Viernes, 11-09-09
ANTONIO WEINRICHTER
Esta celebrada opera prima del sudafricano Neill Blomkamp (famosa por estar rodada con dos perras «afrikaaners» y por venir apadrinada por Peter Jackson) está a la altura de las expectativas. Describe, siguiendo inicialmente el formato del falso documental, los esfuerzos del gobierno por desalojar y reubicar a los habitantes de un (neo)gueto de Johannesburgo. El hecho de que sus habitantes sean aliens (unos langostinos de modales y aspecto poco pulcro) no desvía del todo la mala uva y la vocación documental o política del proyecto: basta ver a un encuestado negro afirmar que hay que sacar a «esas gambas» de su ciudad, una ciudad en donde hubo un apartheid y donde no hizo falta construir decorados (toda una novedad en el género fantástico) para rodar las chabolas de los galácticos. A partir de ese sorprendente inicio la trama sigue el curso usual de la ciencia ficción (sin olvidar del todo la estética verité: cámara en mano, voces de reporteros, etc.), incurriendo incluso en un «momento transformer» en el clímax final que aúna de forma inefable lo sublime y lo ridículo. Pero, sin defraudar en ningún momento -creemos- al fan del género pese a la modestia de los efectos especiales, el trabajo de Blomkamp sirve para recordar que la ciencia ficción, esa puesta en escena de la imaginación del desastre (que decía la Sontag), ha sido a menudo un eficaz contenedor de metáforas de angustia social. La secuela, que vendrá, podría llamarse «Marchando otra de gambas».

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