Los cuatro candidatos con el moderador del debate, Xabier Fortes - EFE / Vídeo: Sánchez: «No puede haber negación preventiva de indulto»
Elecciones Generales

Debate electoralLa pobre medida de Pedro Sánchez

Acorralado por Casado y Rivera, rechazó negar el indulto

Debate Atresmedia, horario y dónde ver el debate electoral a cuatro

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MadridActualizado:

Instantes antes del debate, dos señoras de TVE pasaban la mopa alrededor de los atriles como en una cancha de baloncesto donde los pivots sacarán los codos. Eran cuatro, todos contra todos, tres contra uno, dos contra dos, como en el pressing catch. Cada uno con su oratoria y sus argumentos y Rivera además con gráficos, fotos enmarcadas, ruptura de la cuarta pared y efectos de sonido. En el debate de hoy igual se presenta con un DJ.

Pero vayamos al asunto. Porque el debate tuvo algo histórico. Sánchez rechazó negar el indulto a los responsables del 1-0. La pregunta se la hizo Casado, la frase se la esculpió Rivera: «Lleva el indulto en la frente».

En un debate sin Vox (un debate, pues, falseado), Rivera fue el más duro y el más gráfico.

Pidió para empezar la dimisión de Rosa María Mateo y le recordó a Sánchez la tesis doctoral. Sánchez hizo lo que mejor hace: callar y siluetear su porte.

Rivera actualizó aquel «váyase» con el «Baje del Falcon, señor Sánchez» y pidió escuchar el sonido de su «silencio cómplice». Se centró además en una constante oferta antinacionalista.

Casado presumió de programa y del bagaje económico del PP (más Casado que «Cayetano», más técnico, más modesto o prudente y quizás por ello mejor que otras veces), Iglesias pidió «una oportunidad», una sola (esa puede ser la última, dirá alguien) y Sánchez ofreció eternizar los viernes sociales con «un rumbo de justicia social». Esto lo repitió: rumbo a la justicia social. A la imaginación venía el crucero de «Vacaciones en el Mar» perdido para siempre en mitad del océano.

Pero la clave estuvo en lo no dicho. Sánchez fue acorralado por Casado y Rivera cuando hablaron de él como candidato del separatismo; cual boxeador en apuros, no le quedó otro recurso que agarrarse al fantasma de la ultraderecha.

No es la economía, estúpido

«España ya no va bien». Casado citaba a Aznar (Rivera innovaba). «Me comprometo a crear dos millones de empleos» mediante «la mayor revolución fiscal de la historia».

Sánchez hablaba de pobreza infantil y Rivera cogía la bandera reformista, «ausente en la década Rajoy». Esquiva la dialéctica derecha-izquierda con la Educación y «el gobierno de los autónomos» (su España es una patria de autónomos unidos).

Iglesias reformuló su mensaje: no se trata se subir o bajar, sino de a quién. Y volvía a la ratio compresas-Íbex: bajar la higiene femenina y subirle impuestos a la banca. Reivindicó la subida de salario mínimo que se apuntaba Sánchez.

Rivera en este punto se acordó de la clase media mirando a cámara: «Si vienen (la izquierda) cójanse la cartera». Economía «bolivariana», dijo. Repartió a siniestra y a diestra. A Casado le sacó una foto de Rato, a Sánchez una de Torra. Sacaba las fotos esperando que los otros reconociesen el parentesco, pero ponían cara de no me suena.

El debate Casado-Sánchez se enzarzaba inevitablemente en las gestiones anteriores. Ecos del bipartidismo. Casado sacó el mismo gráfico que había sacado Cayetana Álvarez de Toledo. «¿Es social subir el diésel a los 17 millones de conductores que no tienen avión?». Si hubiera aquí chalecos amarillos, Casado les estaría haciendo un guiño.

Sánchez acabó poniéndose ecologista y más que empleo prometió «empleo verde».

Todos feministas

Rivera ofreció otra «revolución» (la segunda de la noche) con políticas para las familias. «Todas. Las monoparentales, las tradicionales, las LGTBi».

Iglesias seguía un patrón: leer la Constitución en cada punto. Se agarraba a ella. Esto le confería un cierto aire verosímil e institucional. Hasta cuando prometía «intervenir el mercado de la vivienda». Iglesias, Constitución en mano, nos venía a recordar lo que esta tiene de posibilidades socialistas.

Y Sánchez volvió a presumir de su gestión social de los viernes, agradeció a Iglesias el apoyo y ofreció a los españoles una especie de nirvana social si le liberan del grillete de las derechas.

Al discurso de la igualdad de Sánchez, Rivera respondió con la «igualdad territorial»; ahí Sánchez huyó y se lanzó al feminismo de cabeza. Demagogia asfixiante. «Señor Casado, dígale a los suyos que no es no». Pero Casado no es Cayetana, se calla, y saltó Rivera. «No sea carca, señor Sánchez». Casado reivindicó como suyo (del PP) el pacto para la LIVG. En este bloque cuesta enormemente saber quién es de derechas y quién es de izquierdas.

Rivera, siempre efectista, se sacó de la manga la tarjeta sanitaria única, con bandera y todo, fusionando así lo social y lo territorial. España fue una constante de Rivera. En su partido no son nacionalistas, dicen, serán entonces «ciudadanistas», y por eso su «Vamos, Ciudadanos» no suena joseantoniano sino a exhortación de monitor de spinning.

La clave

Sánchez informó: «Soy español». E hizo una especie de patriotismo social («Nuestra pasión por la igualdad») y de ahí saltó a la “unidad”, pero siempre con el apellido de la «diversidad». Su unidad es Unidad Diversa o es Unidad Plural.

Rivera reconoció que lloró en el golpe de Estado. «Me duele España». Sacó una foto de Sánchez con Torra. Parecía Harpo Marx sacando cosas de la gabardina. Pidió «independizarnos» de los que «escupen a España». Pedía una independencia para el resto del país.

El patriotismo de Iglesias eran los servicios sociales. Su Blas de Lezo es un celador. Luego habló de diálogo. Casado describió a Sánchez como el candidato de los independentistas y recordó la reunión de Pedralbes.

Sánchez habló solo de «un problema de convivencia» comprometiéndose a que no habrá ni referéndum ni independencia. Pero no negó el indulto. Y es un momento clave porque Sánchez redefine la amenaza. La minimiza. El «problema de convivencia», además, exige algo que reconcilie. Ahí coincide con Iglesias, que habla de «reconciliación». Entre el 155 de la derecha y el diálogo, Sánchez se escabulle con esa salida semántica.

Después negó el indulto preventivo, y «la negación preventiva del indulto». Es decir, se niega a negar el indulto.

Sánchez no contesta

Casado prometió unas cosas sobre inmigración y terrorismo que el PP no ha hecho en años. Efecto Vox.

Iglesias le exigió a Sánchez que se pronunciara sobre el pacto PSOE-Cs. Pero Sánchez no contestó.

Se escapó por la corrupción, pero le cortó Rivera en seco: ¿Usted va a dimitir si hay una condena por los ERE de Andalucía? Tampoco contesta. Sánchez prefiere ponerse a hablar de la «temible ultraderecha». Metió miedo con un concentrado de «fake news», pistolas y Holocausto. La tradición socialista del dóberman pero con esteroides.

Casado y Sánchez se echaban en cara la corrupción e Iglesias recordaba las cloacas del Estado, lo que volvía a dejar en mal lugar a Sánchez.

Un debate entre cuatro enseña más aristas que uno de dos. Aristas y costuras. Este debate dio la pobre medida de Pedro Sánchez.