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Cinco grandes inventos que fueron desafortunadamente cuestionados

Día 09/04/2013 - 09.20h
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El coche, el teléfono o los ordenadores son elementos habituales de la vida moderna, pero en sus orígenes hubo quien creía que no tendrían utilidad

Los avances científicos y tecnológicos siempre han encontrado cierta resistencia por parte de grupos de personas reacios a aceptar las mejoras que ofrece la vida moderna. En ocasiones, quienes expresan su opinión contraria a la utilidad de esos inventos son personas conocidas y con influencia, por lo que sus opiniones son ampliamente reproducidas. Esto hace que cuando el tiempo les quita la razón sus desafortunadas palabras les sigan persiguiendo por los siglos de los siglos.

Para escarnio de sus autores, en el blog «Xataka ciencia» nos ofrecen una lista con cinco ejemplos en los que reconocidas personalidades de su época se oponían a la adopción de avances sin los que hoy la vida no sería igual:

1.-El tren de «alta» velocidad

Con el rápido desarrollo de los ferrocarriles de vapor en la primera mitad del siglo XIX, la posibilidad de que una locomotora alcanzara una velocidad mayor que la de un carro tirado por caballos motivó gran cantidad de ideas absurdas. Una de ellas se la debemos al profesor de filosofía natural y astronomía del Colegio Universitario de Londres Dionysus Lardner, que en 1830 publicó un artículo en el que aseguraba que viajar en ferrocarril a velocidad elevada «no es posible porque los pasajeros, incapaces de respirar, morirían de asfixia». No sabemos que habría opinado de los actuales trenes de alta velocidad, capaces de superar los 300 kilómetros por hora.

2.-El automóvil

En 1876, un congresista de Estados Unidos expresaba sus reticencias sobre el motor de combustión interna afirmando que este avance debía ser desechado, ya que implicaba fuerzas «de una naturaleza demasiado peligrosa para que encajara en ninguno de nuestros conceptos habituales».

Años después, en 1903, el empresario norteamericano Chauncey Depew advertía de que aún no había hecho su aparición «nada que pudiera sobrepasar al caballo y a la calesa». Ambos no tuvieron más remedio que tragarse sus palabras.

3.-El teléfono

A pesar de que, tal y como contábamos ayer, Gardiner Greene Hubbard comenzó a apoyar todas las investigaciones de Alexander Graham Bell después de que este se casara con su hija Mabel, cuando en 1876 asistió a una demostración del teléfono, le espetó al que sería su futuro yerno la desafortunada frase: «¡Bah! Sólo es un juguete».

En la misma línea se expresó el presidente estadounidense Rutherford B. Hayes, quien aseguró que aunque se trataba de un invento asombroso, nadie querría usar uno. William Preece, ingeniero jefe de Correos en Inglaterra también mostró sus escasas dotes como visionario al señalar que los americanos necesitaban este invento, pero no los británicos, ya que tenían gran cantidad de muchachos mensajeros.

4.-El agotamiento de las ciencias

A comienzos del siglo XX muchas personas opinaban que las ciencias no podían avanzar más de lo que ya lo habían hecho. Así, se atribuye al científico británico Lord Kelvin la desafortunada frase «Ahora no hay nada nuevo que descubrir en Física. Todo lo que queda son mediciones cada vez más precisas». Los importantes avances registrados a lo largo de los cien años siguientes demostraron lo equivocado que estaba.

Algún tiempo más tarde, el físico austríaco Ernst Mach señaló que podía aceptar la teoría de la relatividad tan poco como aceptaba la existencia de átomos y de otros dogmas por el estilo. Mientras, el biólogo J. B. S. Haldane publicaba un libro en el que afirmaba que era inconcebible que la herencia se transmitiera mediante una molécula. La confirmación de la Teoría de la relatividad y el descubrimiento de la estructura del ADN les quitaron merecidamente la razón.

5.-Los ordenadores

En los inicios de la informática, ni siquiera los directivos de las empresas llamadas a liderar esta revolución confiaban en ella. Así, se dice que en 1943, Thomas J. Watson, presidente de IBM aseguró que solo existía mercado para unos cinco ordenadores en todo el mundo, mientras que en 1977 el fundador de Digital Equipment Corporation, Ken Olsen, afirmó que no había razón alguna para que alguien pudiera tener una computadora en el hogar. Hoy en día, la afirmación sería la contraria.

También Internet fue fuente de cientos de predicciones que advertían de que la popularización de la red degeneraría en una sociedad formada por individuos aislados, puesto que ya no necesitarían salir de casa para pasar tiempo con los demás. La experiencia, por suerte, ha demostrado justo lo contrario.

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