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El fantasma del IRA dispara desde el pasado

Dos ex sicarios de la banda muertos en ajustes de cuentas ponen en jaque al Gobierno norirlandés

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Parecía un espectro del pasado. Hasta que ha vuelto a salpicar las calles de Belfast de sangre y casquillos de bala. En teoría el IRA se disolvió hace diez años. Pero la muerte en mayo y agosto en sendos ajustes de cuentas de dos ex sicarios de la banda hace pensar que su estructura sigue viva. Los dos brutales asesinatos han provocado la dimisión del primer ministro unionista de Irlanda del Norte, Peter Robinson: «No puedo seguir en una coalación con gente que sigue trabajando con criminales», dijo en alusión Sinn Fein, después de que la policía interrogase a uno de sus miembros en el marco de una redada de cuatro sospechosos. Gerry Adams, el presidente del Sinn Fein, hoy un santurrón de la paz, pero del que siempre se ha sospechado que fue un prominente jefe terrorista, intenta cortar por lo sano: «Seré claro: el IRA se fue y nunca regresará». Pero creerle no es tarea sencilla.

A veces vives por un milagro. El 11 de julio de 1986, día señalado de desfiles protestantes, un soldado reservista del Ejército británico se despistó en medio de los fastos y se internó en territorio católico, donde fue secuestrado. Al día siguiente aguardaba su ejecución en un piso del norte de Belfast, con los ojos vendados, las manos atadas, descalzo, con la mandíbula rota y sin esperanza. Dos agentes del SAS, los servicios especiales de élite británicos, que simulaban hacer footing vestidos de chándal, irrumpieron en la vivienda y lo rescataron. Sus dos captores fueron detenidos.

Uno de los secuestradores se llamaba Kevin McGuigan. Un tipo pequeño, aparentemente calmo, pero capaz de súbitas y violentísimas explosiones de cólera. Lo condenaron a 12 años en la prisión de máxima seguridad de Maze, en las afueras de Belfast, donde cumplió pena junto a otros terroristas republicanos duros. En el arranque de los noventa salió libre. Poco después, el 31 de agosto de 1994, el IRA Provisional anuncia un alto el fuego. Pero quiere seguir teniendo el control de la calle, enviar recado de que todavía manda. Su estrategia consiste en crear el Grupo de Acción Directa Contra las Drogas (DAAD), un escuadrón de asesinos. Su misión: matar a jóvenes traficantes que se están enriqueciendo en las calles de Irlanda del Norte. McGuigan se integra en ese pelotón de sicarios. Junto a él ingresa un pistolero más joven, pero de más cabeza y mando, Gerard «Jock» Davison, al que ponen al frente de los pistoleros.

Entre 1995 y 2001 asesinan a media docena de traficantes. McGuigan destaca por su precisión y arrojo. En mayo de 1999, entra con gorra y bigote falso en un pub de Nerwy, cerca de la frontera con la República de Irlanda, dispara al techo para crear confusión y en el desconcierto aniquila a un trapichero de 24 años con 16 tiros. Pero McGuigan es un polvorilla. Ni sus ocho hijos ni su sentimental afición por los deportes gaélicos pueden contener su ocasional volcán interior. En una trifulca vecinal agrede a unos vecinos martillo en ristre y a uno casi lo mata. Un error grave. Resultan ser miembros de una familia republicana influyente. El IRA, que en cierto modo funciona como un ejército, con su disciplina estricta y cruda, condena al pistolero a lo que en la jerga de Belfast se llama el «six pack», la pena de seis heridas de bala en tobillos, rodillas, manos y codos. Mucho dolor y mucho hospital.

McGuigan siempre culpó a Gerard «Jock» Davison de aquel castigo, que achacó a rencillas personales contra él. Pese al paso del tiempo y sus 53 años, McGuigan seguía siendo una bomba de relojería cebada de rencor. Ni siquiera su mujer Dolores, sus ocho hijos y sus nietos, a los que adoraba, lo apartaron de la senda de la venganza. El pistolero, que a pesar de la humillación del «six pack» seguía sintiéndose un republicano, pensaba incluso que «Jock» Davison era un soplón.

En la mañana lluviosa de un martes de comienzos de mayo, «Jock» Davison, de 47 años, sale de su casa en un barrio de Belfast, su ciudad natal, rumbo a su trabajo en un centro social. Un encapuchado se acerca, le dispara cuatro tiros en la cabeza y se aleja rápidamente. Las alarmas se disparan en las estructuras subterráneas del IRA y se ordena una investigación discreta a McGuigan, dirigida por un ex jefe de la campaña de bombas de los terroristas. No es ningún secreto que el reloj de arena está en marcha. El pistolero recibe hasta tres avisos de la policía de que su vida peligra. La indagación del IRA concluye que McGuigan fue visto cerca de la casa de «Jock» Davison. El modus operandi es también el suyo: un pistolero pequeño, frío y rápido. El mando del IRA convence a los altos mandos republicanos de que sus vidas peligran con un descontrolado así suelto por las calles, pues ellos pueden ser los próximos en su lista de venganza.

El 12 de agosto McGuigan limpia su coche frente a su casa del Short Strand de Belfast, con su mujer Dolores a su lado. Dos enmascarados le disparan. Intenta huir malherido y lo rematan en el suelo con un «esto es por Jock Davison». Los tiros retumban en el Gobierno autonómico. Peter Robinson, del unionista DUP, el partido del bronco reverendo Ian Paisley, que gobierna en coalición con el Sinn Fein desde 2007, dimite junto a varios de sus ministros después de que la policía detenga a un miembro de su socio de gobierno republicano en relación al asesinato. Robinson pide incluso la suspensión de la autonomía, invocando que los acuerdos de paz de Viernes Santo de 1998 establecían el desarme de los grupos paramilitares y el fin del IRA. Pero el Gobierno de Cameron desoye su petición. La ministra de Economía, también del DUP, sigue al frente de un Ejecutivo provisional.

Gerry Adams asegura solemne que el Sinn Fein «colaborará con la justicia en la investigación de las muertes» y achaca el enojo y dimisión de Robinson a un gesto electoral de cara a los comicios. En los 40 años de plomo del Ulster, en aquella era que se denominaba eufemísticamente «Los Problemas», la sangre de Davison y McGuigan habría desatado una espiral de violencia. Hoy no se cree que ocurra. Son otros tiempos. Pero es difícil dudar que el IRA late agazapado en Belfast. La auténtica duda es otra: ¿Hasta qué altura de la moqueta republicana llega su cadena de mando?