l Caney: la heroica gesta de un puñado de españoles frente a miles de yanquis - Vídeo: ABC
ABC HISTORIA RECOMIENDA

La gloriosa muerte de Vara de Rey: el olvidado héroe que defendió el decadente Imperio español en Cuba

El general fue fusilado por tropas estadounidenses mientras era retirado en camilla de la batalla de El Caney (acaecida en julio de 1898). La misma en la que el oficial y 500 de sus hombres no pudieron resistir el envite de más de 6.000 enemigos

Este militar ha sido recreado por «1898 Miniaturas», una nueva firma de figuras para pintores, coleccionistas y jugadores de «wargames» que busca dar vida a las contiendas protagonizadas por nuestro país al otro lado del Atlántico

Actualizado:

Ya pueden ir haciéndose a un lado los 'Nelsones' y los 'Wellingtones'. Que vayan cediendo su cómoda poltrona de ídolos militares porque, por estos lares, necesitamos todavía muchos sillones para nuestros héroes patrios. Del traicionado Viriato al incombustible Cosme Damián Churruca. Del gigantesco Diego García de Paredes al laureado Juan Salafranca. Todos ellos fueron defensores a ultranza de la vieja o de la nueva España que no dudaron, llegado el momento, en dar la vida por su patria. Con todo, todavía quedan muchos de estos personajes por reivindicar. Y algunos de la talla de Joaquín Vara de Rey y Rubio, un militar ibicenco cuyas hazañas durante la guerra de Cuba le granjearon el acceso a los libros de historia.

Joaquín Vara de Rey y Rubio venía de los Vara de Rey de toda la vida. Y eso no es decir poco, pues sus antepasados ayudaron en los siglos pasados -y entre otras tantas cosas- a expulsar al ejército francés de la Península en plena Guerra de la Independencia. El general que hoy atrae nuestras miradas siguió el camino de sus antecesores a pies juntillas. De hecho, es probable que llevara eso de la heroicidad hasta límites exagerados. Y es que, el 1 de julio de 1898 defendió con tan solo 520 españoles la posición de El Caney (cerca de Santiago de Cuba) contra casi 6.500 norteamericanos y guerreros independentistas mambises. Acabó siendo asesinado, es cierto. Pero sus casi 12 horas de resistencia ante un ejército tan superior le convirtieron en nuestro Leónidas más castizo. Y a sus hombres, en verdaderos espartanos.

«La guerra de Cuba no dio muchos episodios heroicos. El período que va del 95 al 98 no destacó por ello. El Caney fue uno de los pocos en el que los españoles dieron mucha guerra a los americanos, que se plantearon incluso rendirse y abandonar el ataque. Y eso, a pesar de que consideraban El Caney una posición fácil de tomar debido a su superioridad numérica», explica a ABC Javier Gómez, historiador y editor de la revista Desperta Ferro. El experto señala, además, que esta defensa a ultranza se orquestó gracias a la rudeza de Vara de Rey. Un sesentón ataviado con una inconfundible barbaza canosa que no le hacía pasar precisamente inadvertido en el campo de batalla. «El éxito radicó en el carácter que imprimió a sus soldados frente a otros generales del momento. No había grandes diferencias entre sus hombres y otros, pero los suyos se defendieron de forma mucho más férrea. Y fue gracias a él», determina.

Este militar le resultó tan llamativo a Gómez que, hace algunos meses, decidió incluirlo como un personaje más dentro de la nueva firma que ha creado junto a su hermano Rafael: «1898 Miniaturas». Una empresa española que ha logrado hacer una finta a la crisis modelando y comercializando en todo el mundo figuras históricas de 28 mm. Pequeñas representaciones a escala de los soldados que, a finales del siglo XIX, combatieron al otro lado del Atlántico. Su catálogo es más que extenso e incluye (entre otros tantos) soldados filipinos y estadounidenseses. Y todo ello, pasando por una amplia gama de militares españoles entre los que destacan desde los clásicos con uniforme de rayadillo y jipijapa, hasta héroes tan castizos como el mismo Vara de Rey o el menos popular Eloy Gonzalo (un valiente que se lanzó solo contra una casa llena de enemigos y munición para volarla mediante una lata de gasolina). «Detrás de cada figura hay un estudio que nos garantiza que es veraz a nivel histórico», completa el experto a ABC.

Familia de héroes

Joaquín Vara de Rey y Rubio, futuro héroe de El Caney, llegó al mundo en Ibiza cuando el calendario marcaba el año 1840. Desde su mismo alumbramiento partía este ibicenco con una presión del tamaño de un cañón naval de 36 libras, pues era el último de un linaje con decenas de gestas militares a sus espaldas. El primero de sus antepasados en comenzar a atesorar gloria para la familia fue su abuelo, Joaquín Vara de Rey y Laget. Un gaditano nacido en 1782 que, tras ingresar en el Regimiento de Infantería de Nápoles, se enfrentó a los infames gabachos durante la Guerra de la Independencia. «Combatió con ellos en muchas ocasiones, entre ellas las batallas de Talavera, Ocaña y Chiclana», explica el Ministerio de Defensa en su dossier «Real y Militar orden de San Fernando. 200 años».

Su gallardía le granjeó ya en 1834 la Cruz Laureada de San Fernando de 2ª Clase. Y, dos años después, una de 1ª Clase. Condecoraciones entregadas para «honrar el reconocido valor heroico y el muy distinguido, como virtudes que, con abnegación, inducen a acometer acciones excepcionales o extraordinarias, individuales o colectivas, siempre en servicio y beneficio de España». Lo más curioso es que Vara de Rey y Laget obtuvo la segunda en plena Guerra Carlista, tras levantar el sitio de Bilbao (cercada dos meses por los partidarios de Don Carlos). En «Vida militar y política de Espartero» (escrita por Alejandro Cardeñosa y J. de Torá) se especifica que una de las acciones más destacadas del abuelo del futuro héroe de El Caney consistió en acabar con un nutrido grupo de enemigos que había tendido una trampa a la columna del general Baldomero Espartero.

Joaquín Vara de Rey y Laget se ganó a sangre y fuego sus medallas. Y lo mismo ocurrió con su hijo (el padre de nuestro protagonista). Bautizado como Joaquín Vara del Rey y Calderón de la Barca, nació en Antequera (Málaga) en 1816. «Luchó en la primera guerra civil, en la que ganó una Cruz de San Fernando de 1ª clase y el ascenso a capitán por méritos de guerra, recibiendo tres heridas de bala durante la contienda. En 1843 fue herido de gravedad en Barcelona al recibir una bala de fusil en el brazo izquierdo», se determina en el mencionado dossier. Con estos familiares, a nuestro protagonista más le valía exprimir hasta la última gota de su valor para poder estar a la altura. Y vaya si lo logró.

Primeros años

Los primeros años de Joaquín Vara de Rey y Rubio traen consigo cierta controversia en lo que a fechas se refiere. La mayoría de autores coinciden en datar su alumbramiento en 1840, aunque en documentos como «Real y militar orden de San Fernando. 200 años») se especifica que fue alumbrado en 1841. Esta diferencia provoca también dudas con respecto a la edad en la que accedió al Colegio de Infantería de Toledo. Ejemplo de ello es que el autor Joaquín de la Santa Cinta explica en «50 héroes españoles» que por entonces el futuro general sumaba apenas 16 años, mientras que el popular historiador Frank Jastrzembski determina en su artículo «Joaquín Vara de Rey y la batalla de El Caney» (alojado en «1898 miniaturas»), que realmente fue a los 15.

Más allá de estas pequeñas controversias, en lo que todos los autores coinciden es en que salió de la mencionada academia como subteniente allá por 1859. Dentro ya del Ejército español, y tal y como se afirma en «The Encyclopedia of the Spanish American and Philippine-American Wars», nuestro protagonista fue ascendido a teniente después de combatir contra los cantones de Valencia y Cartegena. Una serie de movimientos que buscaban la independencia de pequeñas regiones.

A su vez, Vara de Rey combatió también en la contienda que desangró a nuestro país durante cuatro años. «En 1872 participó en la sangrienta Tercera Guerra Carlista […] y en 1884 recibió su traslado a Filipinas, ascendiendo al rango de teniente coronel. También en el Pacífico, entre abril de 1890 y agosto de 1891, sirvió como el 41º gobernador político militar de las islas Marianas», añade Jastrzembski en su dossier.

Posteriormente, en 1895, Vara de Rey solicitó su traslado a Cuba sabedor del conflicto que existía entre los nativos y el ejército español. Un enfrentamiento que se recrudeció cuando, desde el exterior, varios países empezaron a nutrir a los rebeldes de armas y equipo. «La hueste insurrecta fue brava y tenaz; alguno de sus jefes inteligentes; [...] siempre tuvieron el apoyo moral de la gente poco ilustrada de la isla. Llegaron ser unos 20.000 armados con fusiles de muy diversas procedencias», explica el historiador y capitán de fragata Hermenegildo Franco Castañón en «Contrabando de guerra y operaciones navales durante la guerra de Cuba (1895-1898)».

Combates en Cuba

Al otro lado del Atlántico, y al mando del Regimiento de Cuba, Joaquín Vara de Rey participó en multitud de combates contra los insurrectos dirigidos por Antonio Maceo. Un destacado líder rebelde a quien el historiador británico Richard Gott define como «un capitán mulato de veinte años convertido en líder de los rebeldes negros».

La acción más determinante en la Vara de Rey participó antes de El Caney se sucedió en la Loma del Gato (al norte de Santiago de Cuba). El 5 de julio de 1895 dos columnas españolas (una dirigida por nuestro militar ibicenco, y otra por el general Tirso Albert) se dieron de bruces en esta ubicación contra las tropas comandadas por José Maceo (hermano de Antonio).

Al parecer, ambos contingentes se desplegaron y se repartieron fuego durante unas seis horas. Así, hasta que el líder revolucionario se hartó de esperar y decidió ascender una peña cercana a la contienda con su guardia personal. No pudo cometer un error mayor, pues recibió un disparo en plena mollera. Aunque posteriormente lograron extraerle el proyectil, terminó marchándose al otro barrio para alegría española. Y también para dicha de Vara de Rey, que fue ascendido a general de brigada y puesto al mando de la brigada de San Luis.

Así recordaría un parte oficial del ejército aquella acción: «Las columnas del general Albert y del Coronel Vara de Rey, con 1.500 hombres después de 3 días de reconocimiento hacia Ramón de Yaguas, encontraron ayer a las partidas de José Maceo y Periquito Pérez entre Loma de Gato y Quemadas, sosteniendo durante seis horas reñido tiroteo, dejando el enemigo 59 muertos».

Las bajas fueron considerables. De hecho, Jastrzembski se atreve a señalar que apenas fallecieron 10 revolucionarios. «Hubiera sido considerado una derrota española si entre los rebeldes no hubiera estado José Maceo», completa. La tristeza se apoderó tras la contienda de las fuerzas nativas, como así puede saberse leyendo una carta del insurrecto Calixto García escrita el 13 de julio: «Tengo la pena de comunicar que el Mayor General José Macedo, jefe del Primer Cuerpo de Ejército, murió el día 5 en combate [….]. Muerte tan sensible como gloriosa que no hará, sin embargo, decaer nuestro entusiasmo».

La muerte de un héroe

En esas andábamos, a fusilazos y machetazos contra los nativos, cuando los Estados Unidos (tan oportunos como siempre) nos declararon la guerra escudándose en que el ejército rojigualdo había destruido uno de sus bajeles (el «Maine») por sorpresa. Algo más falso que un ducado de madera, pero que les vino como anillo al dedo para empezar su expansión a costa del desastre colonial hispano. Entre el 22 y el 26 de junio de 1898 el V Cuerpo de Ejército norteamericano desembarcó, con ansias de territorios, en tierra cubana abriendo un segundo frente. Algo que terminó de sobrepasar al ejército peninsular. Con todo, William R. Shafter (al mando del contingente) se las vio y se las deseó para conquistar las posiciones españolas que fue hallando frente a sí. Ese fue, por ejemplo, el caso de las Guásimas (solo tomadas después de ser abandonadas por los defensores).

Superado, el contingente español comenzó la retirada y se atrincheró en lugares estratégicos para impedir el paso a los norteamericanos. Bajo esa precaria situación, nuestro Vara de Rey recibió la orden de defender a ultranza el pequeño enclave de El Caney. Un poblado ubicado sobre una loma y formado por dos docenas de casas bajas y una iglesia que, a su vez, estaba flanqueada por un fuerte de mampostería (llamado «El Viso») y seis blocaos de madera.

Estos últimos, un «eficaz abrigo contra los fusiles insurrectos, pero muy vulnerables al fuego de artillería», según explica Fernando Puell de la Villa en «La heroica defensa de El Caney» (dossier publicado dentro de la revista Desperta Ferro contemporánea número 21). Por si fuera poco, el general de brigada apenas sumaba a su mando «391 hombres del Regimiento de Infantería de la Constitución, 41 del de Cuba y 95 voluntarios de la isla».

Estos 527 aguerridos españoles arribaron el 23 de junio a El Caney y, durante una semana, se dedicaron a fortificarlo bajo la antenta mirada de Vara de Rey. Un sujeto que, con su uniforme de rayadillo, su barba cana y su cabeza pelada, no pasaba precisamente desapercivido.

Excavaron trincheras, levantaron parapetos de tierra, abrieron aspilleras en los muros y pusieron alambradas. Todo era poco para el ibicenco, que sabía que pintaban bastos. No le faltaba razón. Y es que, Shafter arribó a las cercanías del pueblo el 1 de julio de 1898 con nada menos que seis millares de soldados (durante la batalla el número ascendería a 6.453 por los refuerzos recibidos). Y no solo eso, sino que también plantó sobre el campo de batalla cañones y ametralladoras. Artilugios que en nuestro bando brillaban por su ausencia.

PUEDES LEER CÓMO SE DESARROLLÓ LA BATALLA COMPLETA EN EL SIGUIENTE ENLACE: El Caney: la heroica gesta de un puñado de españoles frente a miles de yanquis

A las seis y media de la mañana del 1 de julio de 1898 comenzó el calvario para Vara de Rey cuando cuatro cañones de la Batería E del 1º de Artillería de los Estados Unidos iniciaron una lluvia letal de plomo sobre las posiciones españoles.

Las primeras balas, por suerte, cayeron en el poblado. «Lawton [enviado por Shafter] dispuso a sus tres brigadas principales (Ludlow, Miles y Chaffe) para envolver la posición de Vara de Rey cortar su línea de retirada hacia Santiago», añade Jastrzembski. Decididos, y tras el bombardeo, los norteamericanos cargaron contra las defensas enemigas, pero fueron detenidos por una lluvia de balas y la determinación rojigualda. Aquel fue el gran momento del general español. Y es que, el barbudo vio como más de cinco mil norteamericanos se quedaban petrificados ante los disparos de medio millar de hombres.

En aquellos primeros momentos los españoles contaban con una ligera ventaja: sus Mauser. «Los americanos estaban en un proceso de modernización armamentística. Tenían dos tipos de fusiles que iban asociados a los tipos de tropas norteamericanas que había en la guerra de Cuba. En primer lugar había soldados regulares armados con el fusil Krag-Jorgensen (bastante moderno, aunque no estaba a la altura del español); pero también había tropas estatales armadas con viejos fusiles Springfield de la Guerra de Secesión. Estos usaban todavía pólvora negra, por lo que generaban grandes humaredas cuando habrían fuego. Dicho factor permitió a los defensores detectarles en la lejanía, algo que no les ocurría a ellos. Fue una ventaja considerable porque entonces se disparaba a distancias muy largas», añade Gómez a ABC.

Pero ni los Mauser lograron dar la victoria a los aguerridos defensores españoles. Al final, el gigantesco número de los norteamericanos se terminó imponiendo y, poco a poco, la línea española comenzó a ceder. A todo ello se sumaron los continuos disparos de la artillería. Tiros que acabaron con cada una de las posiciones de los hombres de Vara de Rey.

¿Qué hicieron los nuestros? Limitarse a apretar los dientes, esperar unos refuerzos que jamás llegaron, y suspirar al ver como los cartuchos disminuían y disminuían. Al final, todo el entramado cayó como un castillo de naipes. No en vano, a las cinco y media de la tarde (después de horas manteniendo a raya al infame enemigo norteamericano) los españoles ya habían abandonado «El Viso» y se dirigían a la carrera a la puerta de la iglesia, donde Vara de Rey había establecido su puesto de mando. El último reducto rojigualdo defendible. «A los americanos les costó muchísimo tomar la posición, pero al final consiguieron hacerles retroceder», añade el coofundador de «1898 Miniaturas».

Fue aproximadamente a esa hora de la tarde cuando arribó el horror. En medio de aquel caos, y mientras estaba organizando la retirada frente a la iglesia, Vara de Rey fue herido en las dos piernas. En ese instante, varios de sus hombres se arrojaron sobre él para que no cayera al suelo.

El desastre se había consumado. En un intento de salvarle la vida, trataron de retirar al general de brigada en camilla. Sin embargo, un grupo de enemigos atacó a la comitiva sanitaria y se cebaron con ella. «El general y los camilleros cayeron heridos de muerte; ayudantes y escolta, en lugar de buscar refugio, se echaron los cuerpos a la espalda pero fueron muertos a su vez, y quedaron tendidos en el camino poco después», añade, en este caso, Puell de la Villa. ¿Error o crueldad? Gómez no lo tiene claro. «Se habla de que pudieron ser mambises los que acabaron con él. En todo caso, fue una situación confusa que se dio mientras los norteamericanos perseguían a los españoles. Hay que tener en cuenta que los fusiles de esta época tenían mucho alcance».

La batalla terminó en derrota. Los defensores sumaron, según de la Santa Cinta, 466 bajas por 461 de los americanos (contando en ambos casos muertos, heridos y desaparecidos). Con todo, la acción le valió a Joaquín Vara de Rey y Rubio la Cruz Laureada de San Fernando a título póstumo. Cinco meses después una comitiva española acudió a recuperar el cadáver del general, y no solo fueron recibidos con los brazos abiertos por los enemigos, sino que declararon que «el general Vara de Rey fue un hombre valiente, y nosotros honramos su memoria». Posteriormente se inauguraron dos estatuas en su honor. Una en Madrid y otra en Ibiza. Imágenes imperecederas de su paso por este mundo.