Mireia Belmonte, en la prueba de 200 mariposa
Mireia Belmonte, en la prueba de 200 mariposa - AFP

Natación | Mundial de BudapestMireia Belmonte, campeona del mundo en 200 mariposa

La española logra uno de los pocos retos que le quedaban: el oro mundial, y lo logra en la prueba en la que es campeona olímpica

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Mireia Belmonte tenía un objetivo: ser campeona olímpica. Después de las platas de Londres 2012 se lanzó a por ello en Río 2016. Lo logró. Pero nada más terminar los Juegos pensó en que, a pesar de todos los récords, las medallas y los éxitos, no era campeona mundial en piscina larga. Y se lanzó de nuevo a por ello. Ya lo es. Ya es campeona del mundo, en su prueba favorita: 200 mariposa.

La nadadora consigue así completar un reto mayúsculo, ser campeona de todo por fin. Aunque seguro que se inventa otro para la siguiente competición. Por el momento, sabe que puede disfrutar de su oro en la prueba que la encumbró en los Juegos Olímpicos de Río 2016, y de la que ya era poseedora en los Europeos. La triple corona.

En el abrazo con Fred Vergnoux está la clave del éxito. En esa alimentación mutua de querer siempre más. Si uno se esfuerza en intensificar y aplicar las técnicas necesarias para arañar una centésima en los entrenamientos, es porque ella se lo exige, en esa búsqueda insaciable de la perfección. Manos y mirada al cielo porque por fin es campeona del mundo. Es su hambre infinita de triunfos la que dirige sus brazadas. Es su incansable capacidad de trabajo lo que la impulsa. Por el momento, cumple uno de sus objetivos, conquistado ese oro mundial que se le resistía. Por el momento, porque a Belmonte nunca se le acaban los retos. Ni la pasión. Ni el compromiso con su deporte, con la historia de la natación, donde ya es referencia.

Ayer confirmó su gran estado de forma, su progresión en estos años y en esta semana en la que comenzó con dudas y que ha pintado de plata, en 1.500, y oro en 200 mariposa. Su prueba favorita. Donde quería ganar, por encima de ídolos locales, como Katinka Hosszu o aspirantes a su trayectoria, como Franziska Hantke. Junto a ellas se lanzó al agua por la calle tres. Con la alemana a su izquierda, con la húngara desaparecida en el horizonte porque sus tiempos en las preliminares no habían sido los mejores. Tampoco los de Belmonte, con un resfriado y molestias inoportunas que despejó con contundencia a la hora donde se escriben los campeones.

«Me encontraba fatal esta mañana. Y pensaba en cómo iba a nadar por la tarde, pero sabía que a la piscina me iba a lanzar», afirmaba poco después de quitarse las gafas. Olvidado el resfriado en una carrera tremenda en la que pasó en sexta posición en el primer viraje, pero enfiló hacia el oro a partir del segundo largo.

«No sé los pases que he hecho, solo he intentado ser valiente y con un poco de reservas porque sabía que el último iba a costar», reflexionaba. Y costó porque Hantke, a su izquierda, no pagó el esfuerzo y se mantuvo bien cerquita. Y porque Hosszu, espoleada por su marido y entrenador y una grada entregada a su ídolo local, firmó una gran remontada para apretar el final. Pero, a pesar de sentir la presión de sus rivales, Belmonte agarró el oro con convicción, contundencia, garra y trece centésimas por delante de la alemana. «El último 25 me costó, pero lo bonito de estas pruebas es que todo es ajustado. No he visto nada, me iba guiando por visión periférica y veía que estaba la alemana a mi izquierda, pero a la derecha no estaba la china. Pero Hosszu estaba en la calle siete y no la podía ver». Pero sí vio su oro en cuanto tocó la pared y se giró.

Un oro que ha tallado desde hace a tiempo en esas duras jornadas de entrenamiento en altura, en el gimnasio, en la piscina, en la nieve, en las carreras, en las pesas, en su mente decidida a superar retos y agrandar su peso en la historia de la natación.

Son 43 medallas internacionales, solo en piscina larga: cuatro olímpicas, cinco mundiales y trece europeas. Además de otras 21 en piscina corta. Con esta nueva presea completa el círculo y se convierte en la tercera española en ser campeona del mundo, después de Martín López Zubero, oro en 200 espalda en 1991 y 100 espalda en 1994 , y de su referente de la infancia Nina Zhivaneskaia, oro en 50 espalda en 2003. «Era la medalla que me faltaba y ya la tengo. Gracias a mi familia, mis padres que están aquí, mis amigos y a la gente de mi equipo. Sin ellos, para empezar, no estaría aquí, y segundo, no tendría este oro». Pero casi más que sus medallas, lo que define a Belmonte es su pasión, su entrega en cada entrenamiento aunque al final del día no haya premio y sí mucho cansancio. Ese saber afrontar las dificultades y hacerse más fuerte sobre ellas, como su alergia al cloro o su lesión en los hombros que la obligó a parar y perder una oportunidad para seguir sumando estrellas en los Mundiales de Kazán en 2015. Esa hambre de seguir siendo la mejor por mucho que se acabe los adjetivos y los retos.

Una carrera perfecta, sexta en el primer viraje, pero segunda ya en el siguiente. En los últimos 100 metros la española consiguió marcar el tiempo que necesitaba para que ni Hentke ni Hosszu pudieran atrapar lo que se ha ganado desde hace años. Aunque en el último largo la tensión se presentó casi al final, porque la húngara, ídolo local, se aproximaba con fuerza, y también la alemana, a su izquierda, tenía una última reserva de energía.

Ya a buen recaudo desde ayer el oro, en su prueba fetiche, Belmonte seguro que tiene en la cabeza otros objetivos con los que seguir devorando largos. Quizá se lo transmitió a Vergnoux en ese abrazo. Todavía hoy puede apuntarse a dos finales más. Le quedan las pruebas de 800 libres, donde fue plata en Londres, y 400 estilos, en la que se colgó el bronce en Río. Y todo lo que quiera. Mireia Belmonte es insaciable.