Miércoles , 21-04-10
CON el avión oficial yendo y viniendo de gañote a las rebajas de Londres. Con la piscina climatizada para dedicarse a algo tan gratificante como hacer submarinismo en plena meseta. Con Elena Benarroch como primera dama de su corte. Con los aproximados setecientos mil millones de asesores que tiene su señor esposo. Sin tener que pensar qué va a poner de cenar a las niñas cuando vuelvan del instituto. Sin tener que pagar ni factura de la luz, ni factura del gas, ni factura del agua, ni factura del teléfono, ni recibo de los gastos de comunidad, ni hipoteca, ni IBI del piso. Sin tener que pensar en el coche, que si hay que llevarlo a lavar porque está guarrísimo, que si el mes que viene hay que pasarle la ITV, que si va a caducar el seguro... Sin estas ataduras cotidianas, prisiones del alma, mazmorras del espíritu, yo creía que doña Sonsoles Espinosa, cuya mano beso, estaba encantada de la vida, de la gran vida, de la vidorra que se pega a costa de todos nosotros como inquilina de la Moncloa, en cuanto esposa del presidente del Gobierno.
Pues no.
Qué disgusto más grande tengo. Yo, la verdad, es que no puedo ver sufrir a nadie. Me parte el alma que alguien lo pase mal, como esta señora. Lo mío es, ¿cómo les diría yo? ¿Ustedes no ven lo de los antitaurinos separatistas catalanes con los pobrecitos toros? Bueno, pues lo mío con quienes lo están pasando mal es algo por el estilo, pero sin complicidad del Parlamento Catalán y sin odiar todo lo que huela a España. Por eso estoy desolado con lo que me acabo de enterar de esta pobre señora, Sonsoles, a quien creía la mujer más feliz del mundo, el ama de casa más liberada de preocupaciones, la esposa más realizada, la madre más contenta del orbe católico.
Pues no.
Doña Sonsoles lo está pasando muy mal en la Moncloa. No sé por qué. Quizá será porque quiere pagarse de su bolsillo los viajes al extranjero para sus gorgoritos en el coro de la ópera, o poner el dinero para la factura de la luz, o ir a Mercadona a hacer la compra, que está la nevera pelada. Esas cosas. Como ya decía El Guerra que hay gente pá tó, hasta hay gente para pasárselo muy malamente viviendo muy por encima de sus posibilidades y a costa de todos nosotros. Yo considero La Moncloa como el cuarto de invitados que tenemos los españoles, que lo pagamos de nuestro bolsillo para tener allí convidado a un tío cuatro años, viviendo a cuerpo de rey él y su familia, sin que su mujer, encima, tenga que preocuparse de si hay que comprar jabón para la lavadora, si se ha roto el lavavajillas o si la nevera parece que no enfría bien. Y nada digo de la zapatilla del grifo del lavabo. ¿Usted sabe lo que es estar cuatro años de señora de la casa sin pagar un duro y encima diciendo que le den por saco a la zapatilla del grifo del lavabo si la tata viene diciendo que gotea? Yo creía que Sonsoles estaba encantada de no tener que preocuparse de la zapatilla del grifo del lavabo del cuarto de baño de las niñas.
Pues no.
Según anuncia «Vanity Fair», que es como el BOE para el pijerío de izquierdas (sector Visa Oro), Sonsoles está hasta el mismísimo Logroño de vivir en la Moncloa. Se siente enjaulada. Como en una sartén hirviendo. La señora añora la tranquilidad de la vida en provincias. ¡Qué lástima de hija! Se impone, pues, organizar una campaña (electoral mismo) para que esta pobre mujer deje de sufrir. No hay derecho a que esta señora lo esté pasando tan mal viviendo de gañote en la Moncloa. ¿No salvan al lince de Doñana? ¿Por qué no hemos nosotros de salvar a Sonsoles de la Moncloa? Si se siente enjaulada, hay que desenjaularla inmediatamente, ¡Puerta, Camino y Mondeño! Y si añora la vida en provincias, debe volverse inmediatamente a León. De donde nunca debía haber salido. Ni ella ni el marido.

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