El insólito robo de un Boeing 727 del aeropuerto de Luanda
El N844AA, en el aeropuerto de Chicago, 14 años antes de su desaparición - abc

El insólito robo de un Boeing 727 del aeropuerto de Luanda

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En nuestros días, el robo de un coche es ta habitual que hace mucho tiempo que ha dejado de ser noticia. Sin embargo, la sustracción de un avión parece tan complicada que resulta imposible que alguien con los conocimientos suficientes para pilotarlo pueda subirse a una aeronave estacionada en un aeropuerto, la haga rodar por la pista y, desoyendo todas las advertencias de la torre de control, despegue con ella hacia un lugar desconocido.

Aunque parezca una historia inverosímil y digna de una cinta de acción hollywoodiense, precisamente eso fue lo que ocurrió con un Boeing 727 el 25 de mayo de 2003 en el aeropuerto Quatro de Fevererio de Luanda. Tal y como recuerda un artículo publicado en el blog «Compendium Magazine», el aparato, con matrícula N844AA, había sido estrenado en 1975 por American Airlines, aunque en aquel momento su propietario era Aerospace Sales & Leasing.

Un año antes del misterioso robo, esa empresa había llegado a un acuerdo para transformar el aparato en una especie de avión cisterna para transportar combustible hasta las minas de diamantes del interior del país y venderlo a un consorcio encabezado por Air Angola. Durante la modificación, las butacas fueron sustituidas por diez tanques que sumaban una capacidad total de 19.000 litros.

Poco tiempo después de los primeros vuelos, los problemas económicos de los compradores y el impago de las tasas aeroportuarias motivaron que el avión fuera retenido en el aeropuerto de la capital angoleña, donde permaneció más de un año parado. A mediados de 2003, Aerospace Sales & Leasing decidió vender la aeronave a una empresa sudafricana. Antes de ello, era necesario realizar una concienzuda puesta a punto para volver a obtener el permiso operativo que le permitiera volver a volar.

La reparación fue encargada a dos técnicos de esa empresa, el mecánico y piloto de avionetas Ben Charles Padilla y su ayudante John Mikel Mutantu, junto a un equipo de mecánicos angoleños. El 25 de mayo de 2003, Padilla y Mutantu tenían previsto sacar el avión del hangar para probar los motores y volver a guardarlo sin que despegara, ya que ninguno de los dos poseía la acreditación necesaria para pilotarlo.

Hacia las cinco de la tarde, el 727 salió de la nave en la que estaba siendo reparado, encendió sus motores y empezó a rodar por la plataforma del aeropuerto con las luces de posición apagadas y sin comunicarse con la torre de control. Instantes después, entró en la pista de aterrizaje y despegó sin ningún tipo de autorización. Adoptó rumbo suroeste sobre el Atlántico y se perdió en el horizonte.

Habían transcurrido casi dos años desde los atentados del 11 de septiembre y el insólito robo disparó todas las alarmas, ya que su transformación en nave cisterna lo convertía en el arma ideal para cometer otro ataque suicida. Durante varios meses las autoridades estadounidenses elevaron la alerta antiterrorista, pero el avión nunca dio señales de vida.

Casi once años después de los hechos, los motivos siguen siendo un misterio. Entre las teorías más barajadas, hay quien apunta a que fue robado por terroristas o narcotraficantes, después de asesinar a los dos mecánicos, con la intención emplearlo para transportar armas o drogas tras ocultar su procedencia bajo documentación falsa. Otras, en cambio, sostienen que los autores fueron los propios Padilla y Mutantu, siguiendo órdenes de la empresa propietaria del avión para evitar saldar las deudas que mantenían la aeronave inmovilizada en Luanda.

Según esta última, la impericia de Padilla a los mandos de un aparato tan grande y complejo que, además, llevaba 14 meses inmovilizado, concluyó con un accidente sobre el océano o el desierto y la destrucción de la nave y la muerte de ambos tripulantes. Además, al desconocer qué había ocurrido con el avión y no poder demostrar el robo, Aerospace Sales & Leasing jamás recibió ningún tipo de indemnización de su compañía de seguros.

Lo único cierto es que desde aquel día, nadie ha sabido nada más del antiguo Boeing 727 de American Airlines ni de los dos hombres encargados de su puesta a punto