Historia Militar

«San Agustín», el navío español abordado en tres ocasiones durante la batalla de Trafalgar

La última exposición del Museo del Ejército atesora un diorama de tres metros cuadrados sobre el épico combate de este buque en 1805

Manuel P. Villatoro - Actualizado: Guardado en: Historia Militar

El «San Juan Nepomuceno», el «Bucentaure» y, por supuesto, el «Santísima Trinidad». Son muchos los barcos que, cañón en cubierta, lograron pasar a la historia tras la batalla de Trafalgar, sin embargo, existieron también una serie de buques que –olvidados por el tiempo- protagonizaron todo tipo de actos heroicos en aquella cruenta lucha contra la Royal Navy. Precisamente uno de ellos fue el «San Agustín», el cual logró resistir en varias ocasiones el abordaje de casi media docena de bajeles de la Pérfida Albión y cuyo último combate naval ha quedado recogido en un diorama de tres metros cuadrados que, a día de hoy, puede visitarse en la exposición temporal «Miniaturas militares. Ventanas a la historia de España», organizada por el Museo del Ejército de Toledo.

La historia de este buque comienza en la década de 1760, época en la que por las mesas de dibujo ya circulaban los planos de un nuevo navío de línea equipado con 70 cañones. No obstante, hubo que esperar nada menos que ocho años hasta que aquellos primeros diseños fueron transformados en un gigante de madera y lona por los operarios del astillero de Guarnizo, ubicado en tierras cántabras. Fue finalmente en 1768 cuando España dio la bienvenida al «San Agustín», el nuevo buque de dos cubiertas de Su Católica Majestad Carlos III.

El «San Agustín», en Trafalgar

Una vez en servicio, el «San Agustín» participó en decenas de acciones militares a través de mares y océanos. De hecho, llegó a trasladar sus cañones a aguas americanas para combatir en la bahía de Pensacola (Florida) contra los casacas rojas. Concretamente, y durante aquella contienda, este barco reforzó a la flota hispana que estaba asediando la plaza inglesa, lo que supuso una dolorosa derrota de la Pérfida Albión.

No obstante, y a pesar de sus numerosas colaboraciones en pequeñas contiendas (en las que llegó a ser apresado dos veces por el enemigo) el «San Agustín» protagonizó sus actos más heroicos en la nefasta batalla de Trafalgar. Corría por entonces una época en la que España se encontraba plegada a las órdenes de un pequeño gran hombre -Napoleón Bonaparte- quien, a base de tratados, había logrado que nuestro Carlos IV se rindiera a sus pleitesías. En esas andábamos cuando al «pequeño corso» le surgió la idea de invadir Inglaterra mediante un complicado plan: formar una inmensa flota franco-española con la que dar de cañonazos a la Pérfida Albión. Precisamente a esa armada combinada fue destinado el «San Agustín».

Dicho, pero no hecho. En los meses siguientes, esta escuadra trató de despistar a los buques ingleses que dominaban el Canal de la Mancha para transportar a un gran ejército francés desde el norte de Francia hasta el sur de Gran Bretaña, pero el plan hizo, nunca mejor dicho, aguas. Así pues, y por indolencias del destino, el 21 de octubre de 1805 los 33 buques de la Armada Combinada decidieron enfrentarse cubierta a cubierta a una flota enemiga formada por 27 navíos de línea. La premisa estaba clara: vencer y cumplir el plan, o morir.

Aquel día, el «San Agustín» se encontraba al mando de Don Felipe Jado Cajigal, quien había recibido órdenes de situar su buque en el centro de la formación española y a proa del insigne y poderoso «Santísima Trinidad» -el gigante de 140 cañones y orgullo de la armada de nuestro país-. Al lado de aquel coloso la derrota parecía imposible. No obstante, ni el mayor de los navíos es capaz de combatir contra la torpeza de un almirante como el que aquel día dirigía a la Armada Combinada: el galo Villeneuve. Así pues, el gabacho no supo cómo actuar cuando observó que los británicos se acercaban en perpendicular a su línea de batalla dispuestos a cortar la formación hispano-francesa en dos.

Por desgracia, el plan de actuación de los casacas rojas fue perfecto, pues consiguieron –casi sin oposición- romper la línea de combate aliada. Esto provocó que buques como el «Santísima Trinidad» y el «San Agustín» se enfrentaran a un número de bajeles ingleses muy superior. Y es que, al combatir la Pérfida Albión en el centro, los navíos de la armada hispano-francesa que se encontraban en los extremos de la formación se quedaron sin objetivos a los que cañonear.

En principio, el «San Agustín» trató por todos los medios de proteger al «Trinidad» de las ingentes bolas metálicas que lanzaban los británicos. De esta forma recordaba Cajigal aquellos duros momentos en una misiva posterior en la que explicaba los sucesos a sus superiores: «Una de las columnas que desplegaron los enemigos se dirigió al medio de la vanguardia, recorriendo por allí (…) hasta el centro (…) en cuyo instante ordené que se rompiese fuego. (…). Duró hasta las dos y media poco más o menos, hora en que, habiendo desfilado toda la línea enemiga y atacado el navío “Trinidad”, cortando el centro por aquella parte, y abrumándole sobre manera (me dirigí) sobre un navío de tres puentes que lo batía por estribor, á quien á las primeras descargas rompimos parte de sus vergas».

No obstante, una vez que el «Santísima Trinidad» se rindió, Cajigal se vio superado todavía más, si cabe, por la flota enemiga. «Rendido el “Trinidad» se emplearon contra el “San Agustín” dos navíos de tres puentes que por babor y estribor lo batían, tomando las aletas y enfilando todas sus baterías. (A su vez), fue preciso continuar el fuego por un costado contra otros dos navíos de ochenta cañones que por estribor y mura de la misma banda nos acribillaban a metralla», completa el capitán.

Por su parte, los ingleses no lo dudaron y, aprovechando su superioridad numérica y la mala situación de Cajigal, se acercaron lo suficiente al «San Agustín» como para tomarlo por las armas. «Roto el centro y rendidos algunos buques de él, se replegó el enemigo en número de cinco navíos sobre (el “San Agustín”), que sostuvo su fuego hasta más de las cinco y media de la tarde, que fue preciso ceder ante a tanta superioridad y a dos repetidos abordajes, que al tercero ya no pudo oponérseles suficiente gente, por hallarse ocupada en las baterías la poca que restaba», finaliza el oficial en su carta.

Finalmente, tras cinco horas de heroica contienda, Cajigal no tuvo más remedio que rendirse ante la superioridad numérica de los ingleses. De nada sirvió haber resistido a espada, daga y hacha dos asedios británicos, pues, al acabar la jornada, y con la batalla perdida, el enemigo se había hecho con el control del navío. Sin embargo, tales fueron los daños que sufrió el «San Agustín», que a los casacas rojas no les quedó más remedio que incendiarlo. Por contra, y como bien insinuó después el capitán español, aquel día su tripulación y su bajel perdieron todo menos el honor.

Un diorama para el recuerdo

Con todo, el paso del tiempo diluyó la heroicidad del «San Agustín», ya que quedó ensombrecida por buques como el «San Juan Nepomuceno» de Churruca –el cual se enfrentó a más de media docena de navíos británicos en Trafalgar-. Sin embargo, la historia de los hombres de Cajigal ha reflotado gracias al Museo del Ejército, en el cual se expone desde hace varios días un diorama de tres metros cuadrados que, formado por varias maquetas y miniaturas, representa el último combate de este navío español contra uno de los buques de la Pérfida Albión.

Concretamente, este diorama es solo uno de los muchos que, desde el pasado miércoles, pueden apreciarse en la exposición temporal «Miniaturas militares: Ventanas a la historia de España» ubicada en el Alcázar de Toledo. «La escena representa al navío inglés “Leviathan” cañoneando al “San Agustín”. Está en la exposición, entre otras cosas, porque en el “San Agustín” iba embarcado el Regimiento de Infantería de la Corona para combatir en la batalla. Lo que tenemos aquí sólo es una parte de una escena que tiene 12 metros cuadrados. El original, que nunca ha llegado a montarse, ocupa cuatro veces este espacio y cuenta con ocho grandes galeones que reconstruyen la escena central de la contienda de Trafalgar. El nivel de detalle es espectacular», explicó José Ignacio de la Torre Echávarri, Jefe del Departamento de Arqueología y Patrimonio del Museo del Ejército y Comisario de la propia Exposición, durante la inauguración de la misma el pasado miércoles.

Más de 22 siglos en 20.000 miniaturas

La exhibición, que ha recibido el apoyo de multitud de entidades y grupos tales como la Fundación Museo del Ejército y la Fundación Iberdrola, muestra al visitante miles de figuras a escala aunque, eso sí, de una forma totalmente novedosa. «Como su nombre indica, esta es una exposición dedicada a “soldaditos de plomo”, pero hemos querido presentarlos de una manera lo más didáctica posible. La muestra cuenta con más de 80 dioramas que conforman más de 80 situaciones culminantes para la historia de España. De esta forma, se puede hacer un recorrido desde la conquista romana de Sagunto (219 A.C.) hasta las misiones actuales del ejército español en Bosnia o Afganistán», destacó Ignacio de la Torre.

En la exposición pueden contarse más de 20.000 soldaditos de plomo –muchas con siglos de antigüedad-, un número que ha obligado a los responsables a trabajar durante más de un mes en su montaje, restauración y adecuación. A su vez, varios de los dioramas han sido ambientados con representaciones a escala de edificios destacados de la Historia de España construidos en madera por Bernardo Alonso, ebanista y maquetista del Museo del Ejército.

Por otro lado, Ignacio de la Torre quiso subrayar también que la muestra no alberga únicamente episodios bélicos, sino también momentos clave para la Historia de España tales como juras de bandera, cortejos fúnebres o, incluso, bodas reales. «Una pieza destacada es la representación de un desfile presidido por Isabel II que va desde 1833 hasta finales de su reinado en 1868. Muestra los diferentes regimientos que pasan por delante de su vista. Se da la paradoja de que hay personajes como Maroto, Espartero, Diego de León… que no se vieron la cara porque uno entraba en el cargo cuando otro moría. Nos permite ver como cambiaron elementos como las prendas de cabeza, tricornios etc.», completó el experto.

Un diorama de más de 2 millones de euros

De esta forma, los interesados pueden disfrutar de miniaturas tan llamativas como el estudio de fortificación de Felipe V, el cual tiene 400 años de antigüedad. «Contamos con un estudio de fortificación de 1711. Son 3.300 miniaturas en plata que representan infinidad de soldados realizando tareas propias de obras de asedio con picos, palas… Son figuras de menos de un centímetro (aproximadamente 6 milímetros), pero la riqueza de detalles que tienen, y el estar hechas con materiales nobles, hace que sea la más antigua y la más valiosa. Fue concebida para ilustrar al futuro rey en la guerra de asedio y resulta todo un compendio de fortificación que aúna 200 años de historia militar», señaló el experto.

Sin embargo, además de por su belleza y complejidad, por lo que resalta también este estudio de fortificación es por su elevado coste. «La mesa tiene un valor aproximado de dos millones de euros. Es valiosísima, porque maquetas del SXVIII se pueden contar con los dedos de una mano y son de plazas concretas, pero esta es una evolución de casi dos siglos. Está hecha en madera, plata e incrustaciones de marfil. Simplemente es única», subrayó Ignacio de la Torre.

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