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Cristina Cifuentes «El domingo es familiar, pero pendiente del móvil»

Siempre en el ojo de varios huracanes, Cristina Cifuentes, una delegada del Gobierno que vive en Malasaña, motera, aficionada a las pipas, al regaliz rojo y a las redes sociales, espera los domingos para estar en paz… o casi

Día 15/04/2012 - 20.44h

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«Para mí hacer fiesta es no tener que arreglarme para salir, no hacer nada, descansar, leer», nos cuenta. Madre de dos hijos, arrastra la cruz de que ha pasado poco tiempo en casa con ellos: «La única manera de compensar ha sido siempre dedicarles absolutamente todo mi tiempo libre, sobre todo cuando eran pequeños, yo en fin de semana me los he llevado a todos los sitios, no los dejaba por ningún otro plan, ellos eran mi plan».

Tiene la delegada un físico desmesuradamente joven (se forra todo el día de chuches y de cafés del Starbucks —«latte», con una pizca de canela— sin engordar) y una voz casi infantil que es como la guinda de un pastel de contrastes. No va a misa los domingos y levantó polémica pidiendo retirar la palabra «cristiano» de la definición del PP, pero en cambio se nos declara cristiana ella misma, ha educado a sus hijos en un colegio religioso y se resiente del «evidente ataque contra la Iglesia católica que vivimos con el Gobierno Zapatero». Considerada del ala popular más «progre», no le tiembla la mano al anunciar que con ella la ley se cumplirá a rajatabla en la calle y se reivindicará sin complejos a las fuerzas de seguridad.

«La Guardia Civil y la Policía Nacional no son el enemigo, es justo lo contrario, nos protegen a nosotros, a nuestras libertades y al Estado de Derecho», proclama con naturalidad. Y pone un ejemplo kafkiano: «Hace poco, en Lavapiés, la Policía fue a detener a un traficante, un camello, y en el momento de la detención unas llamadas brigadas vecinales contra las redadas de inmigrantes van y atacan a la Policía; hubo que pedir refuerzos y cuatro policías resultaron lesionados. Esto es el mundo al revés; ¿qué pasa, que no se puede detener a una persona que está traficando con droga porque es de color?»

En resumen, que por muy felices y muy familiares que se las quiera prometer la delegada del Gobierno en domingo, las más de las veces le toca pasarse por el despacho y, cuando no, vivir pendiente del móvil. «Prohibido desconectar», sonríe. Otra secuela es que apenas duerme: de 3 a 7 los días laborables, de 3 a 8 en fin de semana. «No tendría vida si no aprovechara la noche para hacer mis cosas», apunta.

Esas cosas suyas incluyen una firme presencia en las redes sociales. «Es la manera de que la gente pueda dirigirse a ti sin intermediarios», constata. La horrorizan los políticos que tienen «negros» que tuiteen por ellos y los que creen que «si entras mucho en Twitter, es que no trabajas». Para ella es un trabajo crucial que, además, se puede hacer de madrugada y aprovechando los tiempos muertos, así sea sacando el iPad en el metro.

Con todo esto el ocio dominical, cuando lo tiene, es una suma de pequeños milagros. De largos paseos por Malasaña, de escapadas al cine. «Cuando tenía tiempo me escapaba a ver dos y hasta tres películas seguidas; de no dedicarme a la política, me habría encantado ser crítica de cine», desvela, muy seria. También la vuelve loca su gata Cleo, casi una hija más. Cristina quiere tanto a Cleo que no le importa ni que le dé alergia: «Mis hijos me llaman friqui y mi alergóloga me llama anormal; liquida al gato, me dice. Ella no lo entiende, a mí la alergia me sobrevino cuando yo ya tenía la gata, menuda faena, pues ¿qué quieren que haga?, me aguanto y ya está».

¿Cocinar? Jamás. «No me gusta, no me interesa, y además, como yo como lo que sea…», escurre el bulto. Claro que ella puede, porque tiene a su marido Javier, un santo varón que no solo hace unos guisos estupendos, sino que después… ¡recoge la cocina! Felicito ardientemente a la delegada por su cónyuge y la animo a hacer público de dónde lo ha sacado, por si alguien quiere ir a por más.

«En casa no es que estén cambiados los roles, pero como yo siempre he tenido que estar mucho fuera, pues siempre se ha ocupado Javier, que también trabaja mucho, pero con otros horarios. Tener la retaguardia cubierta ha sido para mí fundamental. Si no, imposible», reconoce, agradecida. A veces detrás de una gran mujer hay incluso un gran hombre.

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