Los incendios de Portugal se expanden fuera de control

La cifra de muertos ha subido a 64. El presidente Marcelo Rebelo de Sousa reconoce los errores en la gestión de la crisis, mientras las llamas se extienden a la misma velocidad que la indignación por la ineficacia política

Corresponsal en LisboaActualizado:

El incendio más mortífero en la historia de Portugal que ha matado a 64 personas seguía fuera de control 48 horas después y avanzaba desde el epicentro de Pedrógao Grande hasta los distritos de Coimbra o Castelo Branco. Y otros muchos se propagan al otro lado de la frontera ante la desesperación de los ciudadanos, castigados no solo por la virulencia de las llamas sino por la escandalosa falta de medios y respuestas por parte del Gobierno socialista de António Costa.

¿Cómo es posible que el país no haya aprendido la lección después del drama vivido en la isla de Madeira el pasado mes de agosto? Nadie se lo explica y el fuego sigue sin dar tregua, con la Autoridad Nacional de Protección Civil totalmente desbordada y más de un error en la gestión de la tragedia, especialmente durante las primeras horas.

Lo ha reconocido incluso el presidente de la República, el conservador Marcelo Rebelo de Sousa. «El primer puesto de mando era provisional, de emergencia. Ahora tenemos una mejor organización. Son desafíos que están en curso», declara el inquilino del Palacio de Belém.

Indignación

De norte a sur, de este a oeste. En zonas rurales, en barrios urbanos. El miedo se extiende entre la población, consciente de que el dolor de sus compatriotas puede ser el suyo cualquier día.

La moderada lluvia dio un leve respiro por momentos a los cuerpos de salvamento y bomberos, pero no sirvió de nada. Las cenizas en el aire se han convertido en parte del paisaje devastado de Pedrógao Grande. Resultado: parece de noche a las cuatro de la tarde.

El apocalipsis de la destrucción continúa impertérrito y, en esa localidad arrasada, Protección Civil admite la imposibilidad de acceder a ciertas áreas para mitigar las consecuencias y apagar las llamas. Porque hay rincones tan escarpados que ni siquiera los aviones pueden operar con normalidad. Por eso la oleada infernal no se detiene.

Para colmo, los portugueses se despertaron en pleno lunes de luto con la noticia de que un matimonio de avanzada edad perdió la vida por inhalación de humo en Lisboa. El suceso aconteció en el barrio de Benfica, no lejos del estadio del histórico equipo de fútbol. En este caso, el origen del desastre se sitúa en un cortocircuito registrado en la instalación eléctrica del domicilio.

El primer ministro no se está caracterizando precisamente por su omnipresencia para tranquilizar a la población, lo que se une a la indignación por la escasa eficacia para poner en pie un mar de críticas a lo largo y ancho de todo Portugal.

«Lo he perdido todo»

Se abren cuentas corrientes solidarias y se reciben ingentes donaciones de alimentos, pero esas iniciativas populares o institucionales apenas puedn compensar que el país carece de una estructura solvente para este tipo de catástrofes. «Esto es lo que importa, no colgarse medallas porque se ha reducido el déficit», se queja un grupo de universitarios ante las cámaras de la televisión.

Las redes sociales echan chispas en este sentido y ya circula una petición espontánea para exigir al Gobierno que apruebe una medida para poner a los reclusos a limpiar y regenerar los bosques. Porque el alto valor ecológico de determinadas zonas afectadas se ha perdido sin remisión y la gente se aflige también porque gran parte del territorio luso huele a quemado.

El mismo desgarro que produce el sufrimiento de los portugueses hiere la sensibilidad de quienes viajan a través del país y se sobrecogen con las imágenes de la desolación en forma de campos calcinados.

¿Cuántos años tardará en recuperarse el paisaje? ¿Por qué no se aprueba de forma urgente un plan de salvación que ponga la semilla para que no tarden tanto tiempo en llegar las recetas del alivio?

En Pedrógao Grande ya es demasiado tarde. El reloj del desasosiego latiga a hombres y mujeres de todas las edades. Nada extraño, por tanto, que se escuchen frases como la siguiente: «He vivido siempre en estos campos, he cultivado la huerta casi desde que nací. Ahora no me queda nada, lo he perdido todo». Palabras de un mozo resignado que añade: «Yo no soy creyente, pero aquí nos pusimos todos a rezar. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Sí, ya sé que el incendio comenzó por culpa de un rayo, pero por qué los políticos no hacen nada para paliar tanta destrucción año tras año?».

Su ira y sus quejas las comparten muchos otros ciudadanos del país vecino, hartos de promesas incumplidas y palabras vacías que no conducen a ninguna parte.