Un tanque iraquí destruido junto a una refinería, en una imagen de la guerra de 1991
Un tanque iraquí destruido junto a una refinería, en una imagen de la guerra de 1991 - ap

Irak, la guerra de nunca acabar de los Estados Unidos

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Una vez más, los Estados Unidos vuelven a combatir en Irak. Después de que el Pentágono diera por completada la retirada de sus tropas del país de los dos ríos en diciembre de 2011, el incontenible avance de los fanáticos del Estado Islámico y la incapacidad del primer ministro Al Maliki de mantener el orden han obligado a Obama a emprender una nueva intervención militar para evitar que un país que se ha cobrado la vida de miles de militares norteamericanos en los últimos años salte en pedazos.

Los ataques aéreos aprobados ayer por el presidente y que hoy han empezado a llevarse a cabo constituyen solo un nuevo episodio en una larga lista de aventuras militares norteamericanas en un estado clave por los recursos energéticos que alberga y por su papel en el equilibrio de una región vital para los intereses norteamericanos.

La primera de las guerras del Golfo comenzó en 1991, cuando el presidente George Bush padre puso en marcha la operación Tormenta del Desierto. Sadam Hussein había invadido el vecino Kuwait y las tropas mandadas por los generales Norman Schwarzkopf y Colin Powell, apoyadas por una coalición de 34 países, tardaron apenas unas semanas en desarbolar al Ejército iraquí y expulsarlo del territorio kuwaití.

Tras la victoria aliada, la ONU impuso un embargo sobre el régimen de Hussein, que sobrevivió como dictador iraquí y se convirtió entonces en la bestia negra de los norteamericanos. El fin de la Primera Guerra del Golfo no supuso que terminaran las intervenciones militares occidentales en suelo iraquí y en 1992 y 1993 aviones estadounidenses y británicos lanzaron ataques aéreos contra objetivos selectivos.

Las bombas estadounidenses volvieron a golpear Irak en 1998. El entonces inquilino de la Casa Blanca, Bill Clinton, acosado a nivel doméstico por el escándalo Lewinsky, ordenó una nueva tanda de ataques que muchos observadores interpretaron como un intento de desviar la atención de sus apuros internos.

Sin alternativas para Obama

Pero la caída de aquel al que George Bush padre definió como el «brutal dictador de Bagdad» no llegaría hasta el año 2003, cuando George Bush hijo acusó a Sadam de poseer armas de destrucción masiva y de apoyar el terrorismo internacional. Poco después puso en marcha una invasión de Irak que tenía como objetivo declarado derrocarlo. En un mundo todavía bajo el impacto de los ataques del 11-S, Bush hizo oídos sordos a las masivas movilizaciones contra la guerra que surgieron en numerosos países del mundo y, con el apoyo de los Gobiernos británico y español entre otros, pero también con el rechazo de potencias de peso como Francia o Alemania, declaró una guerra que daría oficialmente por terminada en mayo de 2003.

La historia de los once años que han pasado desde aquello demuestra que a pesar de todas sus intervenciones, los Estados Unidos no han logrado el gran objetivo de estabilizar el país. Ahora, la barbarie del Estado Islámico y la ineptitud sectaria del Gobierno de Nuri al Maliki han obligado a Obama a embarcarse en una nueva operación militar que no quería ver ni en pintura. La alarmante evolución de los acontecimientos, con el EI comiéndole terreno a los kurdos, masacrando a las minorías religiosas del país y cada vez más cerca de Bagdad, no le han dejado alternativa al presidente.