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Un experto cuestiona el suicidio del matemático Alan Turing

Escéptico sobre la investigación oficial de la vida del genio británico, asegura que no puede descartarse la idea de un asesinato

Día 25/06/2012 - 10.18h
Un experto cuestiona el suicidio del matemático Alan Turing

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Contrario a la versión oficial, Alan Turing, padre de la computadora y genio británico de las matemáticas, no se habría suicidado. Según el experto en la vida y obra del científico Jack Copeland las pruebas presentadas para el veredicto oficial de su muerte en 1952 no serían hoy consideradas suficientes. «La investigación oficial adolece de tantos errores que hasta resulta imposible descartar un asesinato», señala Copeland.

Se sabe que Alan Turing murió por un envenenamiento con cianuro y que la empleada de la limpieza lo halló en la cama con una manzana a medio comer en su mesa de luz. La manzana, el cianuro y el tratamiento con hormonas al que había sido sometido en 1952, dos años de su muerte, para «curar su homosexualidad» se combinaron desde entonces para probar un suicidio debido a un desequilibrio mental y emocional. Según el veredicto que elaboró la justicia en la investigación de su muerte, «en un hombre de esta clase, es imposible decir cómo va a reaccionar mentalmente».

Nadie sabe qué quería decir el encargado de la investigación JAK Ferns con eso de «un hombre de esta clase», pero es de suponer que se refería a su homosexualidad, considerada delito en la Inglaterra de la época. Según Copeland esta teoría es una mera suposición con mucho de prejuicio y ninguna corroboración. «Nos hemos acostumbrado a esta narrativa de un científico atormentado e infeliz que terminó suicidándose, pero no hay ninguna prueba concreta de que esto fue así».

Excentricidades

La Policía jamás investigó si la manzana tenía rastros de cianuro, pero como la película favorita de Turing era «Blancanienves y los siete enanitos», se especuló durante mucho tiempo que había decidido copiar la muerte de la heroína, algo que de paso encajaría a la perfección con cierta concepción del mundo gay.

Según Copeland, el matemático siempre se llevaba una manzana que dejaba a medio comer antes de dormirse. Nada particularmente especial para alguien conocido por excentricidades como encadenar la taza de café al radiador por temor a que se la robaran o andar en primavera con máscaras antigás para combatir su alergia a polen. En el escritorio de su oficina había además una nota, que lejos de ser la clásica carta explicatoria del suicida, era un recordatorio de las cosas que debía hacer después del fin de semana.

En cuanto a su estado de ánimo, una vecina señala que cuatro días antes de su muerte había organizado un «maravilloso té» para ella y sus cuatro hijos, y un amigo suyo, que se había quedado en su casa el fin de semana, había dicho que Turing «parecía más feliz que de costumbre». Ni siquiera la supuesta causa profunda de ese aparente «desequilibrio mental» se comparece, según Copeland, con los testimonios.

Culpable de homosexualidad

En 1952 Turing denunció un robo en su casa y terminó siendo investigado y hallado culpable de homosexualidad. La justicia le dio a elegir entre la cárcel o un tratamiento de estrógeno. El matemático se inclinó por el estrógeno. Pero lejos de una intolerable humillación, hay pruebas de que Turing apeló a su sentido del humor –británico al fin– para superar el mal trago.

En una carta a un amigo le cuenta que «bajo arresto tuve una agradable sensación de irresponsabilidad, como si hubiera vuelto a la escuela». En otra se ríe del año en que fue sometido al tratamiento de hormonas, que le hicieron crecer los pechos, y a los términos de su libertad condicional. «Mi conducta ha sido deslumbrantemente virtuosa», señala.

Copeland señala que la explicación de la madre de Turing es perfectamente verosímil. «Turing, que era bastante descuidado, tenía arsénico en su casa para sus experimentos. Es probable que lo inhalara durante un experimento o que pusiera accidentalmente su manzana en una mezcla que contenía esa sustancia. Lo cierto es que es imposible estar seguros de lo que pasó. La idea de una muerte accidental es coherente con las pruebas que tenemos. Lo mejor hubiera sido un veredicto abierto porque la verdad es que probablemente nunca sepamos qué pasó», concluye Copeland.

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