Kafka (en la imagen) publicó «Informe para una academia» en 1920
Kafka (en la imagen) publicó «Informe para una academia» en 1920
LIBROS

«Informe para una academia», Franz Kafka en el cosmo de la palabra

Quienes dicen que Kafka tenía una acentuada vena humorística se apoyan en su «Informe para una academia», donde un mono puede hablar. Pero este relato es mucho más

MadridActualizado:

En un bellísimo texto de Marc Chagall, «Circo», editado en París por el griego Teriade, junto a algunas de sus imágenes ilustrativas del «mayor espectáculo del mundo», el genio ruso escribió: «Podemos tranquilamente hacer la genuflexión delante de un caballo, y rezar». Siempre me ha recordado, esta afirmación, a sendos episodios en los que Dostoievski («Crimen y castigo») y Canetti («Las voces de Marraquesh») narran la crueldad ejercida contra un caballo y un burro respectivamente. Quien los haya leído recordará temblando tanto el insoportable patetismo de ambas escenas como su valor simbólico: el ejercicio abusivo del dominio del hombre sobre la creación contiene una forma de deshumanización radical. Algo de esto, elevado al plano del misterio de la enfermedad mental, ocurrió en la Piazza Carlo Alberto de Turín cuando Nietzsche se abrazó al cuello de un caballo al que un cochero golpeaba sin el menor atisbo de piedad.

Pero la piedad, la empatía o el irracionalismo no son, ni de lejos, la vía más directa por la que el arte moderno ha contemplado la vida animal. Detrás de la revolucionaria intuición de los pintores «fauves» (salvajes, bestiales), de que había que borrar los restos de la roña del academicismo, librándose de ataduras formales, latía un fuerte deseo de vincularse con lo más puro del proceso civilizatorio. De ahí no sólo su tendencia a la estilización y al lirismo pictóricos sino, sobre todo, la complejidad de un método que simula la espontaneidad pero que en realidad busca una armonía (de colores, de formas) siempre más sutil, siempre más liviana y perfecta. Henri Matisse fue su máximo exponente.

«Informe para una academia» es una mezcla de extendida alegoría y desternillante relato

También Kafka escribió un texto largo contra la Academia. Todo un informe (frío, calculado, objetivo) en el que el narrador es un mono que, sin dejar de serlo, ha entrado en el cosmos de la palabra. Un hombre-mono o un mono-hombre, como prefiramos. Uno de los nuestros, alguien que, por medio del aguardiente, ha dado un salto más acelerado que los demás, en el proceso evolutivo, llegando a ser hombre, además de mono. ¿De qué naturaleza es dicho salto? ¿Por qué antes no era hombre y ahora sí? Muy sencillo. En el texto kafkiano, porque el mono aprende a hablar. Y hasta escribe -¿o dicta?- informes para las academias.

Costa de Oro

En una extendida alegoría, en un desternillante relato, este mono gramático se dirige a la Academia de los hombres antes de que el paso del tiempo (aquí el tiempo no es tanto cronológico como metafísico) le impida volver atrás y recordar los pasos de su transformación: desde su captura en la Costa de Oro africana (Guinea), el trayecto en el barco metido en una caja estrecha y los sucesivos intentos de amaestrarlo, hasta su acceso a lo humano, su vida como artista en un teatro de variedades de Hamburgo y su prestigio en la opinión pública del país, lo que no le impide seguir haciendo el amor como un mono, de noche, con una colega chimpancé semi-amaestrada.

Kafka escribió esta obra maestra en abril de 1917 y la incluyó en el volumen titulado «Un médico rural», que se publicó a comienzos de 1920 (Kurt Wolff Verlag). A estas alturas, con poco menos de un siglo de distancia, la academia literaria conoce los pasos del escritor al menos tan bien como el protagonista de la leyenda «Ante la ley» (que Kafka quiso incluir en la colección en la que apareció el «Informe») conocía cada movimiento de las pulgas del cuello de piel de su tabardo. Por eso sabemos que, casi con toda probabilidad, Kafka escribió la pieza después del 1 de abril, día en el que el periódico «Prager Tagblatt» publicó una crónica sobre la actuación de un mono en un teatro de variedades de Praga.

Nadie ignora tampoco que Kafka leía a E. T. A. Hoffmann, y que este autor escribió dos textos («Noticia sobre el más reciente destino del perro Berganza» y «Noticia sobre un joven educado») en los que el perro cervantino en la primera, y un mono en la segunda, narran su vida. En esta, el simio alcanza, como en el relato kafkiano, la condición de hombre y también de artista (pianista, en su caso). No parece posible eludir, en la interpretación del texto, estos precedentes, al menos en lo que se refiere por una parte al título del cuento y por otra a algunos de sus principales elementos estructurales.

He citado, como de paso, la inclusión de la parábola «Ante la ley» en el libro en el que fue publicado «Un informe para una academia» por varias razones más. Pero antes de exponerlas, quiero contar en qué consiste este texto con forma de parábola, para muchos una de las claves de comprensión de toda la obra kafkiana. El escrito -una página- aparece también en el momento final de la novela «El proceso».

Prohibido pasar

En dicha obra un personaje que se llama Joseph K., al despertar, se ve inmerso en un proceso judicial del que desconoce el motivo de la imputación, quién le juzga y cuál es el sentido general de la causa instruida en su contra. Su vida, no obstante, cambia radicalmente. Nada queda fuera de un proceso inquisitorial lacerante, secreto y omnímodo. Hacia el final del relato, antes del desenlace, Joseph K. se encuentra en la Catedral esperando a un invitado al que debe mostrar la ciudad.

El hombre no llega y Joseph accede al interior de la iglesia, curiosea un poco, y, cuando va a salir para irse, escucha su nombre pronunciado por un prelado en alta voz. Se detiene y se acerca al «pater», que le manifiesta que conoce la gravedad de su situación y que, puesto que Joseph no es capaz de ver claro en su propio caso, le va a explicar, con una parábola, el sentido de su juicio. Entonces pronuncia lo que Kafka llamó «Ante la ley», la historia de un campesino que se encuentra ante una puerta en la que hay un guardián que le dice que no puede entrar, que se lo desaconseja. El hombre se resigna y se aposta ante la puerta de la Ley, limitándose a esperar. Pasa la vida, de repente sale del interior de la puerta un destello de luz, el campesino envejece y muere. Antes de su óbito, el cancerbero se agacha y le susurra que en realidad debía de haber entrado por la puerta porque aquella estaba abierta solo para él y que ahora, ante su último suspiro, la iba a cerrar delante de sus narices. ¡Terrible imagen!

También en «Un informe para una academia» se habla de una puerta grande, «el portón que forma el cielo sobre la tierra», uno que, conforme el proceso de humanización del mono avanzaba, se vuelve «más bajo y más estrecho», menguando hasta hacerse, con la incorporación al mundo de los hombres, del todo inaccesible.

Sin respuesta

Eso es justamente lo que Kafka llama, en esta obra y en otros pasajes de sus cartas -especialmente en la famosa epístola a su padre-, «libertad» (Freiheit), y que para él representa lo inalcanzable y lo perdido pero a la vez lo más íntimamente deseado. El hombre no tiene acceso a la libertad, y debe limitarse por tanto a encontrar una salida («Ausweg»), en el caso del mono parlante la salida de preferir ser hombre y artista.

Para Kafka, la libertad representa lo inalcanzable, lo perdido, y a la vez, lo más íntimamente deseado

La pregunta que Kafka deja sin responder, posiblemente porque para él no tiene el menor sentido hacerlo, es si el mono (el «mono libre» que fue su narrador antes de acceder al habla) tenía o no esa libertad, y si de tenerla, era la misma que el mono convertido en hombre anhelaba.

¿Cuál es entonces la conexión entre esa clave de bóveda kafkiana que es «Ante la ley» y la posible interpretación del «Informe»?

La primera, circunstancial, es que Kafka se empeñase en introducirla de nuevo en el conjunto publicado por Kurt Wolff, a pesar de que la leyenda del campesino, escrita a finales de octubre de 1914, ya había sido editada con anterioridad en dos ocasiones. En las negociaciones con el célebre editor, Kafka incluyó el deseo de dedicarle a su padre el libro, y eso le llevó a pedir que se publicara cuanto antes para que aquel pudiese recibir el mensaje. Todo ello apunta a que se trata, en todas las piezas de «Un médico rural», de volver una y otra vez sobre las grandes obsesiones kafkianas, las que sintetizó en «Ante la ley» y sobre las que volvió insistentemente en «Un informe para una academia».

Teología de la luz

Hay quienes piensan que no hay tales grandes asuntos, que Kafka es solamente un humorista, como demostraría precisamente este escrito paródico. Otros hacen una interpretación sionista del núcleo kafkiano: el «Informe», una vez más, ilustraría de modo satírico la, a la vez imposible e inevitable, asimilación de los judíos en la cultura europea tanto históricamente hablando como en el momento en el que la narración fue escrita. No sólo los judíos como tales, apostillan algunos, eso sería muy limitante, hay que pasar de la lectura filo-genética a la más comprensiva teoría onto-genética que tiene que ver con la asimilación de cualquier individuo por parte del mundo adulto, de la sociedad política, de la religión y de la cultura.

Pero cabe mencionar al menos un plano distinto y compatible con lo que todos los anteriores puedan tener de parcialmente verdadero, y no es otro que el plano teológico u onto-teológico. De ese modo, el sionismo se eleva a lo que conocemos como judaísmo o a lo que podría denominarse, tan bien en este caso, judeocristianismo.

Me refiero a la teología de la luz y de la palabra como «logos», de la noción de persona y del amor trinitario. Algo que evidentemente no puedo desarrollar aquí y que está contenido en los textos sagrados y reflejado pálidamente en las geniales páginas de Franz Kafka.