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Casiano Alguacil o el nuevo secreto de Toledo: Otro centenario en 2014

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El próximo 2014 es año de conmemoraciones en Toledo, y es que más allá de los cuatrocientos años del fallecimiento del Greco en 1614, también se cumple el primer centenario del de Casiano Alguacil Blázquez (Mazarambroz, 1832), muerto el 3 de diciembre de 1914, considerado como el gran pionero de la fotografía toledana, coetáneo del galés Charles Clifford (1819?-1863) o el francés Jean Laurent (1816-1886), el gran binomio que emergió en la corte isabelina con maravillosos documentos que aún asombran al mirar la vida española del siglo XIX a través de la fotografía.

Alguacil compartió la profesión fotográfica con su compromiso político republicano en el Ayuntamiento de Toledo entre 1868 y 1874, participando diligentemente en la comisión de teatro ocupada entonces en erigir el flamante Teatro de Rojas cuyo telón se alzó por vez primera en 1878. En las dos décadas siguientes se volcaría en su galería, el Museo Fotográfico iniciado en 1866, la edición de cartes de visite -tan de moda entonces-, reportajes y sucesivos encargos para instancias oficiales, además de algún trabajo gráfico para la prensa como recoge La Ilustración artística de Barcelona sobre las inundaciones habidas en Consuegra en 1891. Con su cuñada, Salud Hernández, una culta cicerone plurilingüe, editó guías y álbumes de vistas dirigidas a un creciente y selecto turismo que llegaba a Toledo gracias al ferrocarril, cuyo primer silbido atravesó el paseo de la Rosa en 1858, y que podía alojarse, desde 1890, en el cosmopolita Hotel Castilla, con un nivel de confort inexistente aún en el cercano Madrid.

Mientras se apagaba el siglo, alrededor de Alguacil surgían nuevos estudios como los de Ros, Rodríguez, Blanco, Compañy o la ostentosa galería de Lucas Fraile asomada a Zocodover. En la prensa la imagen ganaba presencia, siendo un paradigma Blanco y Negro desde 1891, mientras que en Toledo sería La Campana Gorda, a partir de 1892. También irrumpió entonces el fenómeno de la tarjeta postal ilustrada copada pronto por potentes empresas nacionales y extranjeras (Hauser y Menet, Fototipia Lacoste o Purger & Co entre otras muchas) que ensombrecerían las producciones locales como las de Gómez-Menor, Garcés o la Viuda e Hijos de J. Peláez. Y es que los avances en la fotografía y la tipografía llegaban de la mano de dispuestos profesionales con más medios y menos años que Alguacil, atrapado en el quehacer artesanal de sus vetustas placas de cristal.

En 1906 Alguacil fue premiado en un Concurso Regional de Fotografía Manchega, acaso como un postrero homenaje de sus amigos más fieles. Dos años después sobrevino un acuerdo municipal para otorgarle una pensión a cambio de ceder a la ciudad centenares de imágenes que conformaron un Museo artístico y fotográfico de vida efímera, pero que, a la postre, fue uno de los primeros de España. Hoy, gracias al cuidadoso trabajo del Archivo Municipal de Toledo y la mágica ventana de internet, es posible disfrutar a través de la web institucional del Ayuntamiento de aquel legado que retrata un patrimonio singular así como curiosos tipos y usos cotidianos de otras épocas.

En 1914, mientras la «gran guerra» recorría los campos de Europa los toledanos podían hacerse un traje por 30 pesetas, la vida de Alguacil se velaba en una pensión del callejón de Menores tras haber enviudado por segunda vez y falto de sus seres más cercanos. Su vida se extinguió en la «sala de distinguidos» del Hospital de la Misericordia, expirando de «senectud», como se cita en el registro hospitalario. La siguiente «distinción» de sus paisanos sería una sepultura otorgada a perpetuidad en el cementerio municipal.

En 1983, gracias al empuje de Manuel Carrero de Dios para recuperar las olvidadas fotografías de Alguacil, el Ayuntamiento propició una primera tarea de limpieza y catalogación secundada por la edición de un consultado libro (Toledo en la fotografía de Alguacil, 1832-1914) en el que además participaron Fernando Martínez Gil, los hermanos Isidro y Juan Sánchez Sánchez y quien firma este artículo. Luego siguieron conferencias, y exposiciones, aprobándose incluso, por unanimidad, el 24 enero de 1985, un acuerdo municipal para dedicarle una placa de recuerdo allí donde vivió, algo aún pendiente.

Falta más de un año para que se cumpla el I Centenario de la muerte de Casiano Alguacil, sin embargo, desde ahora mismo, correspondería propiciar algún programa público para revisar su siempre rica obra y cumplir el compromiso consistorial de 1985. Así pues, aunque la alargada sombra del Greco inunde todo el 2014, Toledo debería abrir un hueco en ese año para reconocer el inmenso alcance que ha supuesto la herencia de un humilde fotógrafo cuya obra, como la del cretense, se identifica con esta ciudad, pudiéndose reescribirse como Alguacil o el nuevo secreto de Toledo.