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Una plaga de cotorras dispara las alarmas

Las administraciones acuerdan elaborar un censo de esta ave para intentar frenar su rápida expansión

Día 14/06/2010 - 13.17h
Las cotorras argentinas se han convertido en un problema. Dicen de ellas que sólo hacen dos cosas: comer o reproducirse. Teniendo en cuenta que cada ejemplar vive una media de diez a doce años y que a lo largo de su vida puede llegar a tener medio centenar de crías, resulta fácil pensar que allá por donde van se convierten en los auténticos amos. En Madrid no son una excepción. La capital comienza a hablar de plaga y, por este motivo, las administraciones han decidido ponerse manos a la obra.
El objetivo no es otro que conocer al «enemigo»: saber dónde vive y, sobre todo, cómo se le puede hacer frente para controlar su impresionante expansión. Por este motivo, un grupo de trabajo —formado por Ayuntamiento de Madrid, Comunidad, Patrimonio Nacional y la Sociedad Española de Ornitología (SEO)— comenzará a elaborar a finales de este año un censo en profundidad para cuantificar el número exacto de cotorras que sobrevuelan los cielos madrileños y, de alguna manera, intentar frenar los «destrozos» que provoca entre la flaura y fauna autóctona de la región.
Lo dice muy claro José María Cámara, miembro del departamento de salud ambiental de Madrid Salud: «La cotorra argentina necesita ser vigilada». Los primeros estudios datan la presencia de este ejemplar exótico en Madrid desde 1985. Simpáticas aves de no más de 30 centímetros, cola larga, plumaje verde brillante y azul, pico amarillento y pecho gris. Su comercio como especie exótica en cautividad fue todo un éxito. Pero todo cambió desde que a un particular le dio por soltar una pareja en un campo de golf. Desde entonces, la agradable y cómica cotorra argentina se ha convertido en una amenaza y una pesadilla para las personas que conviven cerca de sus colonias. Sus vocalizaciones, graves y estridentes, ya no hacen tanta gracia.
Todavía no existen cifras fiables sobre el número de ejemplares que hay en Madrid. Sin embargo, sí se sabe cuáles son sus zonas preferidas para anidar. En la región abunda en Pozuelo de Alarcón, Majadahonda, Boadilla del Monte, Arganda del Rey y Chinchón. En la capital se deja ver con suma facilidad en Aravaca, la Casa de Campo, el parque del Oeste, la Ciudad Universitaria y el parque ferial Juan Carlos I.
Se trata de aves que se han adaptado con una asombrosa facilidad al entorno madrileño. Optan por los climas cálidos y templados, por eso, cuando llega el invierno en la capital, suele pasar mucho tiempo encerrada en el nido. Árboles como los pinos, eucaliptos, cipreses, plataneros y enredaderas son sus favoritos para instalarlos. Necesita que sean altos y, sobre todo, fuertes, para soportar el peso de estas construcciones hechas con ramas entrelazadas.
Peligro de desprendimiento
Uno de los grandes problemas que generan estas aves es que sus «hogares» pueden llegar a tener unas dimensiones considerables, con el consiguiente peligro que eso puede suponer en caso de desprendimiento. Se han dado casos de encontrar hasta 70 cámaras —en cada una de ellas viviría una pareja— en un solo nido. En la capital, por ejemplo, ya se han visto obligados a desmontar alguno de ellos. Sin embargo, las cotorras los vuelven a construir enseguida. «Estamos hablando de aves muy laboriosas», comenta José María Cámara.
Las administraciones, según ha podido saber ABC, no descartan ninguna medida para frenar la rápida colonización de la cotorra. Ni siquiera la eliminación anual de un porcentaje de los ejemplares. La introducción de la cotorra argentina, ya sea accidental o intencionada, puede llegar a ocasionar la destrucción del entorno, la pérdida de biodiversidad, daños a la agricultura y el desplazamiento de especies autóctonas. La suelta ilegal de este «invasor» es una de las mayores amenazas para las aves de la zona.
La presencia de cotorras afecta negativamente a palomas, urracas y carracas. La introducción de esta especie en los parajes naturales se debe al escape o liberación de ejemplares mantenidos en cautividad. El comercio de cotorras es frecuente en nuestro país, que ha importado un gran número de ejemplares en los últimos años. La población cautiva de la especie puede así seguir originando nuevos núcleos de población en libertad.
Las cotorras argentinas ocupan medios urbanos, frecuentando parques, jardines y arboledas dentro de las zonas habitadas y en su periferia. Se trata de un ave altamente sociable que se caracteriza por su fácil adaptabilidad al entorno.
Odiada entre agricultores
La especie se alimenta de semillas, frutos, flores, brotes de hojas y larvas de insectos. En zonas rurales también se alimenta de semillas. Es por eso que tampoco está muy bien vista entre los agricultores. Por este motivo, las autoridades apelan a la responsabilidad de los ciudadanos para que no compren estas especies animales que luego no puedan atender. Si se sueltan, pueden provocar un grave perjuicio para el entorno. Además, se pide que, en caso de encontrarlas en estado salvaje, no se les dé de comer. Si no se alimentan no tienen fuerzas para reproducirse. Éste puede ser el primer paso para controlarlas.
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