Cultura - Libros

Derek Walcott, como el faro en la isla

La muerte del Nobel de Literatura de 1992 deja a la lengua inglesa sin el más profundo, mestizo y caribeño de sus creadores

Derek Wlcott en Asturias, durante una visita, en 2006
Derek Wlcott en Asturias, durante una visita, en 2006 - ABC

La muerte a los 87 años Derek Walcott (23 de enero de 1930 - 17 de marzo de 2017), premio Nobel de Literatura en 1992, nos deja sin el gran poeta insular y, más exactamente, «un escritor caribeño», como él mismo se definió, dotado de una mirada panóptica circular y concéntrica como la luz de un faro, capaz de adentrarse tanto en el espacio como en el tiempo de una manera histórica, narrativa, dramática y lírica a la vez.

Crítico con lo que llama la «perspectiva decimonónica» del Imperio Británico y su talasocracia sobre las que, sin demonizarlas, ironizó en versos que recuerdan al Lorca de «Poeta en Nueva York», se sumergió en la cultura occidental hasta empaparse de ella: de «la luz corteza de limón de Vermeer», del «contorno oxidado» de Ruysdael y de las naturalezas muertas de los pintores flamencos, en los que -como dice un verso suyo- «hasta la muerte es otra superficie».

La pintura le proveyó de un sistema referencial que asumió como propio y sobre el que articuló una de las más brillantes formas de su dicción: la que a partir del color carmín de un cuadro de Chardin le conduce a los sangrientos campos de batalla del Somme y de Verdún en la Primera Guerra Mundial; la que le lleva a enlazar a Gauguin con Watteau en un mismo «impulso hacia el crepúsculo»; la que le obliga a releer la Grecia Clásica de modo muy distinto a Hölderlin y al idealismo romántico alemán; o la que moralmente le obliga a tematizar los micronacionalismos contemporáneos.

La emigración

Walcott fue un poeta de muy amplio espectro, que supo focalizar no pocas de las disfunciones del cada vez más imperfecto sistema que rige nuestro tiempo y que, mucho antes que otros que luego se sumaron a ello, trató en sus poemas cuestiones acuciantes como la emigración, poetizando -como un nuevo Homero, y conviene recordar que Homero fue siempre uno de sus grandes inspiradores y su fuente tal vez más recurrente- «un remo roto» y «la escansión del mar».

Creador de brillantes hallazgos expresivos y fiel a su concepto del libro secuencial, regido por el curso de sus unidades, fue evolucionando desde su inicial hermetismo hacia un humanismo cada vez más comprometido con el mundo y la realidad. En su reactualización de la elegía -lo que él definía como «the standard elegiac» y a la que llegó como consecuencia de la muerte de su madre- añadió al género renacentista una coloratura y un fraseo postmodernos, unidos a símiles, catálogos y enumeraciones de claro cuño homérico, demostrando una consciencia y conciencia del género literario y de sus tópicos muy poco frecuentes en un escritor de hoy. Lo que le permitió conjugar culturalismo y metapoesía, haciendo de ambos más un modo de comunicación que de conocimiento.

La lengua fue para él un objeto de continua reflexión y dedicó parte de su escritura a ello y a otro íntimamente relacionado con él: la naturaleza y ser de la ficción. Lo que explica la imbricación en su escritura de relato y poesía, así como que se sirviera de la épica y de la narratividad.

Elogiado por Robert Graves, que supo apreciar desde muy pronto las peculiaridades de su lengua, y por Brodsky, junto con el cual y con Seamus Heaney, formó una especie de triunvirato, Walcott fue también ensayista y dramaturgo, dos facetas suyas menos conocidas entre nosotros, pero igualmente dignas de atención y que, junto con su obra poética, le hicieron merecedor del Premio Nobel de 1992.

Toda la actualidad en portada

comentarios