«No se trata de una crisis ecológica, sino de una gran crisis de civilización»
Carlos Montes, en la Facultad de Biología de la Autónoma, antes de la charla con ABC Natural

«No se trata de una crisis ecológica, sino de una gran crisis de civilización»

RUTH PILAR ESPINOSA
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El 22 de mayo la Biodiversidad se pondrá de tiros largos. Es su Día a nivel Mundial. Pero antes de esa fecha, y después, habrá que discutir sobre conservación. Y sobre cuestiones éticas también. Es necesaria una nueva ciencia, cívica, no elitista, que ataque las causas del deterioro ecológico. La Tierra es un planeta finito, y, sin embargo, el consumo, el despilfarro y la contaminación crecen de forma ilimitada al abrigo de la productiva economía capitalista y del incesante desarrollo tecnológico. El cambio global al que asistimos es imparable, por lo que evolucionar hacia formas de vida sociológicamente más sostenibles es clave. Carlos Montes, catedrático de Ecología de la Autónoma, experto en el estudio y gestión de humedales, desarrolla hoy una faceta más social desde su laboratorio universitario. «Cambio Global», editado por el CSIC, recoge algunas de sus ideas.

—¿Qué es el cambio global?

—El cambio global es un proceso emergente y complejo. Las transformaciones se suceden de forma rápida, intensa, globalizante y traumática. Estamos ante un periodo histórico único: el control biológico del planeta por parte de una sola especie, el ser humano. Nuestra actividad, basada en la economía capitalista, es tan agresiva que afecta a los ritmos de cambios naturales de la Tierra.

—¿Dónde está su origen?

—El origen del cambio global está en pensar que es viable, dentro de un planeta finito, mantener una economía basada en un incremento sin límites del agua, la energía y los materiales. Se ha impuesto en todos los países, incluidos los del Sur, un estilo de vida caracterizado por el consumo, el despilfarro y la contaminación. Hay que gestionar el cambio, adoptar formas de vida sociológicamente más sostenibles; no frenarlo, como sugieren desde Copenhague, pues lo único constante es el cambio.

—¿Estamos preparados para afrontarlo?

—El cambio global es una fábrica de incertidumbre. Y no estamos preparados para analizar los problemas «naturaleza-sociedad» desde un pensamiento global sino de una forma sectorial. Rechazamos, además, el cambio. Vivimos en una sociedad cada vez más sofisticada en medios, pero pobre en ideas originales. El antagonismo que nos plantean entre naturaleza y seres humanos no es real. El problema existe sólo entre humanos, y repercute en su entorno. No se trata de una crisis ecológica, sino de una gran crisis de civilización.

—¿Cómo se puede atajar?

—El rompecabezas de la sostenibilidad no tiene que ver con la falta de recursos económicos, tecnológicos o de conocimientos científicos; está relacionado con la espiritualidad: el sentido ecológico del ser humano del siglo XXI. Debemos darle la vuelta a nuestros valores y cosmovisiones. ¿Quién debería haber pronunciado las palabras inaugurales tanto en Madrid (Conferencia Europea de Biodiversidad, en enero) como en Copenhague (diciembre)? ¿Un científico de alto renombre desde las ciencias sociales, un economista, un ecólogo, un tecnólogo o un filósofo moral que nos indique el camino de la autocontención?

—¿Afectará a todos por igual?

—La injusticia medioambiental genera injusticia social. Los países en desarrollo son los que menos contribuyen al cambio global, pero son los más afectados. El Norte tiene tecnología y, por tanto, movilidad. Cuando aquí se contamina un río se pone una depuradora y listo. En el Sur no es posible. Destrozados sus ecosistemas, sus habitantes, sometidos a inundaciones y enfermedades, carecen de alimentos y agua. Se estima que en menos de 50 años los refugiados ambientales superarán a los de los conflictos armados.

—¿Qué transformaciones se están produciendo?

—El deshielo de los polos, por ejemplo, que, además, va a activar otros sistemas geofísicos, como los monzones o la cinta transportadora de calor. También se está llevando a cabo un saqueo del territorio: sumideros de carbono talados, quemados y destrozados. En los últimos cincuenta años hemos cambiado la superficie de la tierra más rápido que en todos los siglos anteriores. —¿Por qué se habla de cambio climático y no de cambio global?

—Fue Nicholas Stern, asesor económico del ex primer ministro británico Tony Blair, el primero que habló del cambio global en términos monetarios, incorporando el cambio climático a la agenda política. «Ahora mismo ( 2006) el cambio climático cuesta un uno por ciento del Producto Interior Bruto mundial; si no actuamos supondrá el 20 por ciento en los próximos dos siglos», explicó en su informe. Pero, el cambio global tiene cuatro componentes más aparte del clima: las especies invasoras, la contaminación y los cambios en los usos del suelo y en los ciclos biogeoquímicos, especialmente del nitrógeno. Todos actúan de forma sinérgica. Sin embargo, sólo se presta atención al cambio climático, pues la dimensión compleja del global requiere la participación armónica de todos los actores que intervienen en su redirección y toma de decisiones. Nada sencillo, más cuando sólo se proponen proyectos políticos cortoplacistas y poco riesgosos.

—¿Qué mensaje se ha transmitido desde Copenhague?

—El mensaje que se ha enviado desde Copenhague ha sido que tanto el cambio climático como la perdida de biodiversidad son producto de tres errores de mercado que hay que corregir. El primero, la mala ecofiscalidad. Los políticos no se han atrevido a implantar impuestos ecológicos. No están establecidos correctamente ni las ecotasas ni los pagos por los servicios medioambientales. Copenhague ha dado empuje a la filosofía «Quien contamina paga y quien conserva cobra». Tampoco existe una normativa internacional común bien organizada. Hoy nos encontramos con la iniciativa de crear el Tribunal Internacional frente al Cambio Climático. Y el tercer y último fallo reside en el uso ineficiente de las ecotecnologías. —¿La clave radica en optimizar estos aspectos?

—Estamos apostando por la ecotecnología como fin, como una oportunidad de negocio para salir de la crisis creando puestos de trabajo verdes, en lugar de como herramienta para la transición a la sostenibilidad. Los economistas han denunciado el «efecto rebote» que esto acarrea: lo que ganamos con la eficiencia lo invertimos en incrementar las actividades de producción y consumo global. Pero no atacamos la causa, nuestro estilo de vida. En cuanto al pago por los servicios que nos generan gratis los ecosistemas, hemos visto que el modelo pionero de Costa Rica necesita una fuerte revisión una década después.

—Sin embargo, la Unión Europea pretende poner precio a los ecosistemas en 2012

—La mayoría de los servicios que prestan los ecosistemas, especialmente los de regulación, no son capturados por el mercado por lo que no tienen precio y, por tanto, la sociedad capitalista no los valora. La UE lo que persigue es evitar la erosión de la biodiversidad incorporándola al flujo monetario, poniéndola en las agendas de las empresas y de los gobiernos. Se trata de visibilizar los beneficios invisibles que genera un determinado sistema ecológico. Pongamos el caso de un manglar: entre otras muchas cosas, evita la erosión del suelo cuando llega un huracán y posibilita la reproducción de especies de plantas y animales que, en un futuro, pueden tener valor biotecnológico, pero si no se analizan a fondo las ventajas e inconvenientes de su transformación puede acabar convertido en una camaronera, mucho más rentable a corto plazo. Se está lanzando el peligroso mensaje de una posible mercantilización de la naturaleza: «Sólo conservaremos la biodiversidad, cuando monetariamente sea más rentable mantenerla que destrozarla».

—¿Cómo ve Doñana 40 años después?

—Se ha puesto en marcha «Doñana Ecosocial», orquestada por los catorce ayuntamientos de la Comarca. Esta iniciativa pone de manifiesto la obsolescencia del modelo subsidiado de áreas protegidas del siglo pasado. La población no quiere quedarse sentada esperando un dinero por compensaciones ambientales, persigue participar en el futuro del capital natural de Doñana, disfrutar de sus beneficios y decidir junto a las administraciones cómo gestionar el Parque. En las políticas de conservación pontificamos a los supercientíficos de las ciencias naturales frente a los de las ciencias sociales y olvidamos que el verdadero conocimiento ecológico lo poseen los mayores. Y lo estamos perdiendo, relegándoles a asilos.