Economía

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Warren Buffett, el secreto del oráculo

Historia novelada de la vida del tercer hombre más rico del planeta, que predijo la caída de las «puntocom» y la crisis financiera. Un augur

Día 05/03/2012 - 08.58h

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Hay momentos que definen una vida mejor que la más extensa de las biografías.

Para el pequeño Warren, ese momento fue una tarde del verano de 1936 en su ciudad natal de Omaha, Nebraska. Warren quería ganar algo de dinero, así que compró chicles en el ultramarinos de su abuelo y comenzó a venderlos puerta a puerta por las cercanías de su casa. Una vecina, la señora Macoubrie, le pidió un paquete. El joven dudó un momento, pero respondió que tenía que llevarse cinco o nada. La señora no quería gastar tanto y le preguntó a Warren que por qué no quería romper el envoltorio. El pequeño la miró a los ojos y respondió: "Podría no vender los otros cuatro. Demasiado riesgo, señora".

Tenía seis años.

Seis décadas después, septuagenario y multimillonario, Buffett acudió a su cita anual en Sunny Valley. Una fiesta de una semana de duración donde algunos de los hombres más ricos e influyentes de los Estados Unidos se reúnen sin cámaras ni micros, organizan charlas y fortalecen sus lazos. A Buffett le tocó hablar en último lugar. Aquel año de 1999, por primera vez, habían sido invitados muchos de los dueños del emergente negocio de las puntocom. Un negocio en el que Buffett se había negado insistentemente a entrar. Les miró a la cara y les dijo con palabras amables, que su negocio era poco menos que una estafa piramidal y que iban a fracasar. Unos montaron en cólera, otros se rieron. Todos creyeron que eran los desvaríos de un anciano que racionalizaba el haber perdido el tren del boom tecnológico.

Los ecos de su discurso llegaron hasta los periódicos. Los analistas financieros y los accionistas de su empresa le tacharon de loco. En una controvertida junta, con más de 20.000 de ellos reunidos bajo el mismo techo, le solicitaron firmemente que invirtiese al menos el 10% de los fondos de Berkshire Hathaway en tecnológicas. Buffett se negó. Sus acciones bajaron a niveles alarmantes. Se convirtió en un hazmerreír.

Meses después, estalló la burbuja puntocom. Se perdieron decenas de miles de millones de dólares en pocas semanas. Y mientras sus acciones volvían a subir como la espuma y los editoriales de los periódicos señalaban que él había sido el único en avisar del riesgo, Warren Buffett recordó el paquete de chicles que no había querido partir para la señora Macoubrie. Había negocios que eran, simplemente, demasiado arriesgados. La promesa de un beneficio rápido puede acarrear muchas lágrimas en el futuro. "Y eso es igual para unos pocos peniques o para un billón de dólares", afirmaba en una entrevista. "Mi padre me enseñó que ningún árbol, por mucho que crezca, llega hasta el cielo".

A contracorriente

El padre de Warren Buffett montó un pequeño negocio de inversiones en 1930, poco después del crack del 29, en medio de la peor depresión de la historia de su país, cuando nadie quería comprar y vender acciones. Eran una familia humilde, hijos y nietos de tenderos, que ascendieron muy despacio a la clase media. Gente que bebía de la cultura luterana del trabajo duro, la honestidad y ganar las cosas por uno mismo. Que odiaba a Roosevelt y su New Deal. Que tuvieron tres hijos, el segundo de ellos un chaval con dotes para las matemáticas y un afán por coleccionar cosas, desde sellos hasta chapas de botellas. Y que a base de escuchar en la cena conversaciones sobre tipos de interés, beneficios y dividendos, declaró con 11 años que él quería ser millonario.

Sus padres sonrieron condescendientes, pero Warren fue a su habitación y trajo una pequeña caja de madera que no dejaba tocar a nadie, ni siquiera para limpiar el polvo. De un espacio entre los cajones sacó 120 dólares, una cantidad considerable para 1941, y los invirtió en seis acciones de la Cities Services Preferred que compartió con su hermana.

Tras una fluctuación del precio creyó que perdería dinero, y las volvió a vender ganando cinco dólares por acción en cuanto volvieron a subir. Pero «tan solo unos meses después la CSP subió más de 200 dólares, y yo me di cuenta de que había dejado de ganar mucho dinero por tener demasiada prisa. Fue mi primera gran lección. Primero, no corras. Segundo, conoce bien dónde te metes. Y tercero, ten en cuenta que cuando inviertes, si pierdes, vas a hacer que alguien se enfade mucho. Lo aprendí de la peor forma posible, ya que cuando el valor de CSP estaba bajo, mi hermana lo veía cada mañana en el periódico y pasaba todo el camino al colegio recordándomelo. Es una pesadilla mucho mayor que la más dura junta de accionistas», afirma el millonario.

Un crimen tras una fortuna

A Buffett le gusta citar —mal— a Balzac, diciendo: «No hay ninguna gran fortuna que no esconda un gran crimen». Para luego añadir: «Excepto en Berkshire Hathaway». Un hombre como él, que ha leído millares de libros, que consagra tres horas diarias a la lectura de periódicos, sigue sosteniendo que la mayor sabiduría que alcanzó en su vida «me la dieron mi padre y mi abuelo, y ese es el único secreto de mi éxito. Me hablaron de la bola de nieve en la que tú tienes que convertirte. Una piedra en lo alto de una montaña, a la que se le va pegando nieve mientras baja. Así es el dinero, si recorres el camino correcto, si te diriges al tipo correcto de nieve, se te va pegando cada vez más».

Sin cadáveres en el armario

La vida, como la bola de nieve de Buffet, solo puede vivirse hacia delante y ser comprendida hacia atrás. Así es en el caso del dueño de Berkshire Hathaway, que comenzó en una modesta oficina de un pueblo del Medio Oeste y posee ahora el 12,6% de American Express, el 8,6% de Coca Cola o el 12,5% de la temida Moody's. En medio hay una trayectoria que resiste todo escrutinio. No hay cadáveres en el armario del empresario, tan sólo una inmensa cantidad de suerte y sentido común. «Me he equivocado pocas veces, aunque estas han sido muy sonadas, como no haber comprado la televisión que Tom Murphy me ofreció o haber dicho que no a Wal-Mart en sus inicios [hoy se ha convertido en la compañía con más beneficios del mundo], son decisiones que me siguen pesando. Mis errores son casi todos de omisión. Me pienso las cosas demasiado».

Ser dueño de la octava empresa más grande del mundo con activos cercanos a los 400.000 millones de dólares o ser el tercer hombre más rico del planeta no significa nada para Buffett, que se compró una casa modesta en 1962 y sigue viviendo en ella. Y al mismo tiempo lo significa todo. «En el fondo de su corazón sigue siendo el mismo niño de primaria que coleccionaba sellos, solo que decidió dedicar su vida a coleccionar dinero», afirmaba un editorial del Washington Post.

También ha coleccionado sabiduría, una sabiduría que se ha vuelto paradigma. Se han escrito una veintena de libros e incontables artículos analizando su estilo de gestión y su olfato para detectar buenos valores bursátiles. No compra nada que no tenga garantizado un valor de productividad creciente. Acciones con activos anclados al suelo, motores bien engrasados, paredes sólidas y ventanas bien selladas. Una dirección personalista que hace muy relevante la elección de su sucesor, recientemente anunciada, y que hace contener el aliento en los despachos enmoquetados de decenas de grandes corporaciones controladas por Berkshire Hathaway.

Será difícil sustituir al Oráculo de Omaha, al hombre al que todos escuchan cuando apunta el camino dorado que conduce al beneficio. Pero cuando la voz disiente de la corriente general o desafía el sagrado dogma de la avaricia, a Buffett se le vuelve la espalda. Ocurrió en 1999 cuando anunció la burbuja puntocom, y volvió a suceder en 2002, cuando en una sentida carta en su web explicó que el mercado de derivados suponía un grave riesgo para la economía norteamericana. Que se estaban cargando en exceso de activos tóxicos y que era necesaria una fuerte regulación gubernamental de ese mercado o de lo contrario se produciría una reacción en cadena que llevaría a una crisis mundial. Los talibanes de la desregulación saltaron a su cuello y le llamaron rojo, socialista y las lindezas que suelen dedicar los que no ven más allá de sus narices. Huelga decir que en 2008 su profecía se volvió la triste realidad en la que estamos inmersos.

No es esa la única vez que su voz ha sido anatemizada. En mitad de la crisis, anunció que no entendía cómo era posible que él pagase sólo el 19% de su renta en impuestos, mientras que su secretaria, que ganaba mucho menos que él, pagaba el 33%. «¿Es esto justo? ¿Es esto correcto? Claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando». A resultas de sus esfuerzos, el presidente Obama planteó el año pasado la implantación de la Regla Buffett, una ley que garantizaría que los más de 450.000 estadounidenses que ganan más de un millón de dólares al año pagasen al menos el 30% en impuestos. Una generosidad a la que los implicados están muy poco dispuestos, alegando que el único camino para la prosperidad económica es que los superricos tengan impuestos superbajos. Pero a la que el propio Bufett —que hizo su primera declaración de la renta con catorce años— está dispuesto a contribuir con el ejemplo.

La bola de nieve

Hace seis años, Warren Buffett emitió un sencillo comunicado de prensa que asombró al mundo entero. Anunció que donaría el 99% de su dinero a caridad. Pero no lo haría a través de medios convencionales. Nada llevaría su nombre, la mayor parte de ello se le entregaría a la Fundación Bill y Melinda Gates, con instrucciones específicas de ser gastado en el bienestar de la Humanidad. «Tengo la inmensa suerte de haber ganado la lotería genética. Mis posibilidades de nacer en Estados Unidos en lugar de en cualquier otro país en 1930 eran de treinta a uno. Nacer blanco y varón allanó muchos otros obstáculos, hacerlo en una familia que me diese amor y cultura fue ganar el gordo. Por eso ahora ha llegado el momento de devolver lo conseguido».

Cabe pensar qué sentirían los padres de Warren si viesen a su hijo —el niño que no dejaba acercarse a nadie a su cajita de madera llena de monedas duramente ganadas— donar una cantidad de más de 40.000 millones de dólares con una sonrisa y un tímido gracias. Orgullo, quizás. O tal vez aquiescencia. Porque al fin y al cabo ese es el destino de la bola de nieve al llegar al pie de la montaña. Derretirse en el prado reseco y hacer que crezca nueva y fresca hierba.

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