Cultural / LIBROS

«El señor del mundo»: Felipe II según Hugh Thomas

Día 15/10/2013 - 17.21h

«Líder global» es el calificativo que mejor le sienta a Felipe II. Porque extendió los dominios del imperio español por cuatro continentes. A él ha consagrado el hispanista Hugh Thomas su último ensayo, «El señor del mundo»

Felipe II estudió la posiblidad de llegar a China (en la imagen, mapa de Asia, 1613)

Resulta tan paradójico como reconfortante que la Historia de la globalización haya recuperado una figura como la de Felipe II. Esta apreciación no parte del conocido efecto pendular por el cual personajes alabados y glorificados incluso en vida son más tarde escarnecidos sin remisión. O por el contrario, absolutos desconocidos se convierten en relevantes y hasta decisivos en la explicación del tiempo que vivieron.

De este monarca se ha hablado siempre, pocas veces para bien y muchas para mal. En especial durante los dos últimos siglos, se le ha visto bajo el estigma de un mito cruel, anclado a las fábulas protestantes y liberales del «demonio del mediodía». Sin embargo, durante los últimos veinticinco años, en clara coincidencia con el mundo posterior a la caída del Muro de Berlín en 1989, Felipe II ha recuperado su historicidad.

El estereotipo romántico, teatral, hamletiano y falaz que encontró su expresión más acabada en el «Don Carlos, infante de España», de Schiller, drama en verso publicado en 1787 sobre la muerte del hijo a manos del padre, constituye una pantomima. Más allá de los logros ficcionales de esa obra, el Felipe II histórico allí ni está ni se le espera.

Truchas de Valladolid y anchoas de Flandes

Ausente de su propia naturaleza, invadido por la religión política de sus «enemigos», el personaje fue asumido por un estereotipo negativo (una «verdad cansada», que diría George Steiner) y se perdió en un laberinto de significados que apenas logró contrarrestar un cierto integrismo panhispanista, que por otra parte tuvo dónde elegir.

Con precedentes como los Reyes Católicos y Carlos V, a pesar de que se remarcara con buen sentido la españolidad del monarca, existía una cierta minusvalía en su percepción. Los primeros lograron la unión de coronas y con ella fundaron la España moderna. El segundo se entregó a un furor universalista en defensa de la dinastía Habsburgo y la verdadera religión, compatible con los afanes de un «bon vivant».

La edición (Urgoiti, 2010), con prólogo de Iván Jaksic, de la Vida de «Carlos V tras su abdicación», de William H. Prescott, constituye a este respecto un maravilloso ajuste de cuentas. Hacia el final de sus días, el emperador, «en lugar de vivir entregado a la devoción con pocos criados, desengañado del mundo y ocupado en fabricar relojes, no dejó un solo instante de ocuparse de política y tenía al pie de quinientos criados». Según correspondía a su carácter epicúreo y avanzada edad (55 años), pasaba buena parte del tiempo dedicado a engullir truchas de Valladolid, anchoas de Flandes y salchichas de Tordesillas, o a pelearse con los médicos.

La herencia de su padre recibida por Felipe II no pudo ser más pesada, en forma de conflictos insolubles, guerras sin perspectivas y relaciones envenenadas. Si el matrimonio con María Tudor lo convirtió en rey de Inglaterra y cabeza temporal de la Iglesia anglicana (un asunto por el que la Historia inglesa suele pasar de puntillas), la victoria de los tercios españoles frente a las tropas francesas en San Quintín (1557) fue, al igual que tantas glorias militares, efímera. Poco después, desatados los nudos de la estabilidad, el monarca tuvo que crear una visión del imperio español y una manera de administrarlo basadas en un sistema de información que llegara hasta sus confines.

«Árbitro del mundo»

Este es el Felipe II de la historiografía reciente, un líder global, con visión de largo plazo, entregado a la tarea de ser, según indicó el embajador veneciano Tiépolo, «árbitro del mundo». También es el monarca que nos presenta Hugh Thomas en esta excelente biografía, clásica bajo cualquier punto de vista, muy bien escrita y traducida con esmero por Carmen Martínez Gimeno.

Como bien señala el autor, además de gendarme de Europa, correspondió a Felipe II gestionar una monarquía extendida –en especial después de la anexión de Portugal en 1580– por los cuatro continentes. Sin menoscabo de la conocida capacidad militar y naval que, según la historiografía tradicional, fue condición de su existencia, el énfasis en la gobernabilidad del imperio mediante la implantación de una burocracia comparable en la época tan solo a la de China, garantizó que sus instituciones duraran casi dos siglos.

En este sentido, resulta tan intuitivo como brillante que Thomas haya optado por una narración de acontecimientos interesada en las relaciones personales y en lo que podríamos denominar «laberintos mentales» del monarca. Sus estrategias y tácticas muestran la economía de los medios, pues si por una parte se hace visible el esfuerzo por expandir la plataforma del colaboracionismo de las élites y de los vasallos del imperio filipino en los cuatro continentes, por otra la guerra aparece como acción política defensiva, inevitable y necesaria. Todo ello, dentro de una visión providencialista: Felipe II supo bien que Dios lo había llamado a asumir un destino, cuya consecución dependía de la frágil voluntad humana.

Este es el hilo conductor del volumen, el impacto sostenido y universal de las políticas del monarca, explicadas en seis partes o «libros», con un epílogo y quince apéndices, que incluyen datos sobre el oro de las Indias, esclavitud, población, virreyes o genealogías, de imprescindible consulta.

Treinta mil misas por su alma

Respecto a los primeros, existe una gradación evidente. La «Vieja España» da paso a la España imperial. «Distracciones europeas» muestra que los conflictos con Inglaterra o los Países Bajos fueron una pérdida de dirección en las políticas filipinas. Brasil o el Nuevo Mundo marcaron una mayor continuidad. Pero el espectacular «libro VI» retoma el viejo asunto del intento por conquistar China. Nada menos.

Si una carta del gobernador de Filipinas en 1576 indicó que allí eran «todos tiranos, en especial los mandarines, que afligen mucho a los pobres», se pensaba también que los chinos eran cobardes, haraganes, bebían continuamente agua caliente y estaban influidos por la quiromancia y la superstición. «Sufrían los azotes a los que estaban sometidos: con frecuencia les cortaban las orejas sin buenas razones o les daban cien latigazos. Los que llegaban a ser grandes capitanes, así como su rey, jamás se cortaban las uñas de las manos. A menudo estaban borrachos y eran muy lujuriosos.»

Los planes de invasión de China (en 1578 un oidor de Guatemala señaló que podía intentarse con solo cuatro mil hombres y seis galeras, además de algunos cañones) fueron simultáneos con iniciativas sensatas. El escritor y soldado Bernardino Escalante sostuvo que una embajada pacífica obtendría mejores resultados. Sin duda, tener «Oriente en propiedad» fue la penúltima expresión de energía de aquel imperio.

Felipe II murió en 1598 consumido de fiebre, con un tumor en la pierna, atormentado por la gota y con septicemia. Una silla articulada, invento de su ayuda de cámara Jean l’Hermite, le permitió trabajar casi hasta el final. En su testamento, determinó que se dijeran en sufragio de su alma treinta mil misas. Qué menos para quien había sido el primer «rey planeta».

El señor del mundo. Felipe II y su imperio

Compartir

  • Compartir

publicidad
Consulta toda la programación de TV programacion de TV La Guía TV

Comentarios:
N. PULIDO Hasta el 8 de febrero se expone en la primera pinacoteca española una de las mejores colecciones del género
Cortos más vistos FIBABC 2014
«Project Shell»
«Project Shell»

Sigue ABC.es en...

Últimos Posts
    Portada de Blogs

    Hoy en TV

    Programación Televisión

    Buscador de eventos
    Búsqueda sencilla
    Lo último...

    Not Found


    HTTP Error 404. The requested resource is not found.

    Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.