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Adolfo Suárez cumple 80 años más vigente que nunca

El peso del legado político del expresidente del Gobierno crece desde la convulsa perspectiva actual. Algunos de sus más estrechos colaboradores rescatan para ABC las enseñanzas de su ejecutoria

Día 25/09/2012 - 04.48h

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El homenaje es un bálsamo frente a la desmemoria, pero también un tributo necesario ahora que escasean las referencias de cohesión nacional y se abren grietas en la voluntad de construir un futuro conjunto. Adolfo Suárez González (Cebreros, 1932) cumple 80 años el próximo martes, y lo hará rodeado de la calidez familiar que envuelve su silencio desde que en 2005 se dio a conocer la enfermedad degenerativa que padece. El 2 de mayo de 2003 había tenido lugar la última aparición pública del expresidente del Gobierno y artífice de la Transición en un acto en el que respaldó la candidatura de su hijo Adolfo a la presidencia de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y en el que, castigado ya por su problema de salud, perdió el hilo del discurso. Desde aquel momento, se cerró el telón de una ejecutoria ejemplar y se extinguió una voz autorizada que hoy, sin duda, contribuiría a iluminar los momentos de zozobra económica y de tensión territorial. Si Suárez fue capaz de aunar voluntades en los Pactos de la Moncloa frente a una inflación desorbitada y de encauzar, en primera instancia, a los nacionalismos periféricos, algo sustancial tendría hoy que decir frente al desafío secesionista de Artur Mas o ante la amenaza de intervención de la Unión Europea.

Remando junto a otros

Sin duda, Súarez habría secundado y aplaudido el reciente mensaje web de Su Majestad el Rey porque, si en algo destacó, fue precisamente en remar junto a otros en una misma dirección. Por ejemplo, junto a los recién desaparecidos Santiago Carrillo y Manuel Fraga, cuando tocó hacerlo. Y también, antes de que el proyecto centrista naufragara, junto a estrechos colaboradores y compañeros que hoy quieren contribuir a rescatar su valioso legado político en estas páginas de ABC, en una oportuna puesta en valor de su sentido de Estado, de su inagotable capacidad para el diálogo y también de la determinación con la que se aplicó en la consecución de un objetivo, porque, coinciden todos ellos, el «suarismo» nunca se caracterizó por la improvisación.

El exministro Jaime Lamo de Espinosa, al frente de la cartera de Agricultura entre 1978 y 1981, evoca a «aquel Adolfo que, cuando íbamos hacia Zarzuela para dimitir ante el Rey, decía: «Mi mayor preocupación es la convivencia». Por eso apunta que sus silencios, «antes voluntarios, hoy forzados por la maldita enfermedad, se han vuelto clamorosos, sonoros. Todos desearíamos hoy oír su voz y conocer su opinión sobre lo que ocurre. Tanto más, ahora, en plena crisis económica, mucho más profunda y dolorosa que la que él tuvo que sortear, y en un escenario territorial donde se “exige” la secesión desde regiones históricamente españolas. Adolfo logró que partidos y personas renunciaran, todos, a algo, a veces sustantivo, en favor de los intereses comunes del Estado, de la Nación española. Y con el tiempo jugando en contra, pues había que hacerlo rápido, ya que el pueblo español no esperaba. La necesidad era perentoria. Era precisa la celeridad, sí, pero también el consenso, la no exclusión y, sobre ello la renuncia, el sacrificio. Como hoy. Quizás hoy más que entonces».

Y aunque Lamo admite que «hoy es imposible de predecir cuál sería su consejo, se podría conjeturar que ante la crisis y la amenaza de secesión -hecho gravísimo y disparatado- su coraje político le llevaría por múltiples senderos. Tal vez, seguro, intentaría unos nuevos Pactos de la Moncloa -solución interpartidaria entonces pero hoy unida a empresarios y sindicatos- para atajar los caminos de la economía, pero con renuncias de todos; exigiría a la clase política una alta capacidad de sacrificio con conductas altamente exigentes en lo económico y ejemplarmente austeras; trataría de evitar el rescate desde la UE, haciendo lo que le dijeran los más expertos que él en esta materia (como entonces Fuentes Quintana); esgrimiría la Constitución, “su” Constitución, la de todos, y su exigente cumplimiento frente a los secesionistas, reales o ficticios, a los que respondería con palabra clara y hechos contundentes; seguiría firme e inflexible frente al final del terror; invocaría los valores de la Transición -consenso, concordia, etcétera- como norma de conducta individual o colectiva; pediría anteponer , sin duda, el interés nacional a los de cada partido o líder; usaría de su capacidad de convicción para atraer a su camino las voluntades de otro … ¿Quién sabe?».

Rápido en las decisiones

José Pedro Pérez-Llorca, que fue, sucesivamente, ministro de Presidencia, de Admininistración Territorial y de Asuntos Exteriores en gobiernos de UCD, además de «padre» de la Constitución, pone por delante que no puede aventurar qué plantearía el expresidente en la actual coyuntura, pero sí quiere dejar constancia de que tanto la cuestión territorial como la económica «constituían ya entonces sus mayores preocupaciones». Y fue testigo de los recursos y métodos con los que el expresidente afrontó problemas similares: «Adolfo Suarez sabía tomar decisiones rápidas, incluso instantáneas si era indispensable; condición necesaria ésta para un político con grandes responsabilidades, y el tuvo las máximas. Sabía hacerlo, pero le gustaba mucho más preparar bien la jugada, ser analítico. Estaba mirando siempre al futuro, intentaba anticiparse y conocer los movimientos del adversario o en general de todos los “operadores” sociopolíticos. Cuando había lugar, era exhaustivo en la preparación de una decisión, pedía opiniones escritas y dictámenes a diestro y siniestro y se las leía, estudiaba y anotaba». En suma, su valía no se reducía a la habilidad, la cintura política o el «ojo clínico», en opinión de Pérez-Llorca: «Sabía usar la intuición en su enjuiciamiento de las personas, pero siempre procuraba reunir la mayor información posible en forma de testimonios de personas cercanas a sus interlocutores».

«Un hilo rojo le guiaba»

Para resumir el eje de su trayectoria, recurre Pérez-Llorca a una expresiva metáfora: «Tenía un hilo rojo que le guiaba a través del laberinto en el que se convierte la acción política en un sistema democrático. Ese hilo rojo era el conocimiento claro y profundo de su misión. Adolfo recibió un mandato, en cierto sentido de la historia, para hacer una cosa, y ese objetivo lo tenía presente en la acción cotidiana. Ello le permitía distinguir entre lo urgente y lo importante, y diferenciar las voces de los ecos. Llegaba al extremo de consagrar tiempo a trazar hipótesis sobre el futuro político utilizando una técnica de esquemas y diagramas sobre folios en blanco que luego gustaba de contrastar con algunas personas de su confianza, según los temas. Tenía una gran capacidad de comunicar en distintos ámbitos y un gran “appeal” popular, que sabía manejar bien». Aunque algunos aspectos de su actividad le resultaran más agotadores: «Consideraba un tanto estériles los enfrentamientos de esgrima parlamentaria, llenos de hojarasca. Asumía con paciencia franciscana la necesidad de atender a las muchas inquietudes que se producían en su gran colectivo político y todo eso también lo sabía hacer bien, pero consideraba que se perdía mucho el tiempo, y no era plato de su gusto, lo que yo no podía sino comprender y compartir».

Pese a las presiones y apremios, certifica el exministro de Exteriores, evitaba en lo posible la improvisación: «Tenía una panoplia grande de instrumentos para buscar y analizar a las personas y situaciones y tomar de la manera necesaria las decisiones pertinentes con el ritmo que impusieran o permitieran los casos». Por eso, concluye, de ostentar hoy la responsabilidad que asumió antaño, «es seguro que Suárez habría tratado de anticiparse a estas situaciones para evitar que se plantearan con el enorme dramatismo con el que hoy se presentan, pero no tengo nada claro que, dadas las semillas tan insensata como profundamente plantadas en los años inmediatamente anteriores a éste, lo hubiera conseguido».

Landelino Lavilla, exministro de Justicia de Suárez y expresidente del Congreso de los Diputados, prefiere, entre todos los posibles, el adjetivo «cabal» para calificar la figura de Adolfo Suárez. Y desgrana los porqués: «Digo que fue un presidente cabal porque fue un presidente completo, pleno. Estudiaba los temas, los razonaba, tomaba las decisiones, dirigía y llevaba a efecto aquello que había decidido. Eso es lo que supone ser presidente de un Gobierno, de un órgano colegiado. Él presidía. Conmigo siempre estuvo a mano, siempre estuvo dispuesto, siempre pude despachar con él, siempre razonábamos, siempre debatíamos... ¡Y finalmente siempre hacíamos lo que él me decía! En lo personal, siempre valoré su dignidad y entereza, No procedíamos del mismo ámbito, pero, cuando nos conocimos, enseguida se estableció una corriente de confianza mutua».

Cree Lavilla que Suárez asumió con plena conciencia «su responsabilidad como hombre de la generación que tenía que hacer el cambio político. Entramos en el Gobierno personas que estábamos todas en la misma posición sobre cuál era el futuro que queríamos para el país, y a eso nos entregamos: a la armonización de la convivencia». Se trataba, pues, de gobernantes no solo cualificados, sino también unidos en un propósito: «A pesar de las dificultades que se dijo que tuvo para formar Gobierno lo cierto es que buscó en los elegidos un nivel que no era tan frecuente tampoco entonces en la política. Pero, además de eso, se rodeó de un conjunto de personas comprometido con generosidad, con entrega (y sin resquemores entre nosotros), en una operación hecha con sinceridad, con limpieza, y buscando la legitimidad en todo lo que hacíamos para que el futuro fuera el que deseábamos para España. No hubo nada de improvisación. Por eso en un año abrimos un periodo constituyente y en tres años teníamos una Constitución».

El centro perdido

También reflexiona Lavilla sobre por qué con el paso del tiempo se malogró el centrismo político: «El centrismo puede traducirse o bien en un tono general de la política (el que la aparta de los extremismos en favor del entendimiento y la concordia) o bien en una formación política que haga visible ese todo. Aquella fue la finalidad de la UCD, pues nuestro objetivo solo era posible si conseguíamos que la Transición no la patrimonializara ni la derecha ni la izquierda. Después, Suárez pretendió articular un partido de centro bisagra, el CDS, y eso es lo que no salió, y lo que realmente descompuso un poco el panorama político». Sí queda al menos la palabra de los testigos en primera línea para mitigar el abismo del silencio forzoso de Adolfo Suárez.

«Entra cuando quieras, salvo cuando esté al teléfono con el Rey»

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