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Dos millones de oraciones

El aeródromo de Cuatro Vientos se convierte en el mayor templo del mundo. La lluvia obliga a suspender por pocos minutos la cita, en la que el Papa invita a los jóvenes a «descubrir su vocación en la Iglesia y en la sociedad»

Día 21/08/2011 - 07.31h
EFE

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Un tremendo chaparrón se abatió anoche sobre la cita más esperada de la JMJ en la base de Cuatro Vientos donde dos millones de jóvenes de 193 países pudieron ver, por fin, al Papa sin obstáculos de árboles o edificios. Le habían esperado durante muchas horas bajo un calor tremendo, pero todavía conservaban energías para obsequiarle con un recibimiento triunfal en cuanto las grandes pantallas mostraron las imágenes de los Príncipes de Asturias dándole la bienvenida. Todo era espléndido: la simpatía de los jóvenes, la elegancia del escenario, la belleza de la puesta de sol… Todo menos una imprevista tormenta de lluvia y viento que se abatió despiadadamente sobre el aeródromo obligando al Papa a suspender su discurso, a los organizadores a hacer llamadas a la calma, y a los bomberos a correr a reparar una parte del escenario que amenazaba desplome.

El Papa solo pudo comenzar su homilía. Tras una tensa espera bajo la lluvia y el viento, tomó de nuevo la palabra para decir a los jóvenes: «¡Gracias por vuestra alegría y resistencia! Vuestra fuerza es mayor que la lluvia. ¡Gracias!». Los jóvenes aplaudieron a rabiar y Benedicto XVI añadió sonriendo que «el Señor, con la lluvia nos manda muchas bendiciones. También en esto sois un ejemplo». A continuación leyó los saludos en siete idiomas y abandonó momentáneamente el escenario para gran alivio de todo el equipo de seguridad.

La mayor concentración humana en la historia de nuestro país —y la más internacional a la vista del arco iris de banderas— alcanzó una magnitud mayor que la esperada, hasta el punto de que el enorme recinto estaba lleno casi dos horas antes de la llegada del Papa. Un espacio equivalente a 48 campos de fútbol tuvo que colgar simbólicamente el letrero de «No hay billetes» mientras cientos de millones de personas seguían el acto a través de la televisión e internet en todos los puntos del planeta: era una jornada verdaderamente «mundial» en todos los sentidos.

Preguntas emotivas

La primera parte de la Vigilia consistió en la procesión con la Cruz de los jóvenes, que los españoles entregarán hoy a los de Brasil para la próxima cita. La segunda, centrada en la Palara de Dios, tuvo como protagonistas a cinco jóvenes que plantearon al Papa algunas inquietudes personales. Robert, norteamericano, se casa en unos meses, y preguntó por la vocación matrimonial, mientras que Kathleen, una chica alemana piensa en bautizarse y expuso algunos temores que le inquietan antes de dar ese paso. Pero la pregunta más emotiva fue la de Roselyne, una trabajadora social de Kenia que se dedica a ayudar a marginados: era sobre el sentido de la pobreza y el dolor.

El Santo Padre les dio las gracias por «la sinceridad con que han planteado sus inquietudes, que expresan en cierto modo el anhelo de todos vosotros», y pasó a dar respuestas en una homilía centrada en una certeza: «Sí, queridos amigos, Dios nos ama».

El discurso preparado de antemano por el Papa pero que no pudo leer les exhortaba con decisión a «que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad». Aunque haya dificultades, «el Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra». Pasando a un tono más confidencial, la homilía les invitaba «a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y en la Iglesia, y a perseverar en ella con alegría y fidelidad».

El Papa no pudo leerla, pero volvió al escenario para participar en la adoración del Santísimo. El encuentro más ruidoso y más mojado de Europa daba paso a un silencio sobrecogedor con todas las miradas centradas en un minúsculo círculo de color blanco enmarcado en la espléndida custodia a Enrique de Arfe. El aeródromo de Cuatro Vientos se había convertido en el mayor templo del mundo.

Después de impartir la bendición con el Santísimo, el Papa les comentó satisfecho: «Hemos vivido una aventura juntos. Firmes en la fe en Cristo habéis resistido la lluvia». A continuación les deseó «Buenas noches. Que descanséis bien. Gracias por el sacrificio que estáis haciendo. Nos vemos mañana si Dios quiere. Os espero a todos».Estaba conmovido, y orgulloso del temple de tantos chicos y chicas bajo la adversidad: «Os doy las gracias por el maravilloso ejemplo que habéis dado». Mientras el Papa se dirigía hacia su coche, unos espectaculares fuegos artificiales tomaban, en el cielo, el lugar de la lluvia.

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