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Woody Allen presenta su última película, «Whatever Works»
Woody Allen durante el rodaje de su última película, «Whatever Works» / SONY
Actualizado Domingo, 26-04-09 a las 20:12
Woody Allen no para y no piensa parar. Su última película, “Whatever Works”, protagonizada por Larry David y Evan Rachel Wood, acaba de presentarse en Nueva York. Haciendo un alto en su prolongado turismo cinematográfico, el genio pródigo ha vuelto a casa, a rodar en Manhattan. Esta vez cuenta la historia de un genial misántropo neoyorquino imprevisiblemente enamorado de una encantadora palurda del Sur de Estados Unidos...hasta que aparecen los padres de la palurda y la vida de todo el mundo pega un giro copernicano. Es una comedia romántica devastadora que por momentos recuerda a un Almodóvar que supiera física cuántica.
- El protagonista de esta película, Boris Yellnikoff, dice que leer el periódico por las mañanas es deprimente y que su padre se suicidó por eso.
-Yo me deprimo cuando leo el periódico por la mañana, sí. Hace años, hablando con Ingmar Bergman, me dijo que él jamás leía el periódico por la mañana, porque eso le arruinaba el día entero. Y realmente, cuando te levantas por la mañana y lees todas esas historias terribles, una detrás de otra...Tú tienes que estar en algún sitio en media hora, tus hijos berrean y tienes que llevarles a la escuela, cuando después de lo que acabas de leer el cuerpo te pide irte al aeropuerto más cercano, coger el primer vuelo a Darfur y tratar de cambiar algo. Pero lo cierto es que lo que tú puedes cambiar es muy poco, en términos prácticos. Con lo cual lo normal es quedar deprimido y enfadado para todo el día.
-Entonces, ¿a qué hora lee usted el periódico?
-Normalmente me levanto a las seis, así tengo tiempo de despejarme y de que se me pase el mal humor antes de llevar a mis hijos a la escuela. Suelo leer el periódico alrededor de las seis y media.
-¿Ha vuelto usted a Nueva York cambiado, después de tantas películas en Europa?
-Creo que ya soy demasiado viejo para que Europa me cambie. Creo que Europa me cambió cuando era joven, las primeras veces que estuve y descubrí un mundo que no eran los Estados Unidos, con sentimientos completamente distintos hacia la cultura, el arte, el estilo de vida, donde era posible almorzar lentamente y no con un embudo, como en Estados Unidos...Es una apreciación de la vida muy distinta...A veces me arrepiento de no haber tenido el coraje de mudarme a Europa por ejemplo en 1965, después de rodar en París “What’s new, Pussycat” (el debut de Woody Allen en el cine, no aún como director sino como guionista y actor). Recuerdo a dos chicas que trabajaban en la película, en vestuario, acababan de salir de la universidad y les gustó tanto París que se quedaron a vivir allí para siempre...Yo no fui capaz de hacer eso porque era demasiado convencional, poco imaginativo, y siempre lo he lamentado. Ya de mayor le he dicho a veces a mi mujer: ¿qué tal si nos mudamos a Europa? Pero ya no puede ser, mis hijos y mis amigos están aquí...A ella le gusta ir, pasar el verano en Europa, tres o cuatro meses mientras rueda la película, pero luego siempre quiere volver.
-¿Hasta qué punto Boris Yellnikoff es usted?
-Lo es un poco, sí. Se trata de una versión muy exagerada. Por ejemplo yo sí me considero pesimista pero, aunque mucha gente me considera un misántropo, yo no creo serlo.
-¿Y tierno y romántico, se considera?
-Sí, pero mucha gente prefiere pensar que soy misántropo, nihilista o incluso un cínico. Yo más bien creo que tengo una visión realista del mundo como un sitio trágico –de eso no tengo ninguna duda-, que la gente convierte en un sitio mucho peor aún, donde casi nada es ni funciona como debería... Entonces no hay que tener miedo de probar soluciones raras o poco familiares, siempre que no hagan daño a nadie, que es lo que plantea “Whatever Works”. En la película lo planteo en el marco de las relaciones románticas pero el principio también vale por ejemplo para la presidencia de Obama y sus propuestas para enderezar la economía. Algunas de esas propuestas pueden parecer muy radicales, pero si no hacen daño a nadie y funcionan...Precisamente ahora se empieza a ver una pequeñísima esperanza para la economía....Yo creo que si seguimos así a finales de año empezaremos a ver las cosas más en positivo...
-El hecho de que esta vez su protagonista no sea un neoyorquino de gustos caros y exquisitos que vive en un fabuloso apartamento del Upper East Side, sino alguien bastante más austero, con un apartamento cochambroso en el downtown, ¿es una respuesta creativa a la crisis?
-Sí, Boris rechaza totalmente la cultura dominante, voluntariamente se aparta de lo que quieren todos los demás. Rechaza la forma de vida de Estados Unidos, por no decir que rechaza la vida en general. Si se piensa despacio, intelectualmente no hay ninguna razón de peso para vivir...La vida es dolorosa, sin sentido...¿Por qué pasar por eso? Porque hay algo en tu sangre y en tu ser que inexplicablemente te empuja a preservarte, a luchar por seguir vivo.
-Y de repente llega a la vida de Boris esa chica tan “de provincias”, y detrás de ella llegan sus padres...
-Hace años que yo quería crear un personaje verdaderamente misántropo en el peor sentido, el peor hombre del mundo, que se enfrentara a la audiencia diciendo cosas como, no sé ni por qué me molesto en hablar contigo, no os aguanto en fin, un carácter tan extremo, tan neurótico y tan desagradable que resultara divertido... Y ese carácter de repente conoce a tres personas que odian todo lo que él representa: esta gente odia a los neoyorquinos, odia a los intelectuales, odia el comunismo, hasta que vienen a Nueva York y toda su vida y sus opiniones cambian. Se convierten en gente mucho más sofisticada, liberal y abierta.
-Boris empieza siendo el Pigmalión de su novia, después el de los padres de su novia...¿para acabar siendo una especie de Pigmalión nacional? ¿Es esta la respuesta de Woody Allen a la era Bush?
-Lo cierto es que Boris no intenta cambiar a nadie, él es demasiado pesimista para ni siquiera intentarlo... Encuentra a esta chica del sur tan joven, tan guapa y tan dulce, pero sin cerebro, y él realmente no tiene ninguna esperanza de que ella progrese. Pero no le importa.
-Lo cierto es que usted acaba reconciliando esas dos sensibilidades, ¿esas dos Américas?, en la película. Boris acaba aprendiendo algo también de Melody y de sus padres...el pigmalionismo es mutuo...
-Sí, esos bárbaros sólo preocupados por las pistolas y por los concursos de belleza, que encarnan lo peor de América, vienen a NYC, la ciudad del pecado, como una visita al infierno...y acaban mostrando una cara muy distinta de ellos mismos.
-En toda la película no aparece un solo ordenador, no se ven teléfonos móviles...¿es deliberado?
-Posiblemente, porque en mi vida y en mi trabajo yo no uso ordenador. No tengo correo electrónico y escribo a máquina, con la primera máquina con la que empecé a escribir, la compré cuando tenía dieciséis años y está igual que entonces.
-¿Qué máquina?
-Es una Olympia portátil. Y está como el primer día: perfecta. La puedes tirar desde lo alto del Empire State Building y no se rompe. Sí tengo un Iphone, pero sólo porque puedo meter dentro todas mis grabaciones de jazz, entonces cuando me voy fuera ya no tengo que acarrear una tonelada de discos, tengo 500 canciones metidas ahí, me pongo los auriculares y practico con mi clarinete...
-¿Ve cómo no todo en la vida carece de sentido? Por cierto, hay quien le llama a usted el verdadero alcalde de Nueva York.
- La mejor idea para Nueva York la lanzaron hace años Norman Mailer y otro escritor, el columnista Jimmy Breslin, cuando en 1969 se presentaron juntos en una candidatura a la alcaldía: que la ciudad de Nueva York se segregara del estado de Nueva York, que la ciudad fuera un estado más de los Estados Unidos. Podría ser un estado fantástico y hay gente más que suficiente. Todos seríamos mucho más felices, la calidad de vida mejoraría mucho, se podría recoger la basura más a menudo, habría mucho más dinero para todo...No más conexión con el norte del estado, donde sólo hay corrupción y estupidez, y muy poca gente, viviendo de los impuestos que pagan los habitantes de la ciudad de Nueva York.
- Sin duda es una propuesta interesante. Pero, ¿no es también un poco egoísta?
- Qué va, somos muchos más, muchos millones más, los que vivimos en la ciudad que en el resto del estado. Los beneficios se reparten injustamente.
- Sus películas son siempre un éxito en todo el mundo. Pero yo tengo la impresión de que sus películas ambientadas en Nueva York triunfan más en Europa, y que las ambientadas en Europa gustan más en Estados Unidos. La acogida de “Vicky Cristina Barcelona” ha sido especialmente cálida entre el público norteamericano. ¿Por qué será?
- No sé...A lo mejor es debido a mi paranoia, pero en Estados Unidos yo nunca tengo la sensación de una acogida cálida. Emocionalmente cálida, por lo menos. Yo una y otra vez me he sentido salvado por el público europeo. En Estados Unidos, incluso cuando una película mía funciona bien, recauda dinero y tiene buenas críticas, la gente va al cine...con menos entusiasmo.
- Por cierto, sepa que yo soy de Barcelona y no reconozco en absoluto mi ciudad en su película. Me encanta lo que cuenta usted pero no me suena de nada. ¿A los neoyorquinos les pasa lo mismo?
-Sí, es todo una idealización, en mis películas la ciudad no intenta ser real...sino maravillosa.
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