Economía

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No es Laponia todo lo que reluce

La región que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia no es exactamente ni la meca de la flexibilidad laboral ni el mejor destino para españoles en busca de empleo

Día 02/04/2012 - 13.09h

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Desde Madrid hasta Rovaniemi, la capital finlandesa de Laponia, hay una distancia superior a los 4.000 kilómetros. Aunque durante esta semana, a través de la procelosa geografía comparativa de los mercados laborales, muchas conversaciones cerveceras y parte de la imaginación popular en España se han aproximado más que nunca hasta el extremo norte de Europa tras haber sido elevada a meritorio arquetipo de flexibilidad en el trabajo por el dirigente empresarial, José Luis Feito. Según la argumentación del responsable de la comisión de economía y política financiera de la CEOE, un parado en los países nórdicos deja de ser subsidiado cuando rechaza un trabajo «aunque sea en Laponia».

Los atlas dicen que Laponia es la región ártica que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. José Luis Feito ha añadido que «es un sitio muy bonito, con trabajos intensos de temporada que están bien remunerados». Y en plan «National Geographic», hay que decir que Laponia ha estado habitada desde hace miles de años por la minoría Saami, también conocidos como los Lapp. Un estoico pueblo nómada en búsqueda de los mejores pastos para sus rebaños de renos. Aunque todas esas bucólicas y navideñas estampas protagonizadas por menos de 100.000 indígenas ahora incluyen a una población mucho más mezclada, numerosa y dedicada a explotaciones agropecuarias permanentes, minería, pesca y otras operaciones industriales.

Un recorrido por las diferentes embajadas ante España de los países que comparten el territorio de Laponia confirma que las condiciones laborales no son tan extremas como los 30 o 40 grados bajo cero de un imperdonable invierno en las proximidades del polo norte. Si empezamos por Finlandia, la regla es que efectivamente un parado está obligado a aceptar una oferta de trabajo pero dentro de un perímetro máximo de ochenta kilómetros con respecto a su domicilio. Si dice que no, en virtud de un castigo administrativo perderá hasta 90 días del subsidio de paro finlandés que normalmente se prolonga durante 500 días.

Lógico y humano

La legislación vigente en Finlandia reconoce toda una serie de limitaciones «lógicas y humanas» a la movilidad geográfica de los desempleados más allá de la barrera de los ochenta kilómetros: desde el derecho a recibir ofertas vinculadas a la formación y experiencia de cada trabajador, hasta el acceso a una vivienda adecuada pasando por el respeto al arraigo familiar o al hecho de tener familiares dependientes.

Con todo, las fuentes finlandesas consultadas por ABC reconocen que no hay comparación posible entre sus regulaciones de su mercado de trabajo y la rigidez laboral que ha tenido España hasta ahora, sobre todo en materia de compensación por despidos y convenios sectoriales. También les llama mucho la atención la beligerancia entre sindicatos y patronal como punto de partida frente a su mentalidad más proclive a buscar soluciones entre todos.

De hecho, en Finlandia, no existen indemnizaciones para despidos motivados por las dificultades de una empresa. Solamente el derecho a un preaviso en función de la antigüedad de los trabajadores afectados. Lo que sí existe en Finlandia —y ha resultado clave a la hora de hacer frente a la actual crisis— es la posibilidad de recurrir a suspensiones temporales de empleo como alternativa a los despidos.

Durante esos períodos, los trabajadores en suspensión reciben en torno al 75 % de sus salarios. El dinero sale de fondos de desempleo sectoriales y una pequeña aportación que proviene de las arcas públicas. Esta herramienta les ha permitido sortear el batacazo que supuso perder hasta un 8% de su PIB en 2009 sin haber incurrido en una sangría de número rojos.

En Suecia, la Oficina Nacional de Empleo (Arbetsförmedlingen) confirma que el perceptor del subsidio de paro (300 días de cobertura como máximo, y 150 días adicionales para padres con hijos menores) tiene que estar «dispuesto a aceptar un trabajo apropiado» con riesgo de diversas sanciones en caso de rechazar una oferta. Aunque también existe la correspondiente letra pequeña de razones válidas para que un parado pueda plantarse sin represalias: cierto respeto a su capacitación y experiencia, impedimentos médicos, responsabilidades familiares, distancias y disponibilidad de viviendas «razonables», o que el salario ofrecido sea inferior al 90 % de la prestación recibida por desempleo.

En Noruega, es verdad que existe la obligación teórica de que los parados acepten cualquier trabajo, en cualquier sector y lugar bajo pena administrativa de perder una parte de sus prestaciones si no son capaces de argumentar una causa razonable. Pero esa regla, con sus salvaguardas de ofertas relacionadas con la formación y experiencia de cada trabajador, queda invalidada ante una tasa de desempleo que ronda el 3 %. Cifra que refleja más bien a trabajadores en el proceso de cambiar de empresa.

Espejismos «por el mundo»

Esta situación de pleno empleo en Noruega ha logrado entusiasmar a un cierto número de españoles. Las fuentes consultadas lamentan el impacto de programas de televisión con el formato «… por el mundo» que han generado unas expectativas muy poco reales entre españoles dispuestos a emigrar. El resultado es un contingente, sobre todo de jóvenes, que llegan con muy poco dinero, sin formación y sin saber tan siquiera inglés, mucho menos una complicada lengua germánica como el noruego. Y cuando exigen ayudas, la respuesta es que se vuelvan a su casa de la misma manera que han venido: con Ryanair por 15 euros.

Como explica José Mijares, un español que opera su propia empresa en la parte noruega de Laponia, «nosotros hemos salido en varios programas de esos, incluso esta misma semana y cuando escucho lo que dice la gente me quedo alucinado». Según el empresario, «la gente en España otorga credibilidad a fantasmones que están mintiendo o que no dicen toda la verdad. Se junta el hambre con las ganas de comer. Cuando están diciendo de cara a la galería que han ganado 4.000 euros al mes no dicen las horas, los fines de semana, las noches que han trabajado. Ni tampoco reconocen lo que les cuesta un alquiler, el transporte o el copago de 30 euros para ver un médico en la sanidad pública».

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