«El dos de mayo de 1808», por Francisco de Goya
«El dos de mayo de 1808», por Francisco de Goya - Museo del Prado

La guerra de España: la úlcera de Napoleón Bonaparte

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Derrotado y agotado, Napoleón Bonaparte revisó desde su exilio en Santa Elena los errores que habían provocado su fracaso militar: «Todas las circunstancias de mis desastres vienen a vincularse con este nudo fatal; la guerra de España destruyó mi reputación en Europa, enmarañó mis dificultades, y abrió una escuela para los soldados ingleses. Fui yo quien formó al ejército británico en la Península».

Seis años antes, en 1807, las primeras tropas napoleónicas cruzaban el Bidasoa y entraban en España, un lugar que serviría de tumba a muchos de ellos. En apariencia, el general Jean-Andoche Junot se dirigía a la conquista de Portugal, donde llegaron el 20 de noviembre de ese año, pero los planes de Napoléon iban más allá, y sus tropas fueron tomando posiciones en las principales ciudades españolas. Y cuando el general galo puso las cartas sobre la mesa, lejos del apoyo popular con el que creía contar, se produjeron los primeros levantamientos en el norte de España y la jornada del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Se iniciaba un conflicto armado que cobró dimensión internacional con la intervención de las tropas británicas.

La guerra costó 110.000 bajas a los franceses, según los trabajos de Jean Houdaille, a los que hay que añadir en torno a 60.000 muertos de las tropas aliadas que acompañaron la invasión. Una catástrofe militar que fue denominada como la «úlcera española» de Napoleón, y que junto a la «hemorragia rusa» llevaron al colapso del imperio galo. El esfuerzo y los recursos destinados a la Península Ibérica entorpecieron la campaña en Rusia, donde Napoleón perdió 380.000 soldados.

Pero quien más sufrió los rigores de la guerra fue la propia España. Se calcula que la población neta vivió un descenso demográfico, entre guerras, hambrunas y represión, de más de 560.000 personas, que afectó especialmente a Cataluña, Extremadura y Andalucía. El estado terminó en bancarrota; y la industria y la agricultura destruidas casi en su totalidad. Sin hablar de la gran pérdida en el patrimonio cultural.

Una de las principales causas de que se formara esta «úlcera» fue la actividad guerrillera que se desplegó por la geografía nacional. Aunque algunos soldados franceses ya conocían los horrores de la «pequeña guerra» por experiencias pasadas en la Vendée y en Calabria, nada se parecía a lo que vivieron en España, hasta el punto de que la palabra «guerrilla» nace durante este conflicto. Como consecuencia de estas tácticas, el dominio francés se limitó al control de las ciudades, quedando el campo bajo mando de las partidas guerrilleras de líderes como Francisco Chaleco, Vicente Moreno Baptista, o Juan Martín «el Empecinado», entre los muchos personajes que ganaron inmensa popularidad en esos años.

La guerrilla no fue determinante

No en vano, la mayoría de los historiadores minimizan el papel de la guerrilla española y destacan la intervención del Ejército inglés en este teatro de operaciones. Como Napoleón dejó escrito, «la guerra abrió una escuela para los soldados ingleses». Fue el Duque de Wellington, de hecho, quien causó las derrotas claves a los franceses. Así y todo, el gran olvidado de la guerra fue el sufrido Ejército español. Durante un acto conmemorativo del final de la guerra celebrado en el Centro Riojano de Madrid el pasado mes de octubre, Jesús Ruiz de Burgos, de la Asociación de Voluntarios de Madrid, recordó: «En la Guerra de Independencia, el Ejército español fue varias veces vencido, pero los franceses nunca fueros capaces de derrotarlo del todo. Eso tiene mucho mérito para unos soldados que tenían dificultades hasta para vestirse uniformados».

La prueba de la relevancia del Ejército español está en que las primeras derrotas de los ejércitos napoleónicos tuvieron protagonismo de tropas y mandos españoles. Los precarios éxitos acontecidos en la primavera y el verano de 1808, con la batalla del Bruch, la resistencia de Zaragoza y Valencia y, en particular, con la sonada victoria de Bailén. En este contexto, las fuerzas francesas salieron de Portugal, lo que obligó a Napoleón Bonaparte a entrar en la Península al frente de un ejército de 250.000 hombres, «la Grande Armée», en el otoño de 1808.

Cuando el Emperador francés creyó encauzada la situación, retiró efectivos con destino a la campaña de Rusia. Los aliados aprovecharon para retomar la iniciativa y causaron a los franceses graves derrotas en Arapiles (22 de julio de 1812) y en Vitoria (el 21 de junio de 1813), ambas a manos del Duque de Wellington. Dos golpes que se demostraron mortales para la permanencia francesa en la Península.

La hemorragia fue Rusia y la úlcera fue España. Napoleón habría fallecido, paradójicamente, de la complicación cancerosa de una úlcera gástrica cuando se encontraba exiliado en Santa Elena, según la versión más aceptada entre los historiadores.