Yehudi Menuhin practicando yoga en 1953
Yehudi Menuhin practicando yoga en 1953
MÚSICA

La exaltación serena de Yehudi Menuhin

El sello Warner celebra el centenario del nacimiento de Yehudi Menuhin, uno de los más grandes violinistas del siglo XX, con una espléndida caja que resume su inmenso legado interpretativo y humano en ochenta discos, once dvd y un libro

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Albert Einstein supo de la existencia de Dios en 1930. Fue después de escuchar a Yehudi Menuhin, y así se lo comunicó al violinista. Menuhin había nacido el 22 de abril de 1916, por lo que tenía entonces catorce años. El comentario de Einstein puede sonar hiperbólico si no fuera porque el físico sabía de lo que hablaba (él mismo tocaba el violín) y si no fuera porque se trataba de Menuhin. Varios casos se han dado de precocidad entre intérpretes musicales, algunos clamorosos, pero ninguno comparable con el suyo. Menuhin fue mucho más que un niño prodigio. Quien escuche sus registros de los años treinta (su primer disco data de 1928, ¡con doce años!) no verá al niño por ningún lado, sino a un músico hecho y derecho, una inteligencia de primer orden que parece atesorar décadas de experiencia. La técnica es excelente, pero no estamos ante un superdotado del instrumento o un espíritu instintivo: las versiones del joven Menuhin irradian una sabiduría difícil de explicar basándose en su fecha de nacimiento. Su maestría tenía algo divino.

«El siglo de Menuhin» es el título que Warner ha dado a la espléndida caja con la que celebra el centenario del violinista. Un siglo en el que Menuhin no se limitó a ser uno de los grandes protagonistas musicales. Llamado a vivir una época de acontecimientos mundiales trágicos y convulsos, Menuhin consideró que su tarea no podía limitarse a llevar la música al público. Fue un artista comprometido con el presente aunque no en aras de un ideal político o ideológico, sino como abanderado incansable de valores éticos y civiles: el diálogo, el entendimiento, la solidaridad, la paz. Su talante humanista resalta en la colaboración con Furtwängler. El encuentro entre los dos se produjo en 1947, en un momento crítico para el director alemán, sobre el que pesaban las acusaciones de connivencia con el nazismo. Pese a su ascendencia judía, Menuhin no se sumó al ostracismo decretado en contra de Furtwängler. Con él realizó para el sello Emi unas grabaciones gloriosas que tienen su culminación en el concierto para violín de Beethoven, siendo la versión de Lucerna ‘47 superior al registro en estudio de 1954.

Contra la Guerra Fría

A estos mismos años se remonta otra colaboración destinada a romper barreras: con su colega David Oistrakh. En una época de máxima tensión entre los países occidentales y el bloque comunista, la idea de que un violinista estadounidense y otro ruso tocasen juntos el Concierto doble de Bach tenía un alto valor simbólico. Las respectivas autoridades políticas pusieron trabas, pero el encuentro tuvo lugar en París, en 1958, y fue inmortalizado por las cámaras de televisión.

La caja de Warner incluye ochenta discos y once dvd repartidos en cuatro álbumes. El volumen con sus grabaciones históricas es imprescindible, aunque son discos ya bien conocidos: sus colaboraciones con Elgar, Enesco, Furtwängler, Ravi Shankar y Grappelli, además de su Bach y su Bartók. De notable valor también el volumen de las grabaciones con su hermana Hephzibah, excelente pianista con la que tocó lo más granado del repertorio para violín y piano. Muy recomendable el volumen con los documentales (en formato dvd) que rodó Bruno Monsaingeon, a quien se deben también los textos del excelente libro que acompaña la caja, enriquecido con un importante apartado de fotos y documentos. El volumen con grabaciones en vivo y en festivales, así como el otro con rarezas e inéditos tienen un interés más relativo. En este último destaca su única grabación del concierto de Chaikovski bajo la batuta de Sir Adrian Boult, una versión de gran intensidad aunque a Menuhin se le nota apurado en algunos pasajes. Tal vez por ello el violinista nunca autorizó su publicación.

A finales de los años cincuenta, Menuhin empezó a notar un ligero temblor en su mano derecha a la hora de sostener el arco. Este problema fue agravándose con el paso del tiempo (la mano izquierda, por suerte, no se vio afectada), lo que quitó seguridad y precisión rítmica a su forma de tocar. La disposición cronológica de cada álbum de la colección permite apreciar esta merma paulatina a partir de los años setenta (Menuhin grabó hasta 1998, un año antes de su muerte), si bien la musicalidad del violinista nunca está en discusión.

Dirigir en «sirasana»

Menuhin fue también un adepto y un divulgador del yoga en Occidente. Había empezado a practicar esta disciplina con el maestro B. K. S. Iyengar, al que definía como su «mejor profesor de violín». Menuhin estaba convencido de que, sin los beneficios del yoga, su carrera habría terminado mucho antes debido al cansancio físico y mental acumulado desde muy joven. Varias fotos le retraen en posturas yoga. La más curiosa se remonta a 1982, cuando dirigió la Filarmónica de Berlín en la postura de «sirasana» (es decir, apoyado sobre la cabeza). Una hazaña digna de un yogui.

Su celebrada colaboración con Ravi Shankar («West meets East») le señala como uno de los precursores del multiculturalismo. Aquellos tempranos experimentos buscaban tender puentes, cruzar fronteras, subrayar la universalidad no ya de la música, sino de la comunicación entre músicos de distintas culturas. En su introducción a la autobiografía de Ravi Shankar, Menuhin escribía: «En la creación genuina hay una incandescencia que disuelve toda impureza y escoria, dejando únicamente oro bruñido». En las mismas páginas, el violinista indicaba la «exaltación serena» como rasgo primordial de la música de los grandes autores. Esta exaltación serena es también la clave maestra de su arte interpretativo.