en la ley natural. Precisamente porque creo en Dios creo que Dios ha querido, puesto que la fe no puede ser obligatoria, es un don que uno recibe, otros no, pero el Dios en el que creo cuenta con ello, porque nos ha dado libertad. Creo que el hombre tiene una noción natural del bien y del mal. En realidad esta es la definición aristotélica de hombre: el hombre es el único animal con capacidad para hacer un juicio ético objetivo, con capacidad para discernir entre el bien y el mal. Eso es lo ha distinguido al hombre durante toda la historia. Yo creo que sí, el hombre está iluminado por este conocimiento natural ético. Absolutamente, sí. Un hombre que no crea puede ser bueno. Sí lo creo. Lo que ocurre es que en nuestra época la negación de Dios ya nada tiene que ver con la incapacidad para encontrar a Dios o con la falta de fe. La negación de Dios hoy es ya una guerra. La única forma que el hombre tiene de negar a Dios en realidad es, de la misma manera que tiene de borrar la noción de Dios, es instaurando el mal. Ese es el paso que ha dado nuestro mundo yo me atrevería a decir en los dos últimos siglos. Yo creo que hombres buenos, con capacidad de discernimiento ético a lo largo de la historia ha habido siempre, y no creían. Lo que hay hoy es esa rebelión contra Dios que nos lleva a entronizar una antiley divina. No solamente es que nosotros no lleguemos a los Diez Mandamientos a través de la fe, siempre ha existido la certeza moral, lo que los mandamientos te imponían, más allá de la adoración a Dios. Si no creías, lo demás lo podía compartir cualquier persona. Pero hoy en día no. Hoy en día la negación de Dios va acompañada de la negación de esta capacidad de discernimiento sobre el bien y el mal.

¿Sería una visión muy maniquea de la humanidad en este momento? ¿O estás con Dios o estás contra Dios?

No, no, que va. Al contrario. Yo cero que hay la opción de que no estas con Dios porque no puedes creer, porque no tienes ese don de la fe. Pero creo que el hombre tiene ese conocimiento natural, moral. Pero creo que hay un fenómeno nuevo, propio de nuestra época, o de estos últimos siglos, que es este. Pero no considero en absoluto que solo se pueda estar con Dios o contra Dios. En cualquier persona honesta hay una búsqueda de Dios inevitable, porque la búsqueda de Dios es la búsqueda de un sentido a la vida. Una búsqueda que se da en toda persona, a veces con un resultado positivo, a veces con un resultado negativo. Y llegas a la conclusión de que Dios no existe o de que tú no puedes encontrar a Dios... Pero creo que la búsqueda de Dios en cualquier persona se da. No puedo imaginar que una persona, salvo que esté absolutamente fanatizada, que no se plantee esta pregunta. Lo que pasa es la presencia de este fenómeno nuevo de estar contra Dios. Pero que tampoco creo eso sea una cosa natural, porque si no crees en algo no tienes por qué estar en contra de ello.

¿Piensa alguna vez en la trascendencia, dejar huella, ser leído después de muerto?

No. En esto pensé quizá en la juventud. Pero no creo en la gloria humana.

Por lo tanto, ¿no le gustaría entrar en la Academia?

No, no, porque tengo una vocación de malditismo que me haría sentir incómodo.

Algunos malditos acaban entrando en la Academia...

Más bien no. Generalmente la Academia ha sido para los escritores del régimen. Del régimen que en cada momento impere, y hoy día el régimen que impera es el del progreso indefinido. Y yo no soy escritor de ese régimen. Pero aparte tampoco creo en la gloria humana ni en la posibilidad de perdurar en las generaciones futuras. No. No, la verdad creo en otra gloria que no tiene nada que ver con esa. Para mí la literatura es una fatalidad, es una vocación que me constituye biológicamente y algo para lo que creo que nací como el alfarero nace para hacer vasijas... En mí hay un amor al oficio, que no lo considero un trabajo divertido ni especialmente enaltecedor. No creo que ser escritor o artista es mejor que ser artesano o dedicarte a cualquier trabajo manual. Es algo para lo que nací. Pero fuera de eso, me gusta vivir de mi trabajo. Desgraciadamente creo que esto cada vez más difícil. Pero no creo en la posteridad y tampoco creo en la academia. En la academia no con mayúsculas, sino en la academia en general.

Y la muerte, ¿le da miedo?

No, no me da miedo. Evidentemente deseo aprovechar esta andadura terrenal, pero le confesaré que de todos los dogmas de la fe que profeso el que me parece más arrebatador y maravilloso es la resurrección de la carne. No solo es que no me dé miedo la muerte, sino que hay un poema de Foxá maravilloso en que describe el despertar de dos personas, un hombre y una mujer que en la otra vida se han amado y... Todo lo contrario, tengo una inmensa curiosidad por saber como será esa vida en la que creo con la fe de un caballo.

El filósofo francés André Comte-Sponville dice que lo que más le define es su condición de padre. ¿Comparte esa idea?

[Suspira] ¿Sabe lo que pasa? En el escritor la paternidad uno la distribuye entre sus hijos biológicos y sus hijos intelectuales, y uno muchas veces se siente padrastro. Entiendo muy bien por qué durante muchos siglos los trabajos intelectuales estuvieron asociados a la vida célibe, lo entiendo, porque el trabajo intelectual y creativo es un trabajo muy absorbente. Y un remordimiento que tengo, cuando estoy muy embebido en una novela, es no dedicar el tiempo que merecen y sobre todo el amor que merecen las personas más próximas a mí, las personas que quiero, incluida mi hija. Y eso siempre entabla dentro de mí una tensión muy fuerte. Uno sueña siempre con ser ese padre idílico, que seguramente no existe, por otra parte, pero a veces no lo logra. Pero en líneas generales ser padre te transforma por completo, te hace ver la vida de otra manera, te trae mucho consuelo también a la vida. Antes me preguntaba si creía en la posteridad, pues no, porque la posteridad no deja de ser una proyección megalómana de nuestra vanidad, pero en cambio sí a través de un hijo te ves perpetuado, o ves que algo de ti queda en esta vida. La verdad es que es una experiencia única que además te completa y te amplía el horizonte vital, pero como creador siempre tienes esa especie de remordimiento de que te repartes demasiado entre tus hijos intelectuales y tus hijos de la carne.

La última. ¿Quién es Juan Manuel de Prada?

[Ríe con ganas] Pues nada, yo creo que esa pregunta ha quedado respondida con las anteriores respuestas. En realidad al final no sabemos lo que somos porque seguramente somos mucho más frágiles y mucho más quebradizos de lo que nos gustaría ser. Curiosamente mis amigos, las personas que me quieren, me ven como una persona fuerte, con una capacidad de resistencia y una tenacidad casi titánicas, y yo desde dentro me veo débil, me veo frágil, me veo quebradizo. En fin, uno es una suma de contradicciones.

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