La dura vida en los submarinos nazis de la Segunda Guerra Mundial
Tripulantes de un submarino nazi durante una incursión a la superficie

La dura vida en los submarinos nazis de la Segunda Guerra Mundial

La tripulación de estos buques rondaba el medio centenar de personasy estaba compuesta de hombres muy jóvenes, que en gran parte se presentaban voluntarios, dado el prestigio y el halo romántico que rodeaba a los submarinistas.

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Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles prohibió a Alemania poseer submarinos, pero el régimen nazi burló esa limitación y entre 1935 y mayo de 1954 llegó a construir casi 1.200 buques que causaron enormes estragos en las flotas aliadas. Sin embargo, su fragilidad era tan enorme como duras las condiciones de vida en su interior. Prueba de ello es que al menos el 70 por ciento de sus tripulantes no sobrevivieron a la contienda.

Hoy en día es difícil imaginar cómo se vivía en esos sumergibles alemanes. Por ello, un interesante artículo publicado en la web «Jot Down», ganadora del Premio del Jurado en los Premios Bitácoras 2012, revela algunos de los aspectos más curiosos del día a día en un submarino nazi.

La tripulación de estos buques rondaba el medio centenar de personas y estaba compuesta de hombres muy jóvenes, que en gran parte se presentaban voluntarios, dado el prestigio y el halo romántico que rodeaba a los submarinistas. A pesar de ello, nada más embarcar, descubrían que su rutina sería una mezcla de aburrimiento y claustrofobia, aderezada con ocasionales momentos de absoluto terror.

Una vez iniciada la expedición, el submarino debía estar a pleno rendimiento y en alerta las 24 horas del día, así que la tripulación realizaba turnos de cuatro horas, por lo que todas las camas eran usadas alternativamente por dos personas, lo que se conocía como «cama caliente». Esto, unido a la falta de distinción entre el día y la noche dentro de la embarcación, acababa alterando los ritmos horarios de los submarinistas.

Para disminuir ese efecto se procuraba respetar las horas de las comidas. El problema era que, con el paso de los días, la dieta iba deteriorándose debido al agotamiento del almacén y la constante aparición de moho debido a la humedad. Por ello, productos como la fruta o el chocolate eran usados para recompensar el esfuerzo de la tripulación, mientras que el consumo de bebidas alcohólicas solía estar prohibido.

Al vivir en un espacio cerrado, solían utilizar una buena cantidad de agua de colonia llamada «Kolibri», con la que disimular un poco la intensa atmósfera del submarino que, en ocasiones podía pasar más de una semana sumergido. Estos buques contaban con tan solo un retrete para toda la tripulación y dentro del mismo había un cuaderno en el que debía escribirse el nombre de quien lo usaba. De esa manera cuando se atascaba se conocía al culpable, que debía encargarse de desatascarlo.

Para sobrellevar una vida tan monótona y claustrofóbica, era frecuente poner música durante una hora al día. Además, estaba prohibido tener fotografías de mujeres desnudas y libros «subidos de tono», por lo que el entretenimiento en los ratos libres se limitaba a hablar con los compañeros, fumar, leer o jugar al ajedrez o a las damas.

Aunque, sin duda, los momentos más tensos eran aquellos en los que todos tenían que permanecer inmóviles y en silencio, con el submarino pegado al fondo del océano, intentando escapar del sónar de los barcos enemigos. Muchos no lo consiguieron y quedaron para siempre en lo más profundo del mar.