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«En educación ya está bien de ser "progres" con los pobres»

Día 27/01/2014 - 16.01h
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El filósofo Gregorio Luri pone en duda los resultados de las inteligencias múltiples de Howard Gardner

«En educación ya está bien de ser "progres" con los pobres»

El libro «Mejor educados» tiene una génesis curiosa. Gregrorio Luri no tenía intención de escribirlo y, sin embargo, el borrador fue surgiendo de manera natural de las conferencias que este filósofo ha impartido a asociaciones de padres en los últimos años. En él, no trata de decir a los padres lo que tienen que hacer, ni de aconsejarles o aleccionarles. Al contrario, con buen humor y un punto de ironía pretende invitar a la reflexión sobre el arte de la educación, desde los pequeños hábitos hasta los principios morales.

—Los padres de hoy... continúe la frase, por favor.

—Tienen que recuperar el sentido común. Se creen mucho más listos de lo que fueron sus progenitores, pero necesitan un terapeuta para educar a sus hijos. Ser padre hoy se ha convertido en extremadamente complicado, es una cruz terrible. ¿Por qué? A los niños hoy no los trae la cigüeña, sino un hueco en la agenda. Antes te las apañabas como podías. Y si tenías algún contratiempo no le dabas tanta importancia. Hoy si no controlas a los amigos de tus hijos, te da un soponcio. Pero al educar debemos tener presente, como primera premisa, que siempre hay un elemento que no se puede controlar. Ahora, al ser los hijos programados, sentimos una responsabilidad tremenda. El segundo mal es, quizás, que las madres han salido de casa, y los padres no han entrado, ni están ni se les espera. Y el tercer problema es que han desaparecido los ámbitos donde los niños vivían su infancia. Ya no pueden ni salir a la calle a jugar a la pelota solos, porque necesitan tener un guardián, lo que convierte a los padres en dinamizadores del tiempo libro de nuestros hijos. Frente a esta neurosis, yo recomiendo la tranquilidad, el humor, la ironía... porque por muy neuróticos que nos pongamos no lo vamos a hacer mejor.

—Usted dice su obra que se aprende más de lo que se vive en familia que en el colegio.

—El órgano de aprendizaje no está en el oído, está en la vista. Así pues, vamos a darle un modelo de conducta irónico, tranquilo... Los padres de hoy se sienten culpables, y esa inseguridad ante la práctica se la transmiten a sus hijos. No nos pidamos tanto como padres, vamos a relajarnos, sin sobrecargar nuestra neurosis de culpa. Y mucho cuidado con creernos más listos que nadie, porque así nos vemos en la obligación de descubrir Mediterráneos. Tenemos que dar ejemplos a nuestros hijos. Ante esos padres absolutamente pendientes de la pantalla del móvil los hijos deberían decir: «No me faltes el respeto con un ausente que te está diciendo tonterías». Si actúas así, ya les puedes decir que se relacionen de tal manera con las pantallas... Eso es un mal ejemplo. Pero para educar con nuestro comportamiento es importante tener convicciones. El regalo más importante que les podemos dar es educar en la coherencia.

—Durante los años escolares... ¿Cuáles serían nuestras principales obligaciones como padres?

—Que los niños estén bien alimentados y bien dormidos. Comencemos por ahí. Esto no forma parte de lo que hay que negociar con los hijos. No lo puedes mandar a la cama un día a las 9, otro a las 9.30 y otro a las 10. No puedes estar negociando con tus convicciones. Otra obligación sería querer a tus hijos, y que estos lo sepan, porque así las normas las vivirán como una manifestación de tu cariño. Hablar con ellos, escucharles..

—¿Y a partir de la adolescencia?

—Primero habría que determinar cuando comienza la adolescencia, lo cual es un debate muy interesante. Pero es verdad que a partir de cierto momento, cuando las decisiones ya son suyas, que se «juegan» su vida. No te queda más remedio que confiar. Y recordarles que ser libre es ser imputable. Por eso hay que dar ejemplo... sobre todo.

—Usted en su libro pone de ejemplo la familia de los Simpson. ¿Por qué deberíamos mirarnos en estos dibujos animados?

—Tenemos mucho que aprender de esta serie. Hagan lo que hagan, cada capítulo comienza de cero, sin agravios pasados. Eso, en familia, debería ser sagrado.

—Para usted, la familia es un «chollo psicológico». ¿Siempre?

—Siempre, aunque esta sea mediocre, es mejor tenerla que no tenerla. Te van a querer seas como seas, por el mero hecho de ser hijo. En la sociedad te querrán más o menos según como te desenvuelvas. La familia es una especie de albergue contra las inclemencias del tiempo.

—En «Mejor educados» usted reniega de la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner.

—Me fascina que una teoría como la de las inteligencias múltiples sea tan poco respetada por los neurólogos y tenga tanto éxito entre los pedagogos. ¡Si hasta le hemos dado a Gardner un Príncipe de Asturias! Pienso que hay que tener mucho cuidado con esta teoría, o con lo que promulga Sir Ken Robinson. Sólo porque sean innovadoras no significa que vayan a tener resultados. La innovación es simplemente una etiqueta. Soy consciente de que la escuela es un sistema imperfecto y frágil, que no acaba nunca de estar satisfecha consigo misma, pero de ahí a criticar lo que hay y proponer una alternativa ideal sin comprobar.... Lo que ocurre es que criticar a la escuela es de «buen tono». Pero si un niño pertenece a una familia sofisticada, podrá ir a esa escuela constructivista (donde haya que construir su aprendizaje, el sujeto sea autónomo...). En cambio el niño pobre necesitará conocimientos para tener herramientas con las que construir su conocimiento. Ya está bien de jugar a progres con los pobres.

—Dice usted que la escuela favorece siempre al que más tiene. ¿Qué hacemos con el resto?

—Es complicado, porque en la sociedad del conocimiento cada vez se amplía más la brecha entre unos y otros. Pero a los niños que necesitan más, hay que dedicarles más tiempo. A los niños pobres no les podemos dar pena, sino recursos. Aquí nos hemos inventarse el fantasma de la equidad para evitar el fracaso, cuando hay que decirle a los niños pobres que si quieren salir de su situación, lo que tienen que hacer es hincar los codos, ampliar su vocabulario, seguir una enseñanza lineal y programada, con orden. Necesitan ser dirigidos para ser autónomos.

—¿Cuál diría que es el gran fallo de la escuela española?

—En la escuela española se produce el siguiente fenómeno: La gente se evalúa a sí misma de acuerdo con la altura de sus ideas, con lo cual proponiéndose ideas utópicas siempre se obtiene un diez. Sin embargo, se obvía la bajeza de los resultados. Con que comprendiesen lo que leen me conformaría, pero no hay más que ver el lugar que ocupa España en el informe PISA. Queremos que nuestros niños desarrollen las inteligencias múltiples de Gardner sin apenas saber leer o sin comprender lo leído. A mí me suelen criticar por «resultista». En la escuela se pasan muchos años... en algunos casos, aprendiendo mucho sobre la paz, el ecologismo, como no ser sexista... y poco sobre matemática y lengua. Lo anterior son montones de retórica. Tengamos el valor de mirarnos en los resultados. ¿Por qué demonios tiene que ser tan complicado saber cuál es la mejor escuela de España? Los padres deberían saberlo, pero nunca te hablan de resultados, te hablan de valores. Y Y una escuela que tiene malos resultados no debería seguir abierta ni un día más. Tiene que haber exigencia, no seamos hipócritas. Lo que ocurre es que aquí todo lo que suene a excelencia nos da alergia.

—Ponga un ejemplo de país donde lo consiguen.

—Ahí tenemos el ejemplo de Finlandia. No hay reuniones de padres en las escuelas. Cuando un niño presenta un problema, tienes a los profesores perfectamente capacitados para detectarlo antes de que ocurra. Se reune el claustro para ver que pueden hacer con el niño, y luego lo hablan con el niño, ¡no con los padres!. En Finlandia también hay niños gamberros, pero progresan porque están en un clima de trabajo y criterio, con especialistas de la instrucción. Aquí en cambio los profesores se pansan media vida poniendo orden en su clase.

—También critica las escuelas que abogan por la felicidad de los niños.

—¿Queremos una escuela de niños felices? Vamos a ver... Digamos que soy más partidario de saber desenvolverse en la vida, sumar, restar... aprender a resolver las frustraciones con las que nos vamos encontrando... en lugar de saber gestionar una felicidad que nunca tienes.

—¿Qué tiene que decir sobre la parte que les toca a los políticos?

—Es increíble que no seamos capaces de consensuar una ley de educación. De hecho, parece que todas las leyes están hechas para fastidiar al que hizo la anterior, incluso con una cierta voluntad revanchista. A mi juicio, el PP desaprovechó la mano que le tendió el anterior ministro socialista de Educación para llegar a un consenso. Creo que tenían demasiado claro que iban a ganar las elecciones. Este tipo de cosas es para mí lo más triste.

—Uno de sus capítulos más controvertidos del libro es en el que usted afirma que es un error ser «progre» a la hora de educar.

—Cuando el maestro es muy «progre»... la autoridad la asume el matón del patio. Y cuando los padres son «progres», los niños crecen con el sentimiento de que todo el mundo menos ellos tiene la culpa. Disciplinarse es disciplinarse, y a seguir ciertas normas de conducta y convenciones sociales se aprende en familia. La clave, además, es que todas estas cosas hacen la vida más fácil. Si eres metódico, trabajador... Te invitarán a más casas, te tratarán mejor en el trabajo...

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