Martes , 27-04-10
La dramática imagen de José Tomás en Aguascalientes me ha evocado la cornada que sufrí en Tarazona de Aragón el 17 de julio de 1963. Distan muchos años y los medios han evolucionado, pero ambas son muy parecidas y gravísimas, con la ilíaca partida. Como él, yo también me desangré prácticamente. Pero las cornadas no duelen. En esa descarga de adrenalina no se siente el dolor, éste llega cuando se enfría la herida. Tampoco duele que un manantial de sangre se precipite por la taleguilla. La pérdida de sangre provoca una sensación y una muerte muy dulces, incluso se ven colores que nunca se encuentran en el regreso a la realidad. Se entra en estado de felicidad y tranquilidad, tanto es así que otrora los romanos se metían en un baño de agua caliente y se cortaban las venas...
A mí tuvieron que transfundirme doce litros de sangre. Los aficionados se tiraron al ruedo para donar la suya. Tenía la nariz perfilada, las pupilas dilatadas... Le debo la vida a Ángel Peralta, que toreaba aquella tarde y metió su puño en mi herida para taponarla. Gracias a él puedo narrar esta historia para ABC. Los médicos me dieron por muerto y firmaron mi defunción.
Las primeras noticias que llegaban sobre José Tomás eran terribles, pero parece que la evolución es buena. Le pido a Dios con toda mi alma que se recupere.
José Tomás, como yo, es un hombre sin vicios, muy preparado, fuerte, hace mucho ejercicio. Pero eso no quiere decir que pueda hacer el paseíllo pasado mañana. Con semejante cornada, no podrá torear este año en Madrid. Es más, lo lógico es que dé por concluida la temporada. Sé de lo que hablo, porque lo he vivido. Es recomendable que no se precipite, pues las consecuencias pueden ser gravísimas. En mi caso, me dijeron que cualquier otra cornada en esa zona sería suficiente para que me cortaran la pierna. Entonces me asusté y dejé de torear esa temporada. Reaparecí en el mismo escenario dos años después.
Pero antes pasé un quinario. Hasta me dieron la extremaunción. Tuve que permanecer diez días en la enfermería de la plaza, porque si me movían, era muerte segura, que fue lo que le ocurrió a Paquirri de Pozoblanco a Córdoba... Cuando me trasladaron a Zaragoza, estuve cuatro o cinco meses sin saber si viviría o moriría. Y otro tanto tiempo tuvo que dormir un médico al lado de mi camilla, pues tenía la pierna morada y se presumía una posible gangrena. Nunca me recuperé al cien por cien, aunque en la temporada de mi reaparición toreé mas de setenta corridas.
Los toreros caemos heridos, pero eso de que por el agujero de las cornadas se va el valor no siempre es así. En mi caso, la afición por el toreo es como una droga. Aún sigo toreando vacas y toros en el campo a mis 79 años.
Ésta es la grandeza: jugamos con la muerte, pero con la muerte de verdad, no como en el teatro. Los toros matan. Dos bautizados con la «N» nos han cogido: «Navegante» ha herido a José Tomás y a mí me prendió «Nevado».
Los toreros creamos arte arriesgando el físico. Todos los que se ponen un vestido de luces merecen mi respeto.
Matador de toros

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