Un símbolo que trajo de cabeza a Méndez –por aquel entonces encargado de las tareas arquitectónicas en la Casa Civil del Jefe del Estado– y al mismo Caudillo, que 35 años después sería entrerrado 35 años en la base de la Cruz: «Presentar una cruz en lo alto de un risco que trepa a las nubes sin que pareciera enana, vulgar de estilo y proporciones era la pesadilla, repito, tanto del Caudillo como la mía», reconocía el artífice del monumento tal y como ha llegado hasta nuestros días, en la entrevista realizada por el escritor, periodista y Cronista Oficial de la Villa de Madrid, Tomás Borras.
Aunque en principio no quiso presentarse al concurso de anteproyectos convocado por la Dirección General de Arquitectura, «por elemental delicadeza», dijo, el mismo Franco le encomendó las obras en 1950. No en vano, no era un principiante, y a él se adjudican las obras de restauración de, entre otros edificios, las residencias del Palacio del Pardo y del Palacio de la Zarzuela.
Retrocediendo ante el problema
El proyecto no resultó nada fácil. Esa fue la razón de que «compañeros ilustres retrocedieran ante el problema». «Pasaron meses y no daba con la solución –explicaba Méndez–. Un día, de modo inesperado, mientras aguardaba que mis cinco chiquillos se vistieran para ir a misa, absorto, casi iluminado, casi instrumento pasivo, el lápiz en la mano con el que hacía arabescos en un papel, sin darme cuenta dibujé exactamente la Cruz tal y como está ahora en su materia clavada en la elevación poderosa».
«Durante la construcción de la cruz, no se registró ningún accidente», dijo Médez
Así, en julio de 1950, comenzó la cimentación y, en 1951, la construcción de la misma cruz. Todo a un ritmo acelerado en el que participaron, según contaba ABC, unos 2.000 operarios, entre los que se encontraban «ochenta condenados», aseguró Méndez (presos republicanos de la Guerra Civil, muchos de los cuales acabaron siendo enterrados bajo aquellas mismas piedras). «Ellos horadaron el granito, se subieron a andamios inverosímiles, manejaron la dinamita… Han jugado, día a día, con la muerte… Y triunfado de ella», declaró, añadiendo que, «durante la construcción de la cruz, no se registró ningún accidente».
Una cruz en cuya cima puede percibirse una sensible oscilación en sus brazos, sabiamente estudiada, en donde, tal y como describen todas las guías turísticas editadas hasta hoy, «pueden cruzarse dos automóviles de turismo, sin siquiera tocarse». Pero más allá de la publicidad de los folletos, lo cierto es que las dimensiones de esta construcción permiten que en su interior pueda albergar una escalera de caracol y un ascensor desde la base hasta la altura de los brazos. Y que se aposten en su pie los cuatro Evangelistas de Juan de Ávalos, de 18 metros cada uno.
El fin de las obras
Las obras de la Cruz y la basílica terminaron en 1958, viéndose cumplido el sueño que el Caudillo reflejaba, en 1940, en el Boletín Oficial del Estado: «Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor».
¿Qué dicen los extranjeros cuando examinan el monumento de Cuelgamuros?, preguntaba Borrás. «Los latinos lo entienden; los anglosajones, no. Estos preguntan cuál es su rentabilidad. “Ninguna”, les contesto. Y se quedan pasmados tanto de la obra en sí como, de la que llaman, “su inutilidad”», concluyó Méndez.











