Proclamación de Isabel la Católica
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Castilla y León: dos cuarteles del escudo real

Estas tierras han sido testigo a lo largo de su historia de varias proclamaciones en sucesivos reinados al igual que Madrid lo será este jueves con Felipe VI

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Asistimos en estos días a un acontecimiento único en nuestra jovencísima Democracia: la abdicación de un Rey, Juan Carlos I, la entronización de su hijo varón, el Príncipe de Asturias don Felipe, que subirá al trono como Felipe VI.

Mucho se ha debatido sobre tal precedente, no muy lejano en el tiempo al abandono de Alfonso XIII, que dejó España convertida en República, o de la circunstancia cuando menos sorprendente de que nuestro futuro rey comparta nombre con el primero de su dinastía, la Casa de Borbón, Felipe V, que abdicó a favor de su hijo, Luis I, pensando en ocupar el trono francés, tierra de origen del linaje, y que regresó a España para volver a tomar el cetro después de la prematura muerte de su vástago.

Si retrocedemos en el tiempo, regresa a la memoria el ejemplo del gran Carlos I de España, que no dudó en desaparecer en el Monasterio de Yuste, dulce retiro que permitió el traspaso de poderes a su hijo Felipe II, con quien comienzan los claroscuros.

Pero si el emperador Carlos llegó a convertirse en referente internacional, se debió al camino inaugurado por sus abuelos, Isabel y Fernando, y, en último extremo, por el largo sendero de siglos que nos lleva hasta los reinos de Castilla y de León, los dos primeros cuarteles del escudo de España.

Arranca nuestra historia, por tanto, del gran Alfonso III «El Magno», con quien nos movemos a finales del siglo IX, el hombre que consolidó la frontera del Reino de Asturias en el Duero, a quien debemos el paso hacia León pues, emir de Liyyun -rey de León-, le denominan las fuentes islámicas. Este gran monarca vio sus últimos años oscurecidos por la ambición de sus hijos y, de hecho, abdicó del trono a favor de su primogénito, García I, solicitando a éste una última concesión: que le permitiese guerrear una vez más con los moros antes de morir, lo que aconteció en el 910.

El siglo X, con el Reino de León ya consolidado, nos ofrece ejemplos de grandes monarcas: Ordoño II (914-924), coronado y ungido con la presencia de obispos y magnates, a la manera de los reyes visigodos de Toledo; Ramiro II «El Grande», que derrotó en Simancas al más poderoso ejército musulmán hasta entonces convocado e hizo huir a uña de caballo al todopoderoso primer Califa de Córdoba, Abd al-Rahman III, un gran monarca que, para facilitar la continuidad de su línea dinástica abdico a favor de su hijo Ordoño III.

El nacimiento de Castilla

El siglo XI nos aporta datos cuando menos curiosos: minorías reales, sucesiones en el campo de batalla. Así, en 1037, el entonces Conde de Castilla, Fernando, da muerte a su cuñado Vermudo III de León, heredando los derechos al trono la esposa de Fernando, doña Sancha, lo que convirtió a éste en nuevo Rey de León. Gran monarca, tardó un año en ser aceptado por los leoneses, que le impidieron la entrada en la capital, y por tanto su reconocimiento oficial, hasta 1038. Este excepcional soberano leonés, a quien debemos el nacimiento de Castilla como reino en 1065, a su muerte y por testamento, supo convertirse en árbitro de la política peninsular con musulmanes y cristianos, pues, no en vano, llegó a utilizar el título de «imperator».

Descendiente suyo fue otro gran monarca de León, Alfonso VII, que se coronó «totius Hispaniae imperator», emperador de toda España, en 1135. A esta ceremonia, que tuvo lugar en la capital de sus territorios, León, en la catedral, asistieron como vasallos y le prestaron fidelidad el Conde de Barcelona, el que será primer rey de Portugal -territorio nacido a partir del reino de León-, el Rey de Navarra, los principales condes de Cataluña y numerosos nobles del sur de Francia, como el de Toulouse. Nunca como entonces fuimos tan poderosos. Las crónicas, generalmente escuetas, son prolijas en detalles a la hora de narrar este acontecimiento singular.

Separados León y Castilla a su muerte, en las tierras gobernadas desde Burgos un niño accederá al trono con apenas si un año de edad, el insigne Alfonso VIII, que derrotó a los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa. Nadie apostaba por el muchacho, cuyas esperanzas de vida, en aquellos difíciles años, eran demasiado reducidas, pero, apenas entrado en la adolescencia, tomó poder pleno del trono convirtiéndose en el hombre que abrió Castilla a la conquista de Andalucía. Y qué decir de su primo, el leonés Alfonso IX, a quien debemos las primeras Cortes de la historia de Europa (1188) en las que se concedió voz al pueblo apenas comenzaba a andar el primer año de su reinado, poco tiempo después de su coronación. Un acto que inauguró una etapa que culmina en nuestro tiempo: el parlamentarismo.

El siglo XIII retoma, a partir de 1230, la unión de Castilla y León, en la figura del zamorano Fernando III, hijo de Alfonso IX de León y de Berenguela de Castilla. Momentos brillantes que debemos a este monarca que conquistó media Andalucía. Sus descendientes, como Alfonso X, jugaron a convertirse en emperadores de Alemania, del Sacro Imperio Romano Germánico, pero sin suerte, pues su coronación nunca llegó a producirse.

«Farsa de Ávila»

Pero si hemos de rescatar una coronación singular, ésta fue la del primer Alfonso XII, el Infante don Alfonso de Castilla, hermano de Isabel la Católica. Corrían años singularmente difíciles. Dos facciones nobiliarias enfrentadas, la que defendía al legítimo Rey, Enrique IV, y aquella que apoyaba al príncipe Alfonso y más tarde a su hermana Isabel. En la denominada «Farsa de Ávila», en 1465, sobre un tablado, los conjurados colocaron una estatua de Enrique IV revestido de atributos reales. El arzobispo de Toledo le quitó la corona, otros nobles la espada, el cetro y, finalmente, se derribó la efigie al grito de «¡A tierra, puto!». A continuación, los sublevados proclamaron Rey de Castilla y León al jovencísimo Alfonso, primer «Alfonso XII» de nuestra historia.

Tiempos lejanos que consolidaron con su hermana, Isabel I, una monarquía que supo rematar la Reconquista e impulsar el Descubrimiento y Colonización de América, que movió sus fichas para garantizar el poder de estos reinos allende nuestras fronteras gracias a la cual, hasta la actualidad, los dos primeros cuarteles del escudo de España recuerdan su memoria, prestigio y poder. Una herencia singular que, así lo deseamos, el nuevo rey de España, Felipe VI, no debe olvidar.

**Margarita Torres Sevilla es profesora titular de Historia Medieval de la Universidad de León