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La genialidad de Steve Jobs

El autor de la biografía sobre el fallecido líder de Apple destaca la «intuición» y los «arranques imaginativos» como claves de su éxito. «La gente inteligente y con formación no siempre genera innovación», sostiene

Día 07/11/2011 - 13.14h

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Una de las preguntas a las que hice frente al escribir sobre Steve Jobs fue hasta qué punto era inteligente. A primera vista, no sería un gran problema. Cabe suponer que la respuesta obvia es que era muy, muy inteligente. Quizás merecería tres o cuatro «muy». Después de todo, fue el líder empresarial más innovador y de mayor éxito de nuestra época y encarnaba el sueño de Silicon Valley en toda su extensión: creó una pequeña empresa en el garaje de sus padres y la convirtió en la más valiosa del mundo.

Pero recuerdo que estaba cenando con él hace unos meses, sentados a la mesa de su cocina, como hacía casi todas las noches con su mujer y sus hijos. Alguien trajo uno de esos rompecabezas de un mono que tenía que llevar un montón de plátanos por un desierto, con una serie de restricciones sobre lo lejos que los podía llevar y cuántos podía cargar a la vez, y tenías que averiguar cuánto tiempo necesitaría. Jobs realizó unas estimaciones aproximadas intuitivas, pero no mostró interés en dilucidar el problema de forma rigurosa. Pensé en cómo Bill Gates habría hecho clic-clic-clic y hubiese dado la respuesta exacta de forma lógica en 15 segundos, y también en cómo Gates devoraba libros de ciencia por placer durante sus vacaciones. Pero entonces se me ocurrió otra cosa: Gates nunca creó el iPod. En vez de ello, ideó el Zune.

Por tanto, ¿era Jobs inteligente? No de forma convencional. Pero era un genio. Puede parecer un juego de palabras absurdo, pero en realidad su éxito pone de manifiesto una interesante distinción entre inteligencia y genialidad. Sus arranques imaginativos eran instintivos, inesperados y, a veces, mágicos. Los provocaba su imaginación, no el rigor analítico. Educado en el budismo zen, llegó a valorar la sabiduría de la experiencia por encima del análisis empírico. No estudiaba datos ni devoraba números, sino que, como un explorador, podía oler los vientos y presentir lo que le aguardaba más adelante. Me dijo que empezó a apreciar el poder de la intuición, en contraste con «el pensamiento racional occidental», cuando recorría India tras dejar la universidad. «En India, la gente del campo no usa su inteligencia como lo hacemos nosotros», afirmaba. «En vez de ello, utiliza la intuición... La intuición es algo muy poderoso, más poderoso que la inteligencia, en mi opinión. Eso tuvo un gran impacto sobre mi trabajo».

La intuición de Jobs no se basaba en un aprendizaje convencional, sino en la sabiduría experiencial. También tenía mucha imaginación y sabía cómo aplicarla. Como dijo Einstein: «La imaginación es más importante que el conocimiento». Einstein es, por supuesto, el verdadero ejemplo de genio. Tuvo coetáneos que probablemente le igualaban en capacidad intelectual pura en cuanto al procesamiento matemático y analítico. Henri Poincaré, por ejemplo, fue el primero en descubrir algunos elementos de la relatividad especial, y David Hilbert fue capaz de realizar ecuaciones para la relatividad general en la misma época que Einstein. Pero ninguno poseía la genialidad para crear un arranque imaginativo completo en el centro de sus teorías, a saber, que no existe algo como el tiempo absoluto y la gravedad es una deformación del material del espacio-tiempo. (De acuerdo, eso no es tan sencillo, pero por eso era Einstein y nosotros no)

Einstein poseía las cualidades difíciles de encontrar de un genio, entre ellas la intuición e imaginación que le permitían pensar de forma diferente (o, como decían los anuncios de Jobs, Pensar Diferente). Aunque no era especialmente religioso, describió esta genialidad intuitiva como la capacidad de leer la mente de Dios. Cuando evaluaba una teoría, se preguntaba: ¿Es esta la manera en que Dios diseñaría el universo? Y manifestó su malestar con la mecánica cuántica, que se basa en la idea de que la probabilidad desempeña un papel en el funcionamiento del universo, al declarar que no se podía creer que Dios jugara a los dados. (En una conferencia sobre física, Niels Bohr se vio obligado a recomendar a Einstein que dejara de decirle a Dios lo que tenía que hacer)

Tanto Einstein como Jobs eran unos pensadores muy visuales. El camino hacia la relatividad empezó cuando un Einstein adolescente seguía tratando de imaginarse cómo sería viajar junto a un haz de luz. Casi todas las tardes, Jobs pasaba tiempo paseándose por el estudio de su brillante jefe de diseño, Jony Ive, y tocando con sus dedos los modelos de espuma de los productos que desarrollaban.

La genialidad de Jobs no estaba, como admiten incluso sus más devotos seguidores, en la misma órbita cuántica que la de Einstein. Probablemente por eso sea mejor rebajar un poco la retórica y llamarla ingeniosidad. Bill Gates es súper inteligente, pero Steve Jobs era súper ingenioso. La primera distinción, creo, es la capacidad de aplicar la creatividad y las sensibilidades estéticas a un reto. En el mundo de la invención y la innovación, significa combinar la apreciación de las humanidades con la comprensión de la ciencia, es decir, conectar el arte con la tecnología y la poesía con los procesadores. Esa era la especialidad de Jobs. «Siempre me consideré una persona de las artes y letras cuando era niño, pero me gustaba la electrónica», afirmaba. «Luego leí algo que uno de mis héroes, Edwin Land de Polaroid, dijo sobre la importancia de la gente que podía colocarse en la intersección de las humanidades y las ciencias y decidí que era lo que quería hacer».

La capacidad de fusionar la creatividad y la tecnología depende de la capacidad para encontrarse emocionalmente en sintonía con los demás. Jobs podía ser petulante y poco amable cuando trataba con otras personas, lo que hacía que algunos pensaran que carecía de conciencia emocional básica. En realidad, era lo contrario. Podía evaluar a la gente, entender sus pensamientos interiores, engatusarla, intimidarla, identificar sus vulnerabilidades más profundas, y deleitarla cuando quería. Sabía, intuitivamente, cómo crear productos que gustaban, interfaces agradables y mensajes de mercadotecnia atractivos.

En los anales de la inventiva, las ideas nuevas son solo parte de la ecuación. La genialidad necesita ejecución. Cuando los demás fabricaban ordenadores con forma de caja con interfaces intimidantes que colocaban a los usuarios frente a unos desagradables avisos verdes que decían cosas como «C:>», Jobs vio que existía un mercado para un interfaz como un cuarto de juegos soleado. De ahí el Macintosh. Es verdad, a Xerox se le ocurrió la metáfora del ordenador de sobremesa gráfico, pero su ordenador personal fue un fracaso y no propició la revolución de los ordenadores domésticos. Entre la concepción y la creación, observaba T.S. Elliot, es donde cae la sombra.

De alguna manera, el ingenio de Jobs me recuerda al de Benjamin Franklin. Entre los fundadores, Franklin no era el pensador más profundo, ya que esa distinción le corresponde a Jefferson, a Madison o a Hamilton. Pero era ingenioso. Eso dependía, en parte, de su capacidad para intuir las relaciones entre cosas diferentes. Cuando inventó la pila, experimentó con ella para que produjera chispas que él y sus amigos usarían para matar a un pavo para su banquete de fin de temporada. En su diario, registraba todas las similitudes entre esas chispas y el relámpago durante una tormenta, y luego declaró: «Hagamos el experimento». Entonces, voló una cometa bajo la lluvia, sacó la electricidad del cielo, y acabó inventando el pararrayos. Como a Jobs, a Franklin le gustaba el concepto de la creatividad aplicada: coger ideas ingeniosas y diseños inteligentes y aplicarlos a aparatos útiles.

Es posible que China e India produzcan muchos pensadores analíticos rigurosos y tecnólogos entendidos. Pero la gente inteligente y con formación no siempre genera innovación. La ventaja de Estados Unidos, si es que sigue teniendo alguna, será que puede producir personas que son también más creativas e imaginativas, esas que saben cómo colocarse en la intersección entre las humanidades y las ciencias. Esa es la fórmula para la innovación de verdad, como demostró la carrera de Steve Jobs.

WALTER ISAACSON ES AUTOR DE LA BIOGRAFÍA «STEVE JOBS»

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