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Juan José Sanz, exmiembro de la División Azul: «De lo que era el nazismo me enteré después de llegar a España»

Día 15/02/2013 - 20.08h
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El antiguo divisionario afirma que no quiere hablar de sus medallas, pues el honor es de aquellos que le salvaron la vida en el frente

Juan José Sanz, exmiembro de la División Azul: «De lo que era el nazismo me enteré después de llegar a España»
EDITORIAL ACTAS

A sus casi 90 años, Juan José Sanz Jarque es capaz de recordar su paso por la División Azul como si hubiera sucedido ayer. Menor de edad cuando se alistó en esta unidad -contaba unos escasos 17 años-, se decidió a marchar al frente ruso, al que, según afirma, tuvo la suerte de sobrevivir.

Ahora, más de 70 años después de su partida, Jarque puede presumir de haber sido un reconocido abogado y un excelso profesor que obtuvo, entre otras muchas condecoraciones, el Premio Extraordinario de Doctorado de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense. Sin embargo, hay unas medallas de las que prefiere no hablar: de las que obtuvo siendo soldado pues, para él, deberían corresponder a los compañeros y amigos que fallecieron en combate.

¿Qué le llevó a querer luchar contra el comunismo?

Bueno, yo ya lo había vivido desde pequeño –en mi pueblo se izó la bandera de la hoz y el martillo de Stalin en lugar de la republicana-, y con su llegada nos quitaron las tierras y las pocas cosas que teníamos. Por eso, después del discurso de Súñer, salí a la calle para luchar contra el comunismo, y no contra el pueblo ruso, al que amo. De hecho, he ido después multitud de veces a Rusia. Nunca combatí contra personas, siempre lo hice contra una idea.

¿Cómo pudo alistarse cuando la edad mínima era de 18 años?

Cuando fui a alistarme no me dejaron porque necesitaba autorización de mis padres. Pero al salir escuché a unos chicos decir que el jefe de falange de Zaragoza podía dar también ese permiso. Automáticamente me fui allí a pedirlo y, en principio, tampoco me lo quiso dar. No obstante, recordé que había una ley llamada la «patria potestad» que consistía en que, si vivías con independencia de tu familia, no necesitabas el beneplácito de tu padre para esas decisiones. Después de decírselo reflexionó durante unos minutos, firmó el permiso y me dijo: «Que tenga usted mucha suerte».

¿Conocía el nazismo cuando se presentó voluntario a la División Azul?

No, había oído cosas del fascismo de Mussolini, pero de lo que era el nazismo me enteré después de llegar a España. En el tiempo que pasamos allí, no supimos nada de aquella ideología y simplemente combatíamos junto a unos de los soldados más disciplinados del mundo. Desde mi punto de vista era un ejército muy respetuoso, cuando pasaron sus unidades por los pueblos no tocaron a nadie ni robaron ningún animal para comer.

¿Tenían los españoles el mismo procedimiento de actuación que los alemanes?

Algo diferente, los españoles entrábamos en los pueblos y convivíamos con sus ciudadanos. Tampoco robábamos, pero lo que si hacíamos era comprar todo tipo de cosas. Por ejemplo, como me acordaba de cómo hacíamos la matanza en mi casa, en una ocasión pagamos por un cabrito y en otra por un cerdo. Se puede decir que hicimos una convivencia plena con el pueblo ruso, mientras que el ejército alemán tenía sus objetivos y pasaba sin tocar ni una gallina.

¿Les instruyeron de alguna manera antes de su partida?

Sí, de hecho, hicimos el adiestramiento en sólo dos meses cuando lo normal era en tres. Yo además tenía experiencia, porque de pequeño, con 14 y 15 años, había vivido la guerra española y en mi pueblo, que había material militar por todas partes, ya había hecho explosionar en el monte cientos de granadas de mano que me encontraba. Además sabíamos cómo se utilizaba una ametralladora y habíamos enterrado muchos muertos. En definitiva, no teníamos rémora en hacer las cosas y algunos teníamos más experiencia que ellos en varios ámbitos.

¿Participó en alguna de las batallas del río Voljov?

Si. Cuando llegamos al frente nos instalaron en un lugar llamado Lechino. Desde allí viajamos hasta el río Voljov, donde nos estaban esperando unas balsas alemanas para poder atravesarlo. Allí comenzó nuestro combate.

Con ellas pasamos silenciosamente hasta el otro lado y desembarcamos. Tras tomar posiciones, el capitán, Ignacio Ruipérez, nos ordenó mantener la posición hasta que él y su ayudante, Silvestre, reconocieran el terreno para saber si había o no minas. En ese momento se produjo una de las primeras muertes en combate de mi unidad cuando el capitán pisó una bomba cuya explosión mató a Silvestre, que iba detrás.

Nosotros, que oímos la detonación, no supimos lo que había pasado hasta que regresó el capitán sangrando por los oídos y con el abrigo socarrado. El problema fue que con el fogonazo de la mina nos descubrieron y la artillería rusa comenzó instantáneamente a disparar sobre nosotros. Por suerte no nos acertó. Desde allí subimos una colina (…) donde el fuego enemigo nos obligó a tumbarnos en tierra. En ese momento se produjo una escena que tengo grabada en la memoria: empezó a caer nieve sobre nosotros hasta llegar a cubrirnos casi por completo.

Hubo una situación bastante curiosa que sucedió con un compañero de Zaragoza al que llamábamos «La Muerte» por ser muy alto» y delgado. Tal era la cantidad de nieve que cayó que cubrió totalmente a este chico y, cuando nos levantamos, no hubo manera de encontrarle hasta que el capitán, sin querer, le pisó. «La Muerte» no obstante tuvo mucha suerte, porque días después una bomba cayó justo a su lado rompiéndole tan sólo la manga del abrigo.

¿Cuál fue su siguiente misión?

La siguiente se produjo cuando se encargó a un grupo, entre los que me encontraba, dar un golpe de mano a un lugar determinado donde se situaban varias piezas de artillería rusas que nos impedían el avance. El grupo, que estaba al mando de un oficial llamado Portolés, tenía órdenes de llegar a la posición silenciosamente y destruir las baterías con bombas de mano. Antes de partir, un sacerdote, el padre Indalecio, vino a preguntarnos si nos queríamos confesar por lo peligroso de la misión, que se iba a llevar a cabo en territorio enemigo.

Tras aquello partimos, tengo que decir que yo no llegué al asalto porque Portolés nos dejó a unos cuantos guardando una posición adelantada como «retén» para que les auxiliáramos en caso de dificultades o repeliéramos a los posibles enemigos que les persiguieran en el caso de que tuvieran que huir. Por suerte, no hubo necesidad de hacer nada porque la misión salió perfectamente y no hubo ninguna baja.

¿Se vieron alguna vez en serias dificultades?

Si, en una batalla que nos plantearon los rusos el día dos de noviembre de 1941, después de la celebración del día de todos los santos. La fiesta la habíamos pasado en un pueblo que habíamos ocupado cerca de la orilla del Voljov. Nos sorprendió porque cuando entramos en él estaba totalmente vacío, no había población.

El asalto lo recibimos el día dos. Se produjo cuando todos estábamos tranquilos en el pueblo. Ya había venido un frío consistente que había provocado que se helara el río Voljov y llevábamos sin mudarnos y sin cambiarnos de ropa un mes. Íbamos llenos de piojos.

Tumbados como estábamos esa mañana para no pasar frío cayó repentinamente un bombardeo terrible sobre nosotros. El fuego, que era de mortero y artillería, nos machacó durante una hora. Después, cuando paró, salió una avalancha terrible de soldados rusos al asalto. Por suerte, los disparos de artillería nos habían avisado y conseguimos repeler ese gran ataque.

Realmente fue una mala táctica de los rusos. Si en lugar de disparar contra nosotros hubieran decidido no bombardearnos y atacarnos por sorpresa, nos hubieran cogido medio dormidos cerca de la lumbre. En esta primera batalla se destacó el teniente de mi sección, Pascual Portolés, ya que, mientras los rusos se retiraban, salió con un pequeño grupo en su persecución al grito de ¡a mí la Legión!. De hecho, en esta persecución un oficial ruso le pegó un tiro en la barriga del que consiguió sobrevivir.

Por desgracia, esta también fue la batalla en la que murió uno de mis amigos, al que llamábamos Pastrana. Todo sucedió cuando los rusos llegaron al puesto de mando, una casa en la que estaba Pastrana. Cuando se dispusieron a entrar en el edificio, él saltó por una ventana y lo ametrallaron.

¿Combatió en el lago Ilmen?

Más o menos. En el lago Ilmen se produjeron dos marchas. La primera fue la que hizo el heroico capitán Ordás al atravesar el lago helado para salvar a una unidad alemana que había cercada. Pero, a la vez, se organizó otra compañía, de la que yo formaba parte, que tenía como misión ir andando por la orilla para disuadir a las unidades enemigas de que atacasen a los que iban por el lago.

Nosotros no combatimos, íbamos dispuestos a ello por si aparecía otro ejército, unidades enemigas o guerrilleros, pero era algo disuasorio. A pesar de todo, esta marcha tuvo también su miga porque, aunque íbamos por la orilla, tuvimos que soportar temperaturas de hasta menos 52 grados. Íbamos además con trineos de los que tirábamos nosotros y en los que metíamos a los compañeros a los que se les congelaba algún miembro o que morían de frío.

Esa marcha fue terrible, el sudor que iba expulsando se iba congelando alrededor de la cara. Además, como el vapor que salía del cuerpo se congelaba, no había forma de mover los brazos porque toda nuestra ropa estaba helada. También nos costaba mucho poder cerrar los ojos.

¿Cuál de los tres frentes fue el más duro?

Yo no puedo quejarme cuando ha habido compañeros que se han helado y otros que han muerto por un disparo. He sido un protegido de la naturaleza y de la providencia y sólo puedo dar las gracias a los demás, porque gracias a ellos yo puedo estar hoy aquí.

¿Cuál es la batalla de la que guarda más recuerdos?

Uno de los combates finales. Tras la muerte de casi todos nuestros compañeros nos tocó a los pocos que quedábamos defender una trinchera y se nos coló una unidad rusa que posicionó una ametralladora y nos empezó a disparar. Hirió a todos menos a mí. Por suerte, los rusos se acabaron marchando y los que quedábamos vivos pudimos socorrer a uno de nuestros compañeros más dañado, un vasco al que un disparo le había cruzado el cuello. Además, viajando hasta el puesto de socorro un cañonazo de antitanque me pasó rozando la hebilla del cinturón, socarró mi abrigo y se clavó en la nieve sin explotar. No sé que sucedió con el vasco, quiero pensar que le salvaron.

¿Qué medallas recibió en el frente?

Tengo varias, pero no quiero hablar de honores. Esas medallas corresponden a los que me salvaron, mis compañeros. Yo tengo el privilegio de haber sobrevivido a aquello y haber pervivido hasta hoy y tengo que dar las gracias. El honor es para los muertos.

¿Cree que la División Azul es bien recordada en España?

A la División Azul se la silenció durante la guerra hasta que se ha conocido la verdad, que es que cumplió su cometido en el frente. Dejamos de ser los desarrapados de las marchas, como nos decían los alemanes, para convertirnos en gente respetada y que sabía morir con prestigio. Además se ha conocido la verdad sobre el pueblo ruso, con los que mantuvimos una buena relación y que, hoy por hoy, tiene un buen recuerdo nuestro. Yo en 1971 fui invitado de honor por su gobierno.

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