Actualizado Sábado, 26-09-09 a las 05:58
Jamás te irás de nuestro recuerdo..., Alicia... Ha sido tanto lo que nos has enseñado en tu piano, genial, sí, en verdad excepcional, que todo cuanto de tí aprendimos resulta algo consustancial en lo puramente profesional, pero vital en esa formación que todo artista persigue a lo largo de su dura senda entre los públicos y tú. Tan menuda físicamente, aunque tan inconmensurable ante la partitura, la que fuera, española (Albéniz), también de Mozart (y aquí cabe una sustanciosa lista de nombres y renombres), por tus dedos y alma revividos...
Trato de fijar una fecha, la que suponía un personal conocimiento de aquel fenómeno de contadísimos años... Sí, la recuerdo: eras una niña, te presentabas en Madrid de la mano de tu maestro, Frank Marshall, en el domicilio de la Plaza de Oriente de José Cubiles (grandes maestros el tuyo y el mío). Venías para presentarte ante el público de Madrid, lo recuerdo, con un «Concerto» (ahora sí que mi memoria falla), dirigido por Enrique Fernández Arbós al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid... Luego, pasados los años, vuelves a mi memoria, desayunando con mi llorada Maru y Conchita Badía (otro nombre extraordinario en el «lied»), dirigiéndonos en un tren express a Santiago de Compostela, cuna incomparable para gestar un curso que «limpiara, fijara y diera esplendor» a nuestras mejores pentagramas...
Este éxito, elocuentísimo en muchos órdenes del cultivo y difusión de nuestra música, vilipendiada según afirmaba todo un Andrés Segovia, ha alcanzado este año su LII edición, lo que quiere decir que sobrepasó ya el mdio siglo en que, junto con otros egregios nombres en el quehacer interpretativo de un alto nivel internacional, lo plateaste con la ilusión y la alegría personalísimas «no noso Sant Yago», y allí ha quedado, contigo al lado por siempre...
Luego, te fuiste por esos mundos de Dios... Llevabas el buen «reclamo» de tu imborrable versión de los 12 números de la «Iberia» albeniziana, la primera vez que yo los oía así, pasmado ante su monumentalidad conceptual, pero que exigía el hasta entonces imposible traductor...; contigo Isaac Albéniz..., al que desde entonces vino a rendírsele una debida e impagada justicia.
Tras aquellos años venturosos, inolvidables a tu lado aprendiendo tantas y tantas cosas, te lo llevaste todo a los Estados Unidos... Tanto debió una sana afición (estoy hablando de los años 70 del siglo XX) al calibrar tu arte, que se rindió a la evidencia más sostenida y si te perdimos en la enorme dicha de estar a tu lado, te supimos y seguimos en los arduos pasos de una ya no digamos que meteórica sino inimaginable carrera, que te llevó a la cúspide. Yo, que he sido, y lo seré por siempre, tu más rendido «fan», ¿qué le quieres?, te recordaré en aquel ambiente «enxebre» compostelano.

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