Catalina de Erauso, la monja española que se disfrazó de hombre y combatió como soldado en América
Catalina de Erauso - EDAF

Catalina de Erauso, la monja española que se disfrazó de hombre y combatió como soldado en América

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En ocasiones la realidad supera ampliamente a la ficción y, sin duda, el caso de Catalina de Erauso –conocida como la «Monja Alférez»- es un buen ejemplo de ello. Y es que, a principios del SXVII, esta novicia donostiarra escapó del convento en el que estaba recluida y, tras tener varios problemas con la justicia, viajó hacia el nuevo mundo para combatir como soldado. Todo ello, además, lo llevó a cabo haciéndose pasar por hombre, algo que logró sin ser descubierta hasta el final de su vida.

La increíble historia de esta monja travestida es una de las muchas que el escritor José Luis Hernández Garvi narra en «Adonde quiera que te lleve la suerte» (Edaf, 2014), un libro en el que ha rescatado del olvido las vidas de aquellas mujeres que, rompiendo moldes, se embarcaron hacia un mundo desconocido en el que tuvieron que hacer frente a cientos de peligros. «Las mujeres tienen mucha más relevancia en la historia de la conquista de América de la que se les ha atribuido hasta ahora. Su actuación fue fundamental. Ellas llevaron la cultura que tenían en la Península al nuevo mundo y se la transmitieron a los indígenas y, además, combatieron junto a grandes conquistadores», explica el autor en declaraciones a ABC.

Una infancia controvertida

Según su partida de bautismo, la historia de la «Monja Alférez» comienza en San Sebastián el 10 de febrero de 1592 (su autobiografía, por el contrario, afirma que se produjo en 1585). Por entonces, España se encontraba embarcada en los últimos años de la conquista y la colonización de América, la nueva tierra prometida donde, a cada paso que se daba en terreno desconocido, se hallaban grandes riquezas. Eran tiempos de aventuras y de arriesgadas expediciones en las que unos pocos hispanos entraban en la selva a base de morrión, ballesta, y algún que otro arcabuz con la intención de obtener gloria y dinero.

Según su partida de nacimiento, nació en 1592 en San SebastiánEn ese mundo nació la pequeña Catalina. Sin embargo, todas aquellas aventuras no estaban dirigidas a ella ya que, al nacer mujer y pobre, la sociedad europea le dictaba un destino bien diferente. «En esa época las mujeres no tenían acceso al mundo de los hombres, estaban recluidas en sus casas y, si querían acceder a un poco de cultura, la única solución era meterse a monjas (en el convento las enseñaban escasamente a leer para que entendieran los misales y aprendían algo de latín, pero ya era algo). No tenían opciones. Otra de las escasas posibilidades que tenían de salir de la casa de sus padres era casarse con alguien con medios. Dependían, por lo tanto, de los hombres en todos los ámbitos de la vida», explica el escritor.

Con apenas cuatro años, la vida de Catalina cambió drásticamente cuando, por orden de sus padres, se vio obligada a entrar en un convento. «Solían ingresas en el convento las mujeres que no podían encontrar un buen marido, y ese fue el caso de Catalina. Desde pequeña vieron que era una mujer muy poco agraciada y no iba a tener muchos pretendientes, así que sus padres prefirieron que dedicara su vida a Dios», añade Hernández Garvi. Durante aquellos años, nuestra protagonista pasó por todo tipo de penurias, pues las novicias la humillaron y la maltrataron durante su estancia.

La joven que se transformó en muchacho

Hastiada de las vejaciones de sus compañeras monjas, a los 15 años Catalina de Erauso logró escapar del convento y tomó una decisión que marcó el resto de su vida: se disfrazó de hombre para no ser reconocida y poder continuar con su existencia sin ser atrapada. «Se hizo un traje de muchacho con el hábito que tenía del convento y se convirtió a todos los efectos en un varón. A partir de ese momento pasó toda su vida disfrazada de hombre y, sólo al final de la misma, confesó que era una mujer», completa el escritor español.

En los meses posteriores, Catalina se forjó una nueva identidad masculina y se dio a conocer como Francisco Loyola. Ataviada con un nuevo disfraz de hombre, trabajó junto a varios nobles con los que se hizo ducha en el manejo de las letras y el latín. Según explica la joven en su biografía, nadie sospechó nunca de su condición femenina y todos la trataron como si fuera un varón. De hecho, en un caso llegó a presentarse a su padre como un chico y éste no pudo reconocerla . A su vez, un día cometió la imprudencia de escuchar misa en el convento del que había huido, aunque, por suerte, ninguna de sus antiguas compañeras sospechó de su verdadera identidad.

Con todo, y según explica Hernández Garvi a ABC, a día de hoy no existen datos que determinen pormenorizadamente cómo era su disfraz y cómo pudo con él convencer a todo aquel que conocía. «No hay ninguna referencia, ni suya ni de otros cronistas, que explique cómo era su disfraz y cómo lograba hacerse pasar por hombre. Pero debía ser bueno, porque nunca la descubrió nadie. Personalmente considero que pudo pasar desapercibida, entre otras cosas, debido a que los ropajes de la época eran muy holgados y podían esconder las formas femeninas, si alguna vez las tuvo», destaca el autor de «Adonde quiera que te lleve la suerte» (Edaf, 2014).

Sin embargo, el espíritu inquieto de Catalina hizo que pronto se decidiera a partir hacia América. Nuevamente, demostró la calidad de su disfraz al enrolarse en 1603 como grumete en un buque que viajaba hacia la tierra prometida. Curiosamente, en aquella época no era extraño que las mujeres emigraran hacia el nuevo mundo, por lo que resulta extraño que siguiera haciéndose pasar por un varón.

¿Cuál fue la razón que llevó a Catalina a continuar disfrazada? Es difícil saberlo, aunque Hernández Garvi explica una de las múltiples causas que, según considera, pudieron influir en la joven: «Personalmente creo que no hay duda de que era lesbiana. Esto, para la sociedad española de entonces era algo impensable, así que no sería de extrañar que rompiera por ello todos sus lazos con España y viajara al nuevo mundo. Se marchó con apenas 15 años». Fuera como fuese, Catalina pisó tierra americana tras un duro viaje y, una vez en puerto, escapó del buque sin que nadie se percatara. Desde allí partió hasta Saña (Perú), donde entró trabajar como dependienta de una tienda de ultramarinos. No era su trabajo soñado, pero le serviría para ganar algo de dinero.

Su primer asesinato

Durante varias semanas, Catalina cumplió a rajatabla su papel de tranquilo tendero. Por entonces, nadie sospechaba que bajo aquella perfecta facha de varón se agazapara realmente una mujer. Sin embargo, su temperamento le jugó un día una mala pasada que, a la postre, marcaría su carácter y su pasión por las armas. Así narra el suceso nuestra protagonista en su autobiografía: «Estando un día en la comedia, en un asiento que había tomado, un fulano (llamado) Reyes vino y me puso (un sombrero) tan delante y tan arrimado que me impedía la vista. Pedile que lo apartara un poco, respondió desabridamente, y yo a él, y díjome que me fuera de allí o me cortaría la cara. Yo me hallé sin armas, sólo una daga, y me salí de allí con sentimiento, atendido por unos amigos, que me siguieron y sosegaron».

En los días siguientes, el enfrentamiento se desvaneció en la mente de Catalina. Sin embargo, no le ocurrió lo mismo al tal Reyes quién, una noche, se presentó junto a un amigo en la tienda en la que trabajaba la antigua monja con la firme intención de cruzar espada con ella. Erauso, que vio a la pareja en los alrededores del local, no se amedrentó «Cerré la tienda, tomé un cuchillo y fuime a buscar a un barbero e hícelo amolar y picar el filo como una sierra, y poniéndome luego mi espada, que fue la primera que ceñí, vide a Reyes delante de la iglesia paseando con otro, y me fui a él, diciéndole por detrás: “¡Ah, señor Reyes!” Volviose él, y dijo: “¿Qué quiere?” Dije yo: “Ésta es la cara que se corta”, y dile con el cuchillo un refilón que le valió diez puntos. Él acudió con las manos a la herida; su amigo sacó la espada y vino a mí y yo a él con la mía. Tiramos los dos, y yo le entré una punta por el lado izquierdo, que lo pasó y cayó», afirma la novicia en su autobiografía.

En su primer combate, venció a dos hombres con un cuchilloLa «Monja alférez» venció a pesar de que era la primera vez que empuñaba un arma, pero la pelea le costó ser encerrada en la cárcel. Con todo, únicamente pasó unas pocas horas entre rejas, pues su jefe logró sacarla de prisión pagando la correspondiente fianza. Pero el conflicto no estaba ni mucho menos terminado ya que, algunas jornadas después, el herido volvió junto a su amigo pidiendo cuentas por su corte en la cara. No pudo haber cometido una decisión peor y es que, en este caso, Catalina disponía de una espada que no dudó en desenvainar para enfrentarse a sus agresores.

Tras intercambiar sablazos, estocadas y algún que otro «hijo de…», los dos sujetos cayeron muertos ante el arma de la antigua novicia, ya ducha en el manejo de la esgrima. No obstante, el alguacil local no le dio precisamente la enhorabuena por haber logrado preservar su vida, sino que encerró en una mazmorra a aquel «muchacho» que no paraba de meterse en líos. Casi como si la historia se repitiese palabra por palabra, Urquiza se presentó de nuevo en la prisión y pagó su fianza. En cambio, en esta ocasión invitó muy educadamente a su empleado a marcharse de allí y encontrar otras lindes alejadas de él en las que vivir.

Un «conquistador» al que las mujeres amaban

Así lo hizo Erauso, quien, en los meses posteriores, viajó hasta Lima en busca de un nuevo trabajo. Allí fue cuando, según Garvi, terminó creyéndose que realmente era un hombre, pues, mientras que hasta ese momento había evitado el contacto íntimo con las mujeres, a partir de entonces se empezó a ganar fama de «conquistador y mujeriego». De hecho, desenvainó la espada en varias ocasiones retada por maridos a los que había engañado con sus propias señoras. 

Incomprensiblemente, Catalina se ganó fama de buena amante entre las damas. «Ella no le daba mayor importancia a sus aventuras amorosas con mujeres. Las cita, pero en ningún momento entra en detalles sobre su vida íntima. Hay que tener en cuenta que, en aquella época, las relaciones sexuales no eran como las podemos entender hoy en día. Eran un tabú de lo que no se hablaba en público, que estaba muy reducido al ámbito familiar…. De hecho, las relaciones sexuales se hacían en muchos casos a oscuras y no era raro que los amantes estuvieran vestidos, así que no es raro pensar que, en sus encuentros sexuales, sus parejas no se dieran cuenta del engaño. Con todo cuando compartieron lecho con ella, salieron convencidas de que era un hombre», señala Hernández Garvi.

La monja soldado

Después de innumerables líos de faldas, Catalina decidió dar un giro a su vida y partir en busca de riquezas hacia Chile, territorio hacia el que se iba a enviar una expedición formada por seis compañías con cientos de soldados y varios buques. Sabedora de su habilidad con las armas, la donostiarra se enroló como soldado en el ejército español y, días después, partió hacia el puerto de la Concepción, donde se puso a las órdenes del capitán Miguel Erauso… ¡Su hermano! Este, por supuesto, no la reconoció.

«En América la necesidad de hombres de armas era constante debido a la cantidad de expediciones que se hacían en busca de riquezas. Fue la única opción que tuvo y la que más se ajustaba a su personalidad, porque es imposible imaginarla cultivando un terreno o asentada con una familia. Así, puso su espada al servicio de otro haciéndose soldado en el nuevo mundo, donde sobraban ofertas de empleo como combatiente. No podía hacer mucho más. Estaba claro que no podía llevar una vida de mujer y su vida como hombre era, sobre todo, militar», destaca el autor de «Adonde quiera que te lleve la suerte» (Edaf, 2014).

Catalina tuvo multitud de mujeres como amantesComo soldado, Catalina demostró sus dotes de combatiente en multitud de ocasiones. «En la mayoría de los episodios de armas que vivió salió victoriosa, por lo que debemos suponer que era una espadachina hábil. Con el tiempo fue adquiriendo una experiencia en combate que muy pocos hombres tenían. Hay que darse cuenta que la inmensa mayoría de hombres que llegaban a América no tenían experiencia en la lucha o era muy limitada, en cambio, ella ya llevaba muchos años en América, había participado en multitud de expediciones militares, había ejercido como soldado y era una profesional en el manejo de las armas», completa el escritor.

La antigua monja, ahora convertida en un varón aguerrido, se enfrentó a los nativos espada en mano en varias ocasiones. En sus múltiples combates, demostró desde su sangre fría hasta su valentía y heroísmo. Estuvo, como señala Hernández Garvi, a la altura (o incluso por encima) de los militares varones..En una ocasión, por ejemplo, Catalina cargó a lomos de su caballo contra una inmensa maraña de indios que habían robado la bandera de su unidad, la cual, tras un fiero combate contra un jefe indígena, logró recuperar. Aunque sufrió severas heridas en un brazo y una pierna, esta acción le valió un ascenso a alférez.

«Es cierto que sólo llegó a ascender a alférez, pero también hay que situarse en el contexto de la época. Para acceder a ser oficial había que tener muchos años de servicio y una considerable capacidad económica para formar su propia compañía. Lo único a lo que podía aspirar un soldado raso que no perteneciera a la nobleza era a convertirse en alférez. No es que fuera mejor o peor soldado, simplemente no podía llegar a más. Con todo, el grado de alférez no se concedía por las buenas, tenía que ser un militar que hubiera mostrado su valía, pericia y capacidad de mando en multitud de combates», afirma el escrito a ABC.

Sin embargo, y a pesar de que era una estupenda espadachina, su carácter volvió a traicionar a Catalina cuando desobedeció una orden directa de su superior y acabó con la vida de un jefe indígena desarmado. Esa decisión la hizo caer en desgracia y, tras ser trasladada en varias ocasiones, terminó por abandonar el ejército. Curiosamente, en todo ese tiempo ninguno de sus compañeros descubrió que era una mujer. «No se sabe cómo podía convivir con otros hombres, Hay que tener en cuenta que combatió como soldado durante años y hacía vida diaria y al aire libre con muchos compañeros de armas. El cómo engañó a la gente es algo que nunca sabremos, porque no hay ninguna referencia. Es parte de su misterio», añade Hernández Garvi.

Su última etapa como hombre

Licenciada con deshonor a pesar de su heroico historial, Catalina se dio a partir de ese momento a la mala vida y se convirtió en el típico bravucón de taberna ávido de poner su espada al servicio de quien fuera con tal de ganar unas pocas monedas que gastar en vino y cerveza. Sin un objetivo en la vida, y todavía como hombre vagó por Latinoamérica siendo apresada en varias ocasiones por reyertas relacionadas con partidas de cartas y dados.

Su mala vida provocó que fuera condenada a muerte en dos ocasiones. En la primera, iba a ser ejecutada en la horca por haber asesinado a un compañero de cartas cuando unos individuos testificaron en su favor. Fue liberada. La segunda es mucho más curiosa pues, cuando estaba comulgando en la iglesia, Catalina decidió sacarse desafiante la hostia consagrada de la boca y ponérsela en su mano, algo que se consideró herético. «Las autoridades eclesiásticas vieron ese hecho como algo sacrílego que había que castigar. También era una época en la que, a veces, se confundía religión con superstición y temor a Dios», completa el autor. Por suerte, pudo escapar en el último momento de la pena máxima con la ayuda de un sacerdote.

Se descubre el secreto

Acosada por la justicia, fue finalmente atrapada por las autoridades en Huamanga (Perú) y llevada ante el obispo Agustín de Carvajal para que, por las buenas o las malas (más bien las segundas) obtuviera de ella una confusión. Una vez en su presencia, y no se sabe si por miedo o por necesidad, Catalina terminó revelando su gran secreto al clérigo: era una mujer. «En principio, Carvajal no la creyó, mandó a dos matronas que la examinaran para cerciorarse de que era una mujer y se llevó una gran sorpresa cuando le dijeron no sólo que no era un hombre, sino que además era virgen», añade Hernández Garvi.

¿Cuál fue la reacción del obispo? La más increíble que se pueda imaginar. Sorprendido por la historia de aquella monja que había escondido su feminidad durante años y años, se olvidó de los «pecadillos» de Catalina y dio a conocer su sorprendente historia a la población. A su vez, determinó que la mujer debía acabar su vida en un convento, siguiendo lo que sus padres habían querido cuando apenas contaba cuatro años. A las pocas lunas, pueblos y ciudades de toda España conocían la increíble historia de la «Monja alférez» (como empezó a ser conocida).

A partir de ese momento la antigua novicia se hizo una «celebritiy» local a la que todas las autoridades querían conocer. «Se convirtió en un personaje mediático. Fue recibida por el Papa y por reyes. Viajó por toda Europa. Los nobles de la época hacían cola para poder conocerla, la gente en los pueblos se echaba a la calle para verla… En aquella época los cronistas (que eran los que comentaban las noticias para un mecenas) dejaron patente lo que había sucedido con Catalina de Erauso escribiéndolo en sus boletines», completa el escritor.

El final de una vida

Obligada, volvió a entrar en un convento como ya hiciera durante su infancia. Sus andanzas como monja duraron dos años y medio pero, cuando recibió un documento que afirmaba que no había llegado a ser monja profesa, abandonó su encierro y regresó a España, la tierra que la vio nacer. En Madrid, solicitó una pensión por sus años como soldado que le fue concedida. Sin embargo, con su vida hecha y un buen dinero en la bolsa, tomó la decisión de abandonar la Península y regresas al nuevo mundo.

«Volvió a América porque no tenía ya ningún vínculo con España. Además, aunque se había hecho famosa, eso no le había reportado nada. Todos la veían como una especie de bicho raro. Ella empezó a ser consciente que era un esperpento que llamaba la atención de la gente, pero nada más. Por ello, rompió con todo aquello y volvió a América vestida de hombre de nuevo. Allí se convirtió en mercader y transportista. Hay que ponerse en su lugar, no tuvo una vida fácil, no se sentía una mujer y no era un hombre. No encajaba en ningún sitio y no sabía qué hacer con su vida. Por así decirlo, decide volver al anonimato que le ofrecía América», completa el experto.

Finalmente, murió en tierras americanas en una fecha indeterminada y por causas desconocidas. «Existen varias teorías sobre su muerte y sobre donde está enterrado su cuerpo. Algunas teorías que murió mientras cruzaba un río, otras apuntan a que sufrió un accidente llevando una caravana de mulos e, incluso, algunas abren la posibilidad de que alguien la hubiera atacado para robar la mercancía que llevaba durante un viaje. Ni está confirmado el año de su muerte, ni cómo se produjo, ni donde fue enterrada. Es el último misterio de la vida de esta mujer», finaliza Garvi.