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Viaje a la zona maldita de Chernóbil

Álvaro Colomer, uno de los pocos españoles que ha visitado esta parte de Ucrania, describe su viaje para ABC

Manuel P. Villatoro - Actualizado: Guardado en: Actualidad

Son muchas las palabras que, sin saber por qué, tienen la lacra de portar consigo un aura de terror. Sin embargo, 27 años después del desastre nuclear que cambió la historia de Ucrania, hay una que se sigue alzando sobre las demás: Chernóbil. Hoy en día, por el contrario, no son pocos los investigadores y curiosos que se desplazan hasta esta zona olvidada con la intención de revivir lo que allí sucedió el 26 de abril de 1986.

Y es que, aquella fatídica mañana, el reactor 4 de la central nuclear soviética explotó expulsando a la atmósfera una nube radioactiva cuyos efectos, a día de hoy, se siguen sin conocer. A su vez, este gigante de hormigón también decidió llevarse consigo los cientos de miles de vidas de aquellos que, espoleados por su sentido del deber, sacrificaron su existencia y acudieron a la zona siniestrada para contener la radiación.

«Se me ocurrió viajar a Chernóbil cuando me planteé llevar a cabo un libro de lugares marcados por hechos históricos. La intención de esta obra, que al final salió publicada con el nombre de “Guardianes de la memoria”, era explicar como es la vida en esos territorios hoy y cómo el suceso alteró la evolución de esa zona», explica, en declaraciones a ABC, el escritor Álvaro Colomer, uno de los pocos españoles que ha pisado esta parte del planeta.

Preparando la expedición

En contra de lo que puede parecer, y según explica el aventurero, no fue tan dificultoso como pensaba llevar a cabo las gestiones para viajar hasta una zona radioactiva. «Los trámites son bastante complicados, pero no por el hecho de viajar a Chernóbil, sino porque el gobierno ucraniano no tiene una infraestructura que facilite la obtención de permisos periodísticos para ir a hacer reportajes a su territorio», determina.

Según Colomer, el primer paso para llegar hasta esta parte del mundo es contactar con el Ministerio de Emergencias ucraniano, el encargado de expedir los permisos para entrar en la zona de exclusión de Chernóbil. Esta, abarca un total de 30 kilómetros de radio desde la central.

«No te ponen dificultades por ir a Chernóbil, lo que te encuentras son problemas derivados del mal funcionamiento del Ministerio de Emergencias. De hecho, ellos están acostumbrados a recibir visitas en la zona, sobre todo de científicos especializados en radioactividad y oncología que acuden allí para hacer todo tipo de investigaciones», explica el escritor.

«Nos hemos formado una imagen de Chernóbil en base a la televisión»«La idea que tienen allí es que, si hay gente que quiere ir, que lo haga bajo su responsabilidad. Al principio es cierto que se cerró la zona a todo tipo de tráfico humano, pero hubo un punto en el que había tantos científicos, periodistas, nativos y curiosos que querían ir que decidieron abrir el territorio», añade.

Así, y en palabras del español, lo único que hay que hacer antes de coger el avión es buscar un traductor y un lugar en el que alojarse, aunque, en este punto, el gobierno extranjero ofrece una curiosa opción a los investigadores. «En el pueblo de Chernóbil hay un hotel donde te puedes hospedar y en el que viven científicos. En nuestro caso no lo usamos, porque una cosa es cometer la estupidez de ir a Prypiat, que es una zona contaminada, y otra bien distinta es comer, ducharte y dormir allí, eso es meterte en la boca del lobo».

Una vez que bajó del avión, el primer paso de Colomer fue contratar a un guía y acudir a una de las entradas oficiales que el ejército ha abierto para acceder a la zona de exclusión. «Todo el territorio está vallado y tiene varias entradas oficiales, aunque también hay un montón de entradas ilegales que son usadas por todo tipo de gente que acude al lugar para cazar animales contaminados», señala.

Llegada a la zona

En el control, le esperaban pacientemente varios militares con decenas de normas para evitar, aunque fuera mínimamente, que acabara intoxicado por radiación. «Entre otras cosas, te recomiendan por ejemplo que toda la ropa que uses durante tu viaje la tires allí al salir. Esto sucede porque, en cualquier momento, puedes llevarte sin darte cuenta una mota de polvo radioactivo enganchada en tu jersey».

Entre esas recomendaciones se encontraban también las de no comer ni beber nada que encontraran en las inmediaciones del lugar ni que hubiera sido cultivado allí. Esta simple precisión, según el escritor, fue imposible de cumplir cuando visitó a las personas que aún viven cerca de la central nuclear.

«Los tomates del huerto de un retornado tenían el corazón negro»«Cuando vas a la aldea de los “retornados”, que viven en extrema pobreza, y te ofrecen algo, es una ofensa muy grande no tomarlo. Realmente puedes ser descortés, pero la educación te lo impide. Allí por ejemplo, beber es como un ritual, y no puedes rechazarles un vodka, el cual hacen de agua contaminada, porque es como si a un español le rechazas la mano cuando te la tiende», completa.

En este sentido, y según cuenta, el clima de tranquilidad que transmiten las personas que viven y trabajan cerca de la central hace que el visitante que viene de fuera se termine relajando. «Al final acabas haciendo cosas que no deberías hacer, pero no por inconsciencia, sino porque todo es más normal de lo que la gente te cuenta. Realmente nos hemos formado una imagen de Chernóbil en base a la televisión, donde sólo importan las cosas malas. Además, cuando estás delante de una persona que lleva 50 años bebiendo el mismo vodka y está como una rosa, acabas diciendo… “me lo tomo y que sea lo que dios quiera”», sentencia.

A pesar de ello, no puede negar que notó un leve atisbo de temor cuando un lugareño le contó las curiosas propiedades de las verduras de su huerta: «Uno de los retornados me comentó que los tomates que crecían en su huerto tenían el corazón negro, pero que él y su mujer los habían probado y no eran malos».

Prypiat, la ciudad maldita

Sin embargo, de entre todo lo que pudo ver en su viaje, lo que más impactó a este español fue el desolador paisaje de Prypiat. Esta ciudad soviética, ubicada a pocos kilómetros de la central nuclear, tuvo que ser evacuada después de la explosión para evitar la intoxicación de sus habitantes. «Prypiat era una ciudad que tenía en su momento 45.000 habitantes y que fue construida a la vez que la central nuclear para sus trabajadores. De hecho, salvo los servicios básicos de la ciudad y los niños, todos los demás estaban empleados en la central», ultima el escritor.

Así, miles de niños, mujeres y hombres fueron sacados de sus viviendas bajo la promesa de que, en sólo 3 días, volverían a la ciudad. Desgraciadamente, el juramento no podría ser cumplido pues, según las autoridades, habrá que esperar 25.000 años hasta que la radiación abandone el enclave.

«Es impresionante entrar en una ciudad totalmente abandonada en la que la naturaleza está intentando recuperar el territorio que se le ha robado, da una gran sensación de desolación. Recuerdo que en los escalones de la entrada la biblioteca municipal veías como los árboles empezaban a crecer entre el hormigón. Es una imagen que te recuerda la fuerza inconmensurable de la naturaleza y la pequeñez del ser humano, que, por más que construya y edifique, no puede luchar contra ella», sentencia Colomer.

«Es impresionante entrar en una ciudad totalmente abandonada»En cambio, y a pesar de que este aventurero califica Prypiat cómo el lugar más impresionante que ha visto nunca, también ha podido comprobar por sí mismo las exageraciones que han promovido algunos medios de comunicación con respecto a una de las partes más emblemáticas de la ciudad: el parque de atracciones.

«Aunque es la foto típica de Prypiat, el parque de atracciones no tiene más que una noria que en la actualidad nos haría reír (es muy bajita) y una pequeña zona de autos de choque. Lo que si es verdad es que para un fotógrafo este lugar es un sueño hecho realidad. Pero, más allá del impacto visual, creo que es de lo menos importante de Prypiat. No obstante, entiendo que sea lo que los medios de comunicación más hayan difundido, pues una noria evoca a los niños y, para dar dramatismo al suceso, es bueno apuntar a los niños, que venden más que los adultos», finaliza.

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