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Irán, y no al Qaida, amenaza el Irak suní

En el bastión suní de Irak la guerra es sectaria, el enemigo no es Al Qaida sino Teherán, que cobija a los terroristas

Día 27/08/2010 - 12.11h
m. ayestarán
Mercado central de Ramadi
Convoyes de blindados estadounidenses ralentizan el tráfico en la autopista que une Bagdad con Ramadi y que sigue hasta Jordania. La capital de la provincia noroccidental de Anbar ha sido testigo privilegiado en los últimos siete años del auge y caída de Al Qaida, y vive con preocupación el incremento de la violencia en el país con motivo de la retirada de las fuerzas de combate americanas. Los 79 muertos de las últimas 48 horas son la tarjeta de presentación de unos grupos insurgentes que han demostrado su capacidad para volver a golpear a lo largo de todo el país.
«El miércoles intentaron colocar seis coches bomba, pero pudimos interceptarlos a tiempo y no hubo que lamentar víctimas», informa el jefe de Policía, Baha Husein Abed al-Karghi, un veterano de la lucha contra la insurgencia con experiencia en Basora, Bagdad o Mosul. Cuando se pregunta a las autoridades sobre el enemigo al que se enfrenta Irak el nombre de Al Qaida es el primero que se pone sobre la mesa, junto al de grupos hermanos como el Estado Islámico y Hamás de Irak, «son lo mismo, obedecen a un amo y usan los mismos métodos, para nosotros son todos iguales», asegura Al-Karghi, que repasa la lista de detenciones en el último mes en su cuaderno y eleva a 27 el número de arrestados por actividades relacionadas con el terrorismo.
La comisaría central de Policía está protegida por los mismos muros que la casa del gobernador. Un carril entero de la carretera permanece cortado para que los vehículos no se aproximen, y el Ejército vigila el único acceso con dos puestos de control. El mismo panorama se repite en cada edificio público. Muros de cemento y alambradas protegen a las autoridades, pero no siempre son suficientes.
Financiados por Irán
Qasim Abid regresó a Irak tras permanecer tres años en Dubai y ahora ocupa el puesto de gobernador. Antiguo director general de Industria durante la época de Sadam Hussein, una mañana escuchó una explosión y se acercó al lugar para ver lo ocurrido... «Cuando me dispuse a regresar, a pie porque estaba en la misma puerta, un joven se aproximó corriendo a mí y se inmoló. Me acuerdo hasta de su cara». Perdió un brazo y una pierna. «Al Qaida es el grupo más operativo y cuenta con el apoyo de otras facciones locales financiadas, entrenadas y armadas por Irán, como hemos comprobado tras varias detenciones y la incautación de armas, la última el pasado marzo antes de las elecciones», dice rotundo mientras analiza con un puntero láser las fronteras con Jordania, Siria y Arabia Saudí que comparte Al Anbar, una provincia que supone el 33% de Irak.
Las mismas acusaciones al vecino iraní se pueden escuchar en Bagdad de boca de altos cargos del Gobierno suní como el viceprimer ministro, Rafie al-Issaui, que asegura que «la información que tenemos sobre la influencia de Teherán en nuestra seguridad no es positiva y hay que exigir que dejen de una vez de dar cobijo a grupos que luego cometen atentados aquí».
Cualquier recorrido a pie o en coche por la ciudad se realiza escoltado. En el mercado central los vendedores denuncian «el abandono del gobierno, dimos nuestras vidas para acabar con Al Qaida y ahora ellos pelean por un asiento, pero no hacen nada por nosotros», advierte Baqer Hamed Attala, cuya tienda tiene más de veinte años de historia. Recuerda los años 2005 y 2006, en los que Al Qaida gobernaba la ciudad, como «una época terrible».
Las milicias del Despertar
Después llegó el nacimiento del Sahwa, las milicias del Despertar Suní, y las milicias formadas por los líderes tribales y financiadas por EE.UU. acabaron con el poder del grupo fundamentalista. El 14 de septiembre de 2006 se produjo la declaración formal de guerra a Al Qaida y a las 24 horas dieron inicio los combates. El trabajo que los americanos no fueron capaces de hacer en solitario, lo hicieron estas milicias que poco a poco se extendieron por todo el país.
Las mismas quejas contra el gobierno de Bagdad se escuchan en cada puesto del mercado, sin importar la presencia de un miembro de la gobernación. La falta de seguridad es la primera preocupación de una larga lista de demandas de unos ciudadanos que siguen con problemas de electricidad y servicios mínimos en las ciudades, una herida abierta tras la invasión de 2003 que nadie es capaz de cerrar. Tras veinte minutos en el centro urbano y una breve parada frente a la antigua mezquita Sadam, rebautizada en 2003 como mezquita Central, hay que cambiar de escenario por seguridad.
El extranjero es escoltado a zonas menos transitadas de las afueras de Ramadi en las que se están llevando a cabo proyectos de construcción de viviendas como el de la zona residencial Al Farouk donde vietnamitas, austriacos e iraquíes trabajan en la construcción «de una nueva Ramadi», asegura el director de la obra, Osama Al Rawi. Con vistas a la base militar y rodeados por muros de cemento, los operarios tienen dos años para concluir un proyecto faraónico para la construcción de 1.400 viviendas, catorce edificios de doce alturas, un centro comercial, una mezquita y seis escuelas. «Esperamos que EE.UU. siga mucho tiempo, ellos son la garantía de nuestra seguridad», explican los trabajadores de la obra señalando en dirección a la base. Una garantía que tiene el 31 de diciembre de 2011 como fecha de caducidad.

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