Así eran los Sanfermines en 1899
Fragmento del reportaje sobre «Las Fiestas de Pamplona» publicado el 8 de julio de 1899 - blanco y negro

Así eran los Sanfermines en 1899

Las «Fiestas de Pamplona» que describió la revista «Blanco y Negro» hace 115 años eran muy distintas a las actuales

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Sin Chupinazo, ni pañuelos rojos, ni peñas, ni Riau Riau ni aglomeraciones... Los Sanfermines de hace 115 años eran bien distintos a los que hoy se viven, a tenor del reportaje que el 8 de julio de 1899 aparecía publicado en las páginas de la revista «Blanco y Negro». [« Las Fiestas de Pamplona», Blanco y Negro (PDF)]

De entrada, ni siquiera se había acuñado ya el término de «Sanfermines» o de existir, su carácter era tan popular que no se consideraba propio para una publicación de la época. Eran las fiestas de San Fermín «popularísimas en toda Navarra, en la Rioja y en Aragón» entonces. Los «forasteros» de finales del siglo XIX eran los llegados «de Tudela, de Tafalla, de Olite, de los valles de Baztán y Roncal y de todos los confines, en suma, del antiguo reino». ( Ernest Hemingway no llegaría hasta 1923).

«Dos pasiones tiene el pueblo navarro y ambas se exteriorizan con rigor y relieve inusitados con motivo de las fiestas del Santo Obispo: la música y los toros», escribía L.R.V. quien citaba a Gayarre, Gaztambide y Eslava, Arrieta, Zabalza y Guelbenzu, así como a los orfeones populares y la jota navarra como prueba de «la disposición del navarro para la música».

Sarasate, alma de las fiestas

La expectación entonces era la llegada de Pablo Sarasate a Pamplona. «Sus paisanos no comprenden las fiestas de San Fermín sin la cooperación espontánea y generosa del eminente violinista, que hállese donde se halle acude puntualmente a las fiestas de su tierra». Sarasate daba tres o cuatro conciertos junto al Orfeón Pamplonés y la Sociedad de Conciertos de Santa Cecilia en el entonces llamado Teatro de Pamplona donde el público, «encasquetada la boina y en mangas de camisa», aplaudía a rabiar pidiendo a gritos la tercera y cuarta ejecución de la jota navarra.

«Estas fiestas musicales, que requieren del público una ilustración y una cultura artística no pequeñas, están siempre concurridísimas en Pamplona y son la nota indispensable del cartel de festejos», se decía en aquel reportaje que también resaltaba cómo «la fiesta de toros en Navarra no se parece a la de ninguna parte».

«El vigor intenso que comunica a la fiesta todo un pueblo poniendo su alma y su afición entera en los dramáticos episodios del ruedo no se ve más que en las plazas de toros de Tudela y Pamplona», añadía.

El encierro, «un deporte puramente navarro»

El encierro, que entonces comenzaba a las seis de la mañana, «es un deporte puramente navarro, imposible de desarraigar de las costumbres», continuaba Blanco y Negro. Nada decía, claro está del cántico a San Fermín en la cuesta de Santo Domingo, puesto que data de 1962. El escrito describía cómo «la población entera presencia el paso rápido del ganado por el camino que marcan vallas y burladeros improvisados entre la puerta Rochapea y la Plaza de Toros» y cómo «a todo correr van los aficionados, los jóvenes del pueblo como de las clases acomodadas, que en tremenda irrupción invaden el circo taurino precediendo al ganado».

La lidia de los toros «a la antigua usanza, es decir con prueba y corrida: cuatro toros por la mañana y seis por la tarde», se celebraba al día siguiente y por este «atracón de toros» el periodista decía hace más de un siglo que el público «disfruta de los toros antes de la corrida, en la corrida y después de la corrida», dando cuenta en la cena de la carne del toro.

«Va a los toros todo el mundo, los curas inclusive» y en el tendido «predominan dos colores: el azul de las boinas y el blanco de las mangas de camisa», se subrayaba en la información de «Blanco y Negro» que citaba las ganaderías de Carriquiri, Lizaso y Díaz. La costumbre de vestir de blanco y rojo no llegaría hasta los años 60 del siglo XX.

Nada decía de las peñas, ya que la primera de ellas, la Única, hizo su aparición cuatro años más tarde, en 1903, pero sí contaba cómo los toreros no tenían más remedio que empinar una y otra vez la bota que les alargaban sus admiradores «sin perjuicio de recibir poco después sobre las espaldas los restos y el cacharro de la merienda como castigo a cualquier pifia en una de las suertes, en la de varas sobre todo».

«Procesiones, fuegos artificiales, gigantes y cabezudos» completaban los festejos de Pamplona allá por 1899.