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Adiós a las rabietas

Día 04/08/2012 - 01.53h
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Los expertos recomiendan no ceder ante los caprichos de los hijos y, con calma, enseñarles a tolerar las frustraciones

Adiós a las rabietas

Casi todos los padres han sufrido una «pataleta» infantil de sus hijos en un lugar público. De hecho, la imagen del niño tirado en el suelo pidiendo a gritos que le compren algo y la madre o el padre avergonzados suele ser habitual en los comercios. Pero que no cunda el pánico. Según todos los expertos consultados, las rabietas son un fenómeno normal en un determinado estadio evolutivo del niño (alrededor de los dos o tres años), y deberían ir remitiendo a medida que el niño se hace mayor para desaparecer completamente hacia los cinco o seis años de edad. Durante estas típicas reacciones infantiles, explica Sergi Banús, psicoterapeuta de www.psicodiagnosis.com, los niños muestran su desacuerdo o enfado con alguna situación concreta y normalmente, durante la interacción con algún adulto significante en su vida. Leáse padres, abuelos... : «Los pequeños saben discriminar muy bien con quien pueden montar estos numeritos y con quien no».
Los motivos que hay detrás son muy diversos. Según explica Isabelle Filliozat, autora del libro «No más rabietas», de Ediciones Oniro, esta reacción se desencadena cuando el sistema nervioso del niño está sobrecargado. «Es su forma de liberar las tensiones acumuladas. Es lo que los anglófonos han denominado, de forma evocadora, tantrum. El adulto solicita al niño que se tranquilice, pero esta crisis es su manera de sosegarse». A su juicio, un supermercado, escenario típico de rabietas, satura rápidamente las capacidades de un pequeño. «Hay excesivos colores, objetos, sonidos, además de las tensiones que flotan en el ambiente, la irritación del adulto e, incluso, la inactividad del pequeño que ha permanecido durante horas sentado en el carro», escenifica. «Mientras el cerebro del niño recibe miles de estímulos sensoriales, éste no tiene nada que hacer. El niño intenta tranquilizarse, buscar algún punto de referencia, una oportunidad para centrase en algo... Pedir caramelos es un intento de recobrar el control frente al exceso de estímulos», dice.

El error se produce cuando se satisface al pequeño, que sabe que tener rabietas supone una formá rápida y eficaz para alcanzar sus deseos o caprichos. «Los padres saben que cediendo éste se calma rápidamente y que además si les complacen se evitan por la vía rápida el bochorno de la pataleta, especialmente si se produce en un lugar público. Evidentemente a la larga, este tipo de actuación por parte de los padres solo consigue perpetuar el problema», continua la psicóloga psicoterapeuta Marina Martín-Artajo. «Generalmente el manejo suele consistir en empatizar con el niño (algo así como: vaya, Juanito, que enfadado te veo), y en no acceder a sus deseos en plena irracionalidad de la pataleta. Los padres tenemos que ayudar a nuestros hijos a tolerar las frustraciones, a saber aplazar el principio del placer, a tolerar la realidad (ahora no puedes tomarte estas chuches, esperamos a después de comer, por ejemplo)», explica. Filliozat recomienda prevenir la aparición de la rabieta encomendando al niño una tarea, —en la medida de sus posibilidades claro—, para ayudarle a centrar su atención.

Cómo tratarlas

Es verdad que en un entorno novedoso o rico en estímulos como puedan ser estaciones de tren, calles comerciales, celebraciones o fiestas familiares, continúa Martín-Artajo, se hace más difícil la gestión. «Pero no es recomendable en absoluto terminar cediendo por no escucharles más o por la verguenza del momento, porque de esta manera el niño aprende que cuanto más alto y fuerte grite, mejor», insiste esta profesional. En esta misma línea se expresa Banús, para quien el comportamiento de los padres reforzará o corregirá al niño.

«Hay que dejarle claro al niño que su comportamiento ha decepcionado. Esto consiste en un juego de equilibrios. Si me lo pides mal, pierdes. Si lo haces bien, tendrás lo que quieres», explica. Lo principal pues, es no ceder y mantener la calma. «Cuando corregimos y marcamos un correctivo a un pequeño, es crucial que nos mostremos tranquilos y que no chillemos. Lo verbal tiene que ser coherente con lo físico. Un niño de tres o cuatro años no razona con la lógica de un adulto, aprende más de lo que ve, por lo que si gritamos, estaremos reforzando su conducta».

Marcar la distancia

El siguiente consejo que da este psicoterapeuta es retirar la atención al niño. «Es bueno marcar una distancia física y emocional. En un primer momento se enfadará más pero a los niños lo que más les duele es perder la atención de los padres». El «tiempo fuera», propone Banús, se puede llevar a cabo enviándole un rato a su habitación. «Se trata de que el niño vea distancia afectiva, que la madre o el padre están serios o tristes». Hay algo en lo que todos los expertos coinciden, y es que si es posible, debe existir una complicidad total entre los padres. «Cuando los progenitores castigan, los niños deben percibir sensación de unidad entre ambos. Son los referentes más claros del niño y los que mejor le pueden encauzar».

Ir al especialista

¿Cuando hay que preocuparse? Cuando estos síntomas se alargan más allá de los cinco o lo seis años. «Si las rabietas son más frecuentes, el niño se muestra fuera de sí, y se alargan más de esta edad, quizas los padres se tengan que plantear un niño con carácter muy temperamental o con trastorno TDA asociado a la hiperactividad y les convenga consultar con el especialista». «Si esto ocurre, entonces habría que ver qué factores están interfiriendo en el proceso evolutivo. Porque a veces acudiendo a un especialista y con un poco de comprensión y pautas de manejo la cosa se corrige sin más», concluye Martín-Artajo.

Pautas a seguir ante una «pataleta»

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