Internacional

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El virus del contagio

El estancamiento y la gerontocracia facilitan la extensión de la revuelta. Pero el caso tunecino es particular

Día 16/01/2011 - 10.10h
Decenas de opositores egipcios se manifestaron ayer ante la embajada de Túnez en el Cairo para cantar un eslogan zumbón: «Ben Alí, di a Mubarak que tiene también un avión esperándole». En realidad, el fugado dictador de Túnez se encuentra, con familia y muebles, en Arabia Saudí. Pero es más aconsejable para la salud manifestarse en El Cairo que en Riad. Además, el presidente egipcio, Hosni Mubarak, es para muchos hermano de leche de Ben Alí: lleva 30 años perpetuándose en el poder, persigue a los islamistas, obtiene así el plácet de Occidente... y está tentado con pasarle el testigo a su vástago.
La caída, casi inesperada, de la longeva dictadura tunecina dispara la expectación en muchas cancillerías y el temor en no pocos gobiernos del norte de Africa y de Oriente Próximo, que sopesan el peligro de contagio de la revuelta popular tunecina. Muchos movimientos opositores de otros países del Magreb podrían verse alentados a promover revueltas populares para tratar de tumbar los regímenes autoritarios, sin necesidad de desgañitarse en las capitales occidentales para que hagan presión por su parte.
Las cuatro semanas de protestas en Túnez por el paro, la corrupción rampante y la subida de precios —con su secuela de decenas de muertos por la represión policial— han coincidido en el tiempo con protestas menos agudas en países del área como Argelia y Jordania.
El dictador argelino, Buteflika (73 años), fue más hábil y rápido que Ben Alí y resolvió las protestas populares con la decisión de bajar los precios de productos básicos. El Monarca de Jordania siguió esta semana el ejemplo. Las protestas en el reino comenzaron a principios de semana, y el miércoles Abdalá II anunciaba la bajada de los precios de la gasolina y de la cesta de la compra para desactivarlas.
¿Habrá no obstante efecto dominó entre el resto de los regímenes autoritarios árabes? Los expertos coinciden en que el único país que se salva del virus democrático que ha liberado Túnez es el Líbano. Pero tampoco es seguro que su ejemplo vaya a ser significativo. Túnez tiene unas características específicas que le convierten en poco exportable para el resto del mercado árabe.
Educación e internet
De entrada, la alta tasa de educación de los tunecinos, inédita en la región. Uno de los logros de la dictadura de Ben Alí fue la política educativa, no sólo la obligatoria sino también la superior. A la postre, la altísima tasa de paro entre los jóvenes licenciados es lo que parece haber conducido al final de la dictadura. De los poco más de diez millones de tunecinos, 4 millones son usuarios de Internet; 1,8 están en Facebook. Sólo Marruecos, y está aún lejos, puede competir con esa voracidad de apertura al mundo exterior a través de la red. Luego está el papel de la mujer, otro logro —todo hay que decirlo— de la dictadura caída. La mujer tunecina tiene, por ley y de hecho, los mismos derechos que el varón y se encuentra presente en todos los ámbitos de la sociedad.
Si no es fácil que el «modelo tunecino» de insurrección se contagie literalmente a sus países vecinos —con altas tasas de analfabetismo y un concepto patriarcal de la autoridad— sí puede ocurrir que los sátrapas magrebíes hagan correcciones en sus estilos de gobierno.
Difícil en el caso del histriónico Gadafi, pero puede ser más fácil para el astuto Buteflika, o para el aprendiz de brujo marroquí. Egipto, con unas elecciones presidenciales relativamente cercanas, es el país que puede sacar más lecciones de Túnez. Si no quiere que el movimiento islamista de los Hermanos Musulmanes acabe protagonizando un levantamiento popular con consecuencias catastróficas para las minorías egipcias y para Occidente.
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