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Cine / LUTO EN EL CINE, EL GUIÓN y las letras

Fallece José Luis Borau a los 83 años

El académico, cineasta -premio Goya- y maestro de guionistas ha muerto en Madrid a causa de una larga enfermedad. Era una persona admirable, comprometida siempre con la libertad. Sus manos blancas contra el terrorismo es de las imágenes de toda una vida. Él sí que se atrevió a condenar a ETA y al terrorismo

Día 23/11/2012 - 21.48h

El cineasta Jose Luis Borau ha fallecido a los 83 años de edad en Madrid, confirmaron a este diario fuentes de la Real Academia Española, de la que era miembro. Su entierro tendrá lugar este sábado día 24, a las 14 horas, en la Sacramental de San Justo, en Madrid. Borau ocupaba la silla B de la RAE desde noviembre de 2008 y la bandera de la institución ondeará a media asta en su memoria. La salud de un grande del cine como José Luis Borau se había debilitado mucho durante los últimos meses, debido al cáncer de garganta que sufría, lo que motivó que tuviera que efectuar periódicos ingresos en el centro hospitalario.

Se marcha un hombre libre e independiente, un paladín de la libertad de expresión, que permanecerá en la memoria colectiva de todos con una imagen imborrable, impecable, valiente. Él sí que se atrevió a condenar a ETA y al terrorismo, a mostrar su total rechazo. Rememoremos. Gran gala del cine español. Noche del 31 de enero de 1998. José Luis Borau, presidente de la Academia de Cine, vestido de gala se encamina hacia el escenario, sube y muestra a todo el mundo sus manos pintadas de blanco como condena al asesinato del concejal sevillano del PP Alberto Jiménez Becerril y de su esposa por la banda criminal ETA. Fue una de las imágenes de su vida.

La coherencia de su libertad no la cercenó ni la censura franquista. Los prebostes de la cosa querían atizar con cuarenta tijeretazos una de sus grandes realizaciones cinematográficas, «Furtivos». Y Borau se negó. No dejó que le pisotearan, y aquella cinta dramática arrasó con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.

Uno de los nuestros, maestro de guionistas y de directores, escritor, de novela y de relatos, ensayista, José Luis Borau se enorgullecía de las películas que había leído y de los libros que había visto. Hijo único y tardío, José Luis Borau nació en el seno de una familia de clase media en Zaragoza el 8 de agosto de 1929. Y como escribe Bernardo Sánchez Salas en el libro «José Luis Borau. La vida no da para más» (Colección Lumière de la editorial Pigmalión, que dirige Basilio Rodríguez Cañada), presentado el miércoles, la última y personal aproximación al gran cineasta, «El demonio es un pobre diablo» es la única película en la que –recordaba Borau– se reunía la terna que lo acompañó virtualmente a lo largo de su infancia: Bartholomew, Mickey Rooney y Jackie Cooper.

«En los años de infancia y adolescencia, -rememora Sánchez Salas- entre la máquina de la mecedora diurna y el desvelo de la cama nocturna, el futuro cineasta y profesor de cineastas fue curtiéndose en la planificación y en el montaje. El cine suponía recordar el cine. Intensamente. Con precisión. Con concentración baturra.Y ser capaz, luego, de contar cómo era la película, plano a plano. Borau, de chaval, era el equivalente de los «hombres-libro» de Fahrenheit 451».

Leer cine, beber libros

Entusiasmado con los personajes de Guillermo Brown y la Celia, de Martín Gaite, José Luis Borau devora las novelas del detective creado por Conan Doyle, Sherlock Holmes, y aún más la serie de películas con Basil Rathbone y Nigel Bruce. Beber libros, leer cine. Y escribirá: «La imagen de dos hombres marchando a la par, incluso si sólo lo hacen a través de las ideas, sin moverse del habitat común, remite poco menos que inevitablemente al recuerdo de don Quijote y Sancho, como ya ocurriera antes en el campo literario, sobre todo si uno de ellos venía a encarnar el ideal, y el otro, la mera Realidad. Baste recordar (…) a Sherlock Holmes y su amigo el doctor Watson».

Los relatos y los guiones de José Luis Borau, como sostiene Sánchez Salas, mantienen una vinculación temática íntima. La infancia, la familia, la memoria, la amargura, el sexo, Norteamérica, lo fronterizo, la provincia, la muerte, la culpa, la Navidad… aparecen al fondo de los dos espejos. Dotado de una curiosidad innata, confiesa Borau que lo más extravagante que hizo en su vida fue «un viaje de quince días de duración, en Greyhound, desde Nueva York a Los Angeles, para escribir la segunda parte de un libro, parándome dónde me apetecía: en Colorado para ver el Grand Cannyon o en Alburquerque, para pasar un catarro. El libro era Segundo viaje con Irene, una especie de road novel remotamente inspirada en el viaje que hicieron Ignacio y Josefina Aldecoa a Nueva York, aquél en el que se encontraron a Greta Garbo».

Licenciado en Derecho por imperativos familiares, su amor al cine lo trasladó a la crítica cinematográfica, que ejerció en «Heraldo de Aragón». Se traslada a Madrid y se inscribe en la Escuela Oficial de Cine, pero para poder comer y respirar aquel aire de hambre trabajó como funcionario del Instituto Nacional de la Vivienda. Trabaja en la agencia de publicidad «Clarín».

Alumno aventajado en la escuela de la vida y de cine en los años sesenta, en la mente del maestro Borau se suceden ideas, proyectos, lecturas, guiones y películas. Quería hacer las películas que le gustaría vivir. Y así llegarían una serie de obras magistrales desde esa década sesentera, cuando Madrid era un Imperio Bronston en el que convivieron Ava Gardner, David Niven, Charlton Heston, Sophia Loren, sir Alec Guiness, John Wayne, Henry Hathaway, Anthony Mann, David Lean, Nicholas Ray -que montó un bar, el Nick's, en la calle Cartagena, esquina Avenida de América... Y emerge el poderoso talento de Borau, en su dimensión de director, de productor, de intérprete, de actor, de guionista, en películas irrepetibles: «En el río», «Brandy» -su primer largometraje, un western, de 1964, por el que el Círculo de Escritores Cinematográficos le consideró el Mejor Director Novel-, «Crimen de doble filo», «Mi querida señorita» -magistral guión-, «Hay que matar a B.», «Furtivos», «La Sabina», «Río abajo», «Tata mía», «Niño nadie», «Leo» -con la que obtuvo el Goya a la mejor dirección...-

José Luis Borau se enorgullecía al contarnos, cuando su cadera estaba forrada en titanio, tras una caída, que quiso darle un jornal a Orson Welles en «Río abajo», pero un puñado de dólares lo impidió. «Era para sustituir a Fernando Rey, que iba a interpretar a un gabacho. Se me ocurrió, en homenaje a «Sed de mal» -una película en la frontera- darle trabajo a Orson. Le llamé, sabía que estaba muy necesitado de dinero, pero todos los asuntos de él los llevaba el Príncipe Tasca, que era un yugoslavo de cuidado. A Tasca le explicamos que queríamos que Orson interpretara a una especie de mafioso. «¿Tienen ustedes 15.000 dólares?», nos pidió Tasca. «Si tienen ustedes esa cantidad haremos la película, sin leer el guión», insistió. Yo notenía ni cien dólares. Y por eso no pude dirigir a Orson, y sí Sam Jaffe, que actuó».

Fue presidente de la Junta de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) tras dirigir la Academia de Cine. Por su «amor al arte» se rompió la cadera. Sucedió así. Iba a una reunión del Patronato del Reina Sofía y tropezó en un baño. Cayó al suelo y empezó a gritar. Aparecieron dos vigilantes: «¡No se mueva!»... Borau no se movió, y vivió durante un tiempo en la segunda planta de su Fundación -que mima como el gran guión de su vida-, del sillón a la cama y de la cama al sillón».

Innúmeras distinciones

Premio Nacional de Cinematografía, académico de Bellas Artes y de la Española, fundó y presidió la Fundación Borau, doctor honoris causa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.. Su ingente labor como director, guionista, productor, crítico y profesor cinematográfico, así como su obra literaria, han sido reconocidas con numerosas distinciones: Concha de Oro del Festival de Cine de San Sebastián por Furtivos (1975); Oso de Plata de Berlín por Camada negra (1977); Premio Luis Buñuel por Furtivos (1980); Medalla de Oro de las Bellas Artes (1988); Medalla de Oro del Festival de Nueva York (1994); el mencionado Goya al mejor director por Leo (2000); Medalla de Oro de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (2000); Premio Nacional de Cinematografía (2002); Premio Tigre Juan de narrativa (2003); Mención Especial Espiello (2009); Premio de las Letras Aragonesas y Premio de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo a la Cinematografía (2010).

El Director de la RAE, José Manuel Blecua, también aragonés como Borau, expresaba a ABC la condolencia y el pesar de los académicos por el fallecimiento de su compañero de corporación. El propio Blecua anunciaba ayer mismo la creación de un premio de guiones cinematográficos que llevará el nombre de José Luis Borau y que a partir de 2013 destacará el mejor trabajo anual de autores españoles y americanos en lengua española.

Palabras de cine y de Azcona

En los últimos años de su vida, José Luis Borau se pasó las noches y los días de claro en claro cazando al vuelo el lenguaje de cine que guioniza nuestra existencia. En «Palabra de cine» (Península), ha arrancado frases de periódicos (numerosísimas de ABC), novelas, poemarios, ensayos... Cuando ingresó en la Academia expuso al entonces director, Víctor García de la Concha, que tenía un libro sobre el cine en nuestro lenguaje. «¡Ideal para tu discurso de ingreso!, me dijo. Lo tenía escrito, y cobrado, pero no publicado. Hice el discurso sobre ese tema y dejé pasar dos años para que vea la luz el libro», confiaba a ABC. Genio y figura.

La parte contratante de la primera parte... de Borau impartió justicia poética y le dio al César lo que era del César: y así revelaba que muchísimas de las geniales sentencias de los hermanos Marx fueron traducidas y recompuestas por Miguel Mihura. «Los diálogos de «Una noche en la ópera» los puso Miguel Mihura en español. Por ejemplo, «la parte contratante..., galimatías y caricatura obligada de los requilorios legales inútiles». Habría que decir que «los hermanos Marx eran Groucho, Chico, Harpo, Zeppo... y Miguel Mihura, que era más divertido que los hermanos Marx», zanjaba el gran Borau.

Y un guiño más que detalla la grandeza de su inmenso corazón. Antes de ser elegido académico, José Luis Borau propuso a Fernando Lázaro Carreter que la Academia debería tener un guionista entre sus miembros, y que ese guionista no podía ser otro que Rafael Azcona, el maestro de todos. Pero con su don inalcanzable de la humildad y de la bonhomía rechazó la propuesta y el sillón lo ocupó otro titán: Fernando Fernán-Gómez.

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