Vista de la ciudad de Sevilla desde Triana en el siglo XVI. Madrid, Museo de América. - / Vídeo: La maldición negra: la peste que aniquiló a más de la mitad de Europa en la Edad Media

La Gran Peste que devastó la ciudad de Sevilla, la Nueva York del siglo XVII

Durante el año 1649, los carros circulaban las 24 horas del día por la ciudad sin cesar en ningún momento de recoger cuerpos muertos abandonados por los familiares en las calles

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Sevilla llegó a ser en el siglo XVI una de las metrópolis más grandes de Europa, con gente de prácticamente todo el mundo, un 10% de la población negra y medio centenar de idiomas hablados en sus calles. La ciudad donde llegaba y salía a través del río Guadalquivir la Flota de Indias era un monstruo urbano que servía de enlace entre el viejo y el nuevo mundo y que convertía, en comparación, a Madrid o Barcelona en dos villas con ínfulas de grandes ciudades. Pero de repente el monstruo, como el propio comercio hispánico, enfermó a mediados del siglo XVII por un sinfín de razones subterráneas de tipo económicas y, a la vista de todos, por una epidemia de peste negra que heló la sangre al continente.

Hasta 1520 muchos puertos españoles tuvieron libertad para comerciar con el Caribe, pero en esas fechas se creó un monopolio estatal controlado desde Sevilla. La ciudad fue elegida por sus condiciones geográficas y sustituida más adelante por el de Cádiz por los mismos motivos. La Monarquía hispánica buscaba con esta medida el traslado seguro de la conocida como Flota de Indias y evitar que la dispersión en muchos puertos facilitara los ataques piratas.

Archivo de Indias en Sevilla, antigua Casa Lonja
Archivo de Indias en Sevilla, antigua Casa Lonja

Al calor de este monopolio, Sevilla vivió un enorme crecimiento en pocos años. El acontecimiento más representativo del desarrollo urbanístico que acompañó a este auge estuvo en la boda de Carlos V con Isabel de Portugal en 1526. Durante esta etapa gloriosa se construyeron muchas casas palacio como el Hospital de las Cinco Llagas (actual sede del Parlamento de Andalucía) y se impulsó una metrópoli que ya a finales de la Edad Media había adquirido gran importancia en la Península. Sevilla se convirtió así en la ciudad más grande de España, aparte de en una sala de espera para todo tipo de personajes, españoles o extranjeros, listos para saltar al Nuevo Mundo.

Una ciudad comercial, pero también uno de los epicentros del Siglo de Oro que se vivió en la cultura de España. En Sevilla residieron y crearon grandes figuras del arte, como Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega... y también importantes artistas como Murillo, Velázquez o Zurbarán. Aquellla Nueva York de principios de la Edad Moderna representaba el futuro en todos los campos.

La Gran epidemia

Las sucesivas epidemias de peste fueron la cara más visible de la decandencia, pero no la causa principal, sino el efecto, del hundimiento de Sevilla. La verdadera razón se escondía detrás del declive del comercio español en América a partir de 1592, cuando terminó su fase de gran eclosión. El comercio aún se mantuvo estable varias décadas hasta que, entre 1623 y 1650, comenzó a languidecer camino a la tumba. Como explica John Lynch en su clásico libro «Los Austrias» (Biblioteca Historia de España), la crisis tenía su raíz en el propio comercio y en las economías coloniales que lo nutrían, pero la que salió peor parada a largo plazo fue la ciudad matriz. Sevilla experimentó un cúmulo de adversidades que debilitaron su economía en el peor momento. Su población se vio asolada por las epidemias y disminuyó de los 150.000 habitantes que poseía en el momento de mayor auge, en 1588, a 85.000 un siglo más tarde.

Se desconoce aún hoy como arribó el brote de peste negra de 1647 en España. La catastrófica epidemia de finales de siglo XVI se había comportado de forma benévola con Sevilla, pero no ocurrió así en la Gran Peste de 1647 a 1652, que afectó sobre todo a Andalucía y a la zona oriental de España. La peste picó primero a Valencia, probablemente procedente de Argel, causando la muerte a 30.000 personas. Y, desde allí, se difundió con una velocidad salvaje hacia Andalucía y finalmente barrió Aragón y Cataluña. Solo en Málaga murieron 40.000 personas, a pesar de lo cual Sevilla no tomó medidas de cuarentena. Un error gigantesco.

Sevilla experimentó un cúmulo de adversidades que debilitaron su economía en el peor momento

La ciudad había crecido de forma desordenada, de modo que la gente vivía hacinada y sin cumplir las medidas higiénicas más básicas. El constante tráfico marítimo de barcos procedentes de puertos exóticos, portadores de toda clase de epidemias, hacían de Sevilla una parada muy atractiva para la peste. Además, la primavera de 1649 fue especialmente lluviosa y las graves inundaciones de un Guadalquivir desbordado anegaron los cultivos y las granjas de todo el valle. La riada dejó en su retirada a miles de cadáveres putrefactos de ganado ahogado y al hambre campando a sus anchas.

Sevilla. Anónimo, Sevilla c. 1640.
Sevilla. Anónimo, Sevilla c. 1640.

Según la «Copiosa relación de los sucedido en el tiempo que duró la epidemia en la grande y augustísima ciudad de Sevilla, año de 1649», la epidemia llamó a la ciudad por medio de unos gitanos de Cádiz que trajeron unas ropas infectadas. Todos ellos murieron al igual que quienes lo cobijaron en Triana, barrio donde surgió el kilómetro cero de la epidemia en la primavera de 1649. De allí saltó pronto al otro lado del río. Los hospitales de Triana y el de la Sangre (actualmente conocido como de las Cinco Llagas) quedaron desbordados en los primeros días.

Calles enteras y barrios completos quedaron vacíos y la actividad económica de la ciudad entró en parálisis. En el corazón de la ciudad –señalan los cronistas– por faltar faltaron hasta los curas y muchos religiosos que administraban los sacramentos. Todo ello dio lugar a la Semana Santa más inhóspita en la historia de Sevilla.

A perro flaco todo son pulgas

Los carros circulaban las 24 horas del día por la ciudad sin cesar en ningún momento de recoger cuerpos muertos en las calles abandonados por los propios familiares. Como medida de urgencia, el Consejo de la ciudad prohibió enterrar los cuerpos infectados en las iglesias y, dado que las pilas de cadáveres «infiçionaban el aire», ordenó que se excavasen fosas comunes en todo el perímetro urbano.

Tras el verano más desolador, «todo era espanto, un asombro, un suspirar de continuo, sin danzas, sin cofradías, sin religiones, sin clero ni reliquias, con la poca música que había quedado, sin seises...». El cronista de la época, Diego Ortiz de Zúñiga, describió con términos todavía más apocalípticos la epidemia:

«Quedó Sevilla con tan gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacía gran multitud de casas, en que se fueron siguiendo ruinas en los años siguientes: las habitadas en muy considerable disminución de valor; todas las contribuciones públicas en gran baja... Las Milicias, casi del todo se deshicieron; los campos sin cultivar, y en los que a esta causa acudieron de otras partes, intolerables los jornales».

En 1671 existían 45 monasterios de frailes y 28 conventos femeninos, incluidas todas las órdenes importantes, franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas

La Sevilla imperial, «asombro del orbe», jamás volvió a ser la misma. Se estima que en la gran epidemia de peste de 1649 murieron aproximadamente 60.000 personas solo en el núcleo urbano, el 46% de la población existente, pasando Sevilla de 130.000 a 70.000 habitantes. En total, una cuarta parte de las 600.000 almas que poblaban Sevilla y su campo circundante. A estas penurias le acompañó paradójicamente un cambio en la estética urbana de la ciudad. Inspirado en la Contrarreforma Sevilla se transformó en una ciudad-convento. Para 1671 existían 45 monasterios de frailes y 28 conventos femeninos, incluidas todas las órdenes importantes, franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas.

Francisco de Zurbarán, Defensa de Cádiz contra los ingleses, 1634
Francisco de Zurbarán, Defensa de Cádiz contra los ingleses, 1634-Museo del Prado

Las epidemias, la presión fiscal y la mala situación de Sevilla para la navegación provocaron que los comerciantes empezaran a trasladar sus negocios de Sevilla a Cádiz. Desde principios de siglo XVII, la navegación del Guadalquivir y en la barra de Sanlúcar se había hecho cada vez más peligrosa debido al aumento del tonelaje de los barcos. En 1504, el tamaño medio de los barcos era de 70 toneladas, mientras que para 1641 lo era de casi 400 toneladas. Frente a la dificultad de acceder al puerto interior de Sevilla, Cádiz se ofreció como la mejor opción geográfica para los comerciantes que querían además esquivar la administración española. Allí las posibilidades de contrabando eran mayores.

Con los Borbones se decidió trasladar a Cádiz la Casa de Contratación –principal órgano del comercio con América– por Real Orden de 12 de mayo de 1717, a pesar de las reticencias y reclamaciones de las autoridades sevillanas. El cambio de sede marcó un punto de inflexión en la historia de Sevilla. Si bien el monopolio comercial nunca fue de la ciudad, sino de la costa andaluza (entre 1506 y 1650, Sevilla aglutinaba el 60% del comercio con América, pero el resto estaba en Cádiz, Sanlúcar, las Islas Canarias…), lo cierto es que la pujanza de Cádiz dio el golpe de gracia a Sevilla.

El éxodo de comerciantes vino acompañado de un desplazamiento poblacional. El número de habitantes de Cádiz pasó de 2.000 en el año 1600 a 40.000 en 1700, mientras Sevilla tardaría décadas en recuperar la normalidad tras el paso de la peste.