Juana Rivas llora desconsolada - AFP

Juana Rivas: «Trató de estrangularme. Sentí que se me iba la vida»

ABC accede al testimonio de Juana Rivas, la madre granadina que se ha dado a la fuga con sus hijos para no entregárselos a su expareja condenada por maltrato

GranadaActualizado:

Él solía insultarla, empujarla, tirarle de pelos. Y en una ocasión trató de estrangularla. El testimonio que ABC ofrece de la madre huida —con sus dos hijos— más famosa de España, Juana Rivas, es el fiel retrato de una víctima de violencia machista: tan dócil e insegura como fuerte. Solo así es posible entender su resiliencia, esa capacidad de aguante que le permitió sobreponerse al maltrato al que estuvo sometida por parte de Francesco Arcuri, el padre al que Juana se niega a entregar a sus niños.

Juana Rivas se describe como una mujer «muy trabajadora». Ella, natural del municipio granadino de Benalúa de las Villas, donde todo el mundo la aprecia con un cariño correspondido, marchó pronto a la capital de la provincia. A sus 17 años comenzó a ejercer como dependienta, primero en una lencería y después en «El Corte Inglés».

A los 23 se fue a tierras inglesas para aprender el idioma. En Londres conoció a Francesco Arcuri. Tras un año de convivencia en la ciudad británica, la pareja se trasladó a Granada, donde nació su primer hijo. Cuando éste aún no había cumplido los 3 años, ella decide poner fin a la relación —deteriorada casi desde el principio— para terminar con la «situación de maltrato» a la que estaba sometida.

Con la cara hinchada

El intento de Juana Rivas por iniciar una vida independiente se materializa con la apertura de su propio negocio, una tienda de productos ecológicos ubicada en la capital llamada «La Huerta de Pascual», en honor a su abuelo, una persona «muy especial» para ella. Durante los cuatro años que regenta el comercia, el italiano nunca termina de marcharse de su vida.

«En 2009, tras un episodio violento de tantos, una amiga me encuentra abriendo mi negocio y me ve la cara toda hinchada», relata Juana, que le contó a su confesora el porqué de sus magulladuras. La amiga le aconsejó que fuera al médico. Una vez allí, el sanitario que la atendió actuó de oficio y dio parte a la Policía por tratarse de un caso de agresión.

La primera denuncia

Los agentes esperaron a que saliera de la consulta, la montaron en el coche y la llevaron a una comisaría. «Yo tenía mucho miedo, no quería denunciar», recuerda: «Cuando vives con un maltratador, da mucho miedo dar el paso, pero se da». Juana lo dio y su denuncia permitió que Francesco Arcuri fuera condenado, de acuerdo con la sentencia 242/2009 dictada por el Juzgado de lo Penal 2 de Granada, por un delito de lesiones en el ámbito familiar, como ratificó el Juzgado de Violencia sobre la Mujer 1 ese mismo año.

La condena al italiano consistió en tres meses de prisión —donde no tuvo que ingresar— y poco más de un año de alejamiento.Una vez cumplida su pena, retomaron la relación. «Nos damos una oportunidad que sólo dura unos meses y me veo obligada a pedir ayuda para echarlo de mi domicilio», asegura Juana, que incluso llegó a cambiar la cerradura.

«Aun así, él pretendía quedarse cuando iba a ver a su hijo porque decía que tenía derecho a estar donde estaba el niño». Las negativas de Arcuri a dejar la casa familiar solían ir acompañadas de improperios: «Me agredía con frases machistas, siempre delante de nuestro hijo».

El zarpazo de la crisis económica también alcanzó a Juana Rivas, que en 2012 vendió su negocio y empezó a buscar trabajo. Con desesperación y sin prestación por desempleo, la mejor oferta laboral que recibió fue la de su expareja, que le propuso «de forma engañosa» vivir en Italia: «Me promete que ha cambiado y que me va a dar trabajo y una habitación en su casa rural».

Embarazada y aislada

Tras dos años separados, por llamadas y videoconferencias, él la convence: «Se comporta de una forma muy educada y parece que es posible ser amigos». Sin embargo, «él vuelve a ser el que era», pero en un contexto distinto: está embarazada, en una casa aislada, a 8 kilómetros del único pueblo de la isla, «donde él podía actuar a sus anchas sin testigos ni gente que ayudara».

«Pierde el control y se vuelve una fiera, éstas personas no pueden controlar sus emociones», insiste Juana Rivas: «Se volvía muy agresivo con frecuencia: me empujaba, me tiraba de los pelos, me arrastraba y en una ocasión trató de estrangularme», asegura con entereza: «Sentí que se me iba la vida, hasta el punto de que me hice mis necesidades encima».

Lo peor fue cuando, en medio de esa oscuridad paradójica, pues Juana residía en un lugar «maravilloso» tal y como ella describe, se inscribe en un curso de desarrollo personal. Ese paso para ser una mujer más segura de sí misma sacó lo peor de Francesco, que se negaba a dejarle una hora al día para que ella pudiera estudiar.

Muy celoso

«Incluso duerme en el salón para que no me conecte a Internet y poder vigilarme, odiaba que yo estudiara y que me relacionara con gente», señala: «Era muy celoso si salía sin niños incluso al supermercado y siempre me regañaba por el tiempo de duración de la compra… Es muy celoso y con esto me ha dañado mucho».

Esta situación de maltrato continuado habría provocado en Juana un pinzamiento mesentérico que le fue diagnosticado tras regresar a España con sus hijos el pasado verano. El médico le recomendó que «cambiara de vida», y eso está intentando. Según su testimonio, los vómitos han desaparecido después de tratar de «transformar» su vivencia en una experiencia que le permita «coger fuerzas» para poner punto y final a su «infierno».

A pesar de todo, Juana se compadece de él: «Me ha hecho pasar los momentos más aterradores de mi vida, es un maltratador reincidente que nunca se curó. […] Mis hijos han presenciado muchas cosas. Yo soy consciente de que él es el primer que sufre su propia dolencia y lo expresa de una forma muy violenta. […] Las víctimas de maltrato somos gente muy compasiva, y eso es lo que busca un maltratador».