Unos niños vagabundos juegan en una calle de Manila (Filipinas)
Unos niños vagabundos juegan en una calle de Manila (Filipinas) - reuters
religión

«Dios no quiere el sufrimiento de sus criaturas; mucho menos el de los niños»

El teólogo de la Universidad Pontificia Comillas Ángel Cordovilla Pérez reflexiona sobre la pregunta que le hizo la exniña filipina de la calle al Papa durante su viaje al país asiático

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Se llama Glyzelle Palomar, es filipina y tiene 12 años, fue una niña de la calle y sus lágrimas y preguntas al Papa Francisco conmovieron al Santo Padre, y al mundo entero. Glyzelle se echó a llorar mientras trataba de leer su discurso durante el encuentro del Papa con los jóvenes en la Universidad de Santo Tomás de Manila. «Hay muchos niños abandonados por sus propios padres, muchas víctimas de muchas cosas terribles, como las drogas o la prostitución. ¿Por qué Dios permite estas cosas, aunque no es culpa de los niños? Y ¿por qué tan poca gente nos viene a ayudar?», preguntó la niña entre lágrimas.

Francisco la acarició para consolarla y la niña se fundió con él en un fuerte abrazo. Después, el Papa dejó de lado el discurso que tenía preparado y dijo en español: «Ella hoy ha hecho la única pregunta que no tiene respuesta, y no le alcanzaron las palabras y tuvo que decirlas con lágrimas. Al mundo de hoy le falta llorar, lloran los marginados, lloran los que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar».

Ángel Cordovilla Pérez es doctor en teología por la Universidad Gregoriana de Roma y profesor en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas. Con toda la complejidad que implica responder a la pregunta de la pequeña Glyzelle, el doctor Cordovilla responde a ABC con un texto que reproducimos en su totalidad por su interés.

«Ante la pregunta de un niño por el sufrimiento de tantos niños inocentes víctimas de la injusticia o del infortunio la primera respuesta es el silencio respetuoso con el dolor del prójimo para así mostrar nuestra compasión y solidaridad. Este silencio respetuoso expresa a su vez una cierta incomprensibilidad del misterio del mal como un eco lejano de la incomprensibilidad del misterio de Dios y del hombre que hace que sea imposible verter del todo este acontecimiento único y singular que es el dolor en un lenguaje conceptual o en un sistema teológico y filosófico. Dicho esto. ¿La teología cristiana a la luz de la revelación de la Sagrada Escritura no puede decir algo sobre esto?

Ante todo hay que afirmar con claridad que Dios no quiere el dolor ni el sufrimiento de sus criaturas; ni mucho menos el de los niños inocentes. Él nos ha creado para la felicidad, es decir, para comunicarnos su amor y su vida en plenitud y él con su omnipotencia es el garante último de este proceso. Pero entonces, ¿por qué Dios permite que suframos? ¿Por qué permite el sufrimiento del inocente? Para responder a esta cuestión debemos pensar en la acción creadora de Dios. La creación como realidad distinta de Dios es libre y finita; así la ha querido su Creador, pues si no fuera así no podría haber una verdadera comunicación entre Dios y la criatura. Instaurada de esta manera la relación entre ambos Dios respeta la libertad de su creación, contando con los límites de ésta, e incluyendo aquí la posibilidad del mal y del pecado como origen del sufrimiento del inocente.

¿Pero no hemos dicho que Dios es omnipotente? Cuando aplicamos este atributo a Dios no hay que entenderlo como un poder arbitrario y abstracto contra la criatura y la estructura de la creación, sino más bien como un poder personal que otorga espacio a la libertad del hombre en la creación, aceptando así también la posibilidad del mal y el sufrimiento de sus criaturas. Otorgar espacio y aceptar los límites es la forma de ejercicio de la omnipotencia amorosa de Dios y el reverso desgraciado de la vocación al amor a la que Dios ha llamado a su creación.

No obstante, si Dios se ha arriesgado a realizar una creación así es porque a su vez ha decidido asumir él mismo los riesgos y las consecuencias de esta libertad y de este pecado en la persona de su Hijo (encarnación). Así, desde dentro del dolor y del sufrimiento de los hombres (cruz), lo ha querido transformar y vencer (resurrección) de forma incipiente ya en la historia y de manera definitiva en el futuro escatológico. Desde aquí los seguidores e imitadores de este Dios (cristianos) están llamados a compartir el dolor identificándose con las víctimas desde el silencio compasivo y encuentran aliento y esperanza para luchar con todas sus fuerzas para destruir las causas del mal y de la injusticia que provoca el sufrimiento de tantos inocentes.