conversaciones de estío

Boban Minic: «La guerra de Bosnia-Herzegovina todavía no ha terminado»

Locutor de Radio Sarajevo que mantuvo el fervor durante los mil días del cerco ha vuelto a su desgarrada patria para presenciar hoy en un festival el pase del documental que le han dedicado Edu Marín y Olivier Algora: «Good night, Sarajevo»

Boban Minic, en el porche de su casa en L'Escala, en el Ampurdán que bebe el mar
Boban Minic, en el porche de su casa en L'Escala, en el Ampurdán que bebe el mar - corina arranz
ALFONSO ARMADA - alfarmada - L'escala - Actualizado: Guardado en: Cultura

Llegamos a L'Escala, en el Ampurdán que se bebe el mar, a la hora de comer. Elegimos un restaurante/hotel de aspecto familiar, con manteles de hilo y grandes ventanales sobre un Mediterráneo encrespado, azul cobalto. Solo después, cuando demos por fin con la casa de Slobodan (Boban) Minic, en la calle del pintor Ribera, sabremos gracias a él, que lo sabe todo de esta localidad gerundense, que era el favorito de Josep Pla. Huyendo de la guerra de Bosnia, del atroz sitio de Sarajevo, en un lugar tan improbable como L'Escala encontraron acomodo su esposa, Edina Kurtagic (Dina), y sus hijos, Boran y Goran. Después se sumaría Boban, un bosnio de apellido serbio casado con una mujer de apellido musulmán. Un «pequeño paraíso» donde acomodar su exilio. A punto de jurar bandera, de hacerse español, ha vuelto a su desgarrada patria para presenciar hoy en el Festival de Cine de Sarajevo el pase del documental que le han dedicado Edu Marín y Olivier Algora: «Good night, Sarajevo». Minic soportó e hizo más soportables los mil días del asedio gracias a su voz desde Radio Sarajevo. Cuenta su historia en «Bienvenido a Sarajevo, hermano» (Icaria, de la que ya ha salido una segunda edición). Mientras la tarde cae lentísima sobre el verano de L'Escala, Boban Minic, con la voz rota para siempre por las muchas horas que tuvo que hablar sin beber una gota de agua, recuerda lo que le duele, lo que ni puede ni quiere olvidar porque «La guerra de Bosnia-Herzegovina todavía no ha terminado».

—¿No aprendimos nada de la guerra de los Balcanes, ni de la guerra de Bosnia?

—De ninguna guerra, porque si se repiten cada veinte años, más o menos, quiere decir que no aprendimos ni aprendemos nada. O puede ser que solo los muy sabios pueden aprender de los errores de los demás. Pero nosotros, la mayoría, tenemos que cometer error tras error para después darnos cuenta de que fue un error. Mire cómo está ahora la situación en toda la región, veinte años después del final de la guerra. Me parece que la guerra prácticamente no se ha acabado, porque esto no es el final de una guerra. Es sólo una pausa. En Bosnia acaba de salir un libro titulado precisamente así: «Bosnia, historia de una guerra no terminada».

—¿Quién lo ha escrito?

—Lo han escrito Ivan Lovrenovic, un filósofo y escritor croata, que vive en Sarajevo, y Miljenko Jergovic, que vive entre Zagreb y Sarajevo, y para muchos es el mejor escritor de los Balcanes. Y estoy totalmente de acuerdo con lo que dicen. Es la continuación de la guerra por otros medios.

—Dice de su propio libro [«Bienvenido a Sarajevo, hermano», publicado por la editorial Icaria] que es «una tumba de recuerdos, enciclopedia de mis difuntos». Para escribir imagino que tuvo que revivir el dolor, los fantasmas del pasado, y lo que muchos no quieren recordar.

—Sí. Este libro llevaba en mi cabeza durante años, pero nunca llegué a tener el coraje y la fuerza para juntar los recuerdos y los papeles que tenía escritos y convertirlo todo en un libro, ver concertado, en un sitio, el horror que hemos vivido allí. Pero con la presión y la ayuda de unos amigos de Catalunya Radio, de «El Periódico de Catalunya» (donde tuve una columna propia durante tres años), empecé a pensar si podía de verdad hacerlo y si eso iba a provocar algún cambio en mi interior. Me decían que si ponía mis recuerdos sobre el papel me aliviaría. Yo no creía que fuera a ocurrir eso, pero era verdad.

—¿Una liberación?

—Para mí fue algo increíble. Fue como un nudo que se deshizo en mi pecho.

—¿Fue doloroso, pero valió la pena?

—Fue muy doloroso, pero después me pareció como una terapia. Y además si publicas un libro con muchas historias y las compartes con los demás los recuerdos se preservan para siempre. Por eso me parece que para mí fue como una terapia. Lo de la «Enciclopedia de los muertos» lo tomé prestado de Danilo Kis.

—Dice que hubo amigos que le sugirieron e instaron para que lo hiciera. ¿Pero hubo algo dentro de usted que le dijo que había llegado el momento?

—Puede que fuera una casualidad, o no. Yo estuve doce años regentando un bar en L'Escala, sin días de descanso ni vacaciones. Quiero decir que me quemé bastante. Y por las noches, después de cerrar, pronuncié unas 120 conferencias o charlas por toda Cataluña contando mi experiencia en Sarajevo. Pero cuando me quedé sin este trabajo, tal vez por culpa mía, aunque creo que más por culpa de los dueños (eso da igual), volví de pleno a la escritura, a mi mundo, gracias a la propuesta de «El Periódico» de escribir una columna, que me devolvía de lleno a la escritura, a mi mundo anterior. Y entonces empecé a pensar en cómo hacerlo. Y cuando, a causa de unos recortes en «El Periódico», me quedé también sin este trabajo, con una edad en la que ya no podía planificar nada más, me puse manos a la obra. 

—Ahora es el momento.

—Ahora es el momento.

—Casi veinte años después...

—Sí, veinte años del principio de todo esto. Puede que no sea ninguna casualidad ni el «dedo de destino». Algunos psicólogos dicen que para recordar con serenidad las cosas especialmente angustiosas uno necesita 20 años. Por eso, precisamente 20 después salieron varios libros de supervivientes, la mayoría exiliados, sobre el asedio de Sarajevo en particular, y la guerra de Bosnia, en general.

—Cuénteme la historia de su nombre, Slobodan (Boban) Minic, ese paralelismo entre su nombre y la evolución de su vida.

—En el libro hago referencia a un dicho romano, «Nomen es omen», que el nombre es destino, y yo me preguntaba: ¿qué pasa con la gente que cambia de nombre? También en ese caso explica un poco mi vida. Antes me llamaba Slobodan Minic. Boban me llamaban solo los amigos muy íntimos. Slobodan viene de «sloboda», que significa libertad. Minic viene un tal Mina, que era un antepasado mío. De ahí que tomándose ciertas licencias se puede traducir mi nombre como «libertad explosiva», o «una explosión de libertad». Pero ¿qué ha pasado? Al llegar a España me di cuenta de que la gente no sabía pronunciar mi nombre, y por diferencias en la ortografía a Minic le quitaron la vírgula en la c, y por eso suena más «mini» que «minic». Por lo que ahora soy Boban, que no significa nada, y además «Mini», es decir un Pequeño Sinsentido. Por eso bromeo diciendo que parece la historia de mi vida. En la segunda edición añadí que un antepasado, como descubrí en libros de historia y gracias a la memoria familiar, mató a un gobernador de Montenegro, y toda la familia tuvo que huir y cambiar sus apellidos... Me parece que por uno u otro motivo, mi destino es cambiar de nombre. Ahora, con la nacionalidad española que voy a jurar dentro de poco, tendré que añadir un segundo apellido, algo que no se estilaba en Yugoslavia. Y volveré a cambiar.

—Es como renacer constantemente.

—O morir. O morir, sí.

—¿Por qué fue una suerte nacer en Sarajevo?

—¡Ay! Sarajevo, sin pasarme, porque es algo que no lo digo solo yo, sino la gente que pasó por Sarajevo desde la Edad Media... Hay muchos españoles, muchos catalanes enamorados de Sarajevo. Por algo será. Y además que Sarajevo tiene un encanto... Ya se ve como un tópico, pero era una ciudad verdaderamente multicultural, multiétnica y multi-religiosa. Esto se ve solo paseando; empiezas desde el barrio viejo, o barrio turco, con este espíritu sosegado, lento, todo poco a poco, con la vida en los cafés, en los que se bebe café tres o cuatro veces al día, casi una hora cada vez, porque charlas y callas con los amigos. Después pasas sin darte cuenta y empiezas a ver casas con fachadas diferentes, con un arquitectura centroeuropea, de la época austrohúngara, y cuando llegas al famoso hotel Holiday Inn ya empizan los barrios nuevos, de otra época. En menos de un kilómetro, kilómetro y medio, pasas por tres épocas, y cada una ha dejado sus huellas, más buenas que malas, aunque las hay malas también, pero mucho menos frecuentes. Yo, que estoy enamorado de Sarajevo, y que sé mucho acerca de mi ciudad, descubrí que en la época turca, la del imperio otomano, había una ley no escrita que era la ley de la vista. Al principio se empezó a construir en las colinas, cuando el río Miljacka se desbordaba. Esta ley no escrita establecía que cada vez que se construyera una casa no podía tapar la vista de la casa que estaba en las inmediaciones. Por eso la ciudad es como un anfiteatro. No sé si se mantiene porque ya han construido edificios muy altos los nuevos ricos. Pero en esa época, casi cada casa tenía agua viva, una fuente, o un pozo. ¿No sé si sabe que, según el censo de los habitantes del año 1910, en Sarajevo, entre muchos otros, hubo casi 5 mil habitantes cuya lengua materna fue español? Celebrabamos juntos las fiestas religiosas de todas las confesiones. Una vez, bromeando, dije que con tantas fiestas nos faltaban días laborables. Podría estar hablando durante horas y horas, porque Sarajevo siempre era diferente. Todavía lo es, pero no como antes. Pero, Sarajevo era y es una ciudad encantadora.

—¿Se podía haber evitado la guerra?

—Sí, claro que sí. Ahora tendría que explicar lo que yo pienso acerca de las causas. Hubo una acumulación de causas, de condiciones, que raramente se dan en tan poco tiempo. Es notorio que Tito sabía manejar los nacionalismos muy bien. Tras su muerte surgieron pequeños Titos que no tenían ni su envergadura ni su carisma. A continuación resucitaron los planes de la Gran Serbia y de la Gran Croacia, seguidos de la Gran Albania. Hubo dos tiros de gracia. El primero, el de las causas internas, se lo dio la crisis económica, y ya se sabe que cuando llega la crisis florecen todo tipo de males. Por último llegó la caída del muro de Berlín, el segundo tiro de gracia, y el derrumbamiento de todo lo que unía a diferentes pueblos, etnias, religiones.... Cuando pierdes todo esto buscas algo que pueda servir de nuevo pegamento, y algunos encontraron el nacionalismo y la religión. Era más fácil homogeneizar sus pueblos empleando la religión y la conciencia nacional. Creo que se podía haber evitado primero porque creo que la crisis económica pudo haber sido inducida. Hay teorías más o menos documentadas, a través de portales como WikiLeaks, que dicen que Occidente conocía todos los peligros que implicaban, por un lado la crisis económica y por el otro la falta de tradición democrática en la región, para llegar a una transición pacífica, tranquila y democrática. Antes de la guerra Yugoslavia tenía una deuda externa que no llegaba a 14.000 millones de euros, como un banco pequeño en España. Con un poco de ayuda, o un rescate, se podía haber acabado con la crisis, y haber evitado la guerra. Ahora estos países surgidos de Yugoslavia deben entre todos ellos 185.000 millones, quince veces más que entonces, y si quieres sumar el PIB de todas estas nuevas naciones no superas el PIB que tenía Yugoslavia en 1991. Antes de llegar a las armas, con un poco de ayuda para la transición política, un poco de ayuda económica, con reestructuración de la deuda, se podía haber evitado. Se cometieron muchos errores durante la guerra y, también, en Dayton [la ciudad del estado de Ohio, en Estados Unidos, donde se firmó la paz]. Richard Holbrooke, artífice del Tratado de Dayton, reconoce que uno de los mayores errores fue permitir que la República Serpska llevara la palabra «república» en su denominación de una de las dos entidades que forman la nueva Bosnia, mientras que el otro componente del país se llamara Federación Croata-Musulmana. Admite Holbrooke que Slobodan Milosevic [el presidente serbio] insistía y que pensaron que era lo mismo que decir República de Texas. No sabíamos el valor que en los Balcanes tiene todo esto. Y añade, un par de raquetas [misiles] más, y hubiera cambiado de opinión. Se podía haber hecho mucho más si antes de tantos muertos, de tantos crímenes, de tantas matanzas, hubieran encerrado a los tres líderes antes de la guerra, y no al final, en 1995, en Dayton... Pero no interesaba. Es una de las tesis del libro en el que estoy trabajando, y que de momento se titula «Vida y muerte de Yugoslavia». Será como un manual. Porque la gente se pierde. Los capítulos se van a titular: Una muerte anunciada. ¿Qué pasó desde el año 1945 hasta hoy? Y antes las causas, y luego las consecuencias. Características de la guerra. Papel de la comunidad internacional y de los periodistas... Las mujeres en la guerra, los exiliados, la guerra de los historiadores. El Tratado de Dayton, el Tribunal de la Haya. Y todo en cien páginas.

—En su libro menciona hacia el final el «Memorando de la Academia de las Ciencias y las Artes de Serbia», que se publicó en 1986. De alguna manera todo está ahí, como el fermento de alguien que está soñando, que tiene ideas políticas claras y delirantes.

—Es un documento muy bien pensado y muy oscuro al mismo tiempo. Ellos hablan de la historia retorciéndola, y dicen que los serbios siempre ganaban la guerra y perdían la paz, y que ahora había llegado el momento de cambiar todo esto. Los serbios no podían seguir siendo víctimas, sino que atacar primero para no ser atacados, y que es Serbia donde había una tumba serbia. Quien conoce un poco el mapa demográfico de la antigua Yugoslavia ya sabe que eso equivale a genocidio. Al principio el mismo general Ratko Mladic, en una reunión, cuando dijeron cuáles eran los objetivos de esta guerra, él mismo reconoció que iba a ser un genocidio, y continuaron por ese camino. ¡Ahora o nunca!

—Había un plan muy claro.

—Muy claro. Y estos firmantes del «Memorando», que al principio se escondían, resultaron ser los más destacados intelectuales y académicos de Serbia, que tenían tanta autoridad que la gente se dejó persuadir por ellos, que sí, que ha llegado el momento de tomar las riendas y atacar primero. Hizo mucho daño ese documento.

—Se habla siempre de limpieza étnica, y de una guerra étnica. ¿Es correcto decirlo así? ¿No es de alguna manera caer en el lenguaje y en el discurso de los radicales? Porque a fin de cuentas todos eran eslavos, salvo los judíos, albanokosovares y los gitanos, ¿no?

—Casi en cada conferencia que daba por Cataluña me preguntaban si esta era una guerra civil, si era una guerra étnica, si era una guerra religiosa y yo respondía tres veces no. Pensaba yo. Por qué no era una guerra civil. Porque una guerra civil es una guerra de ideas, donde los territorios no juegan mucha importancia. Es todo o nada. Y allí la lucha era por los territorios concretos, para que al final se unieran a Serbia. Hay otros elementos que determinan una guerra civil, pero para mí no se daban. ¿Guerra étnica? Al principio, tampoco. Porque, a Sarajevo, por ejemplo, lo defendían gente de todas las etnias. ¿Y por qué no era una guerra religiosa? Porque la guerra se planificó en los más altos círculos políticos y militares. El Ejército Popular Yugoslavo era ateo, como todo el sistema. Y la mayoría de los líderes políticos eran ex comunistas, tampoco religiosos. Pero sabían que había gente que recordaba cosas del pasado y se empezó a manipular y a mezclar nacionalismo con religión y con historia. Mi opinión es que todo esto vale para el principio de la guerra, pero al final todo se mezcló y era un poco guerra civil, guerra étnica, guerra religiosa. Ahora son los serbios los que hacen más hincapié en que era una guerra civil, porque esto les disculpa. De este modo ellos no son agresores porque en una guerra civil no hay agresores y agredidos. Y hay mucha gente ahí fuera que dice lo mismo. Pero al final hubo de todo.

—¿No hay también ciertas concomitancias con los judíos? Cuando los nazis empezaron a perseguirlos, muchos judíos no tenían conciencia de ser judíos, ni eran practicantes, y les convirtieron en judíos poniéndoles una estrella. En el caso de los bosnios musulmanes muchos tampoco tenían conciencia de ser musulmanes y les hicieron tomar conciencia, llamándoles además «turcos», como marcándolos.

—Esta palabra, «turcos», es una palabra que explica casi todo. Porque los musulmanes de Bosnia son eslavos, antes podían ser católicos u ortodoxos, que se convirtieron al islam en la época turca. Ahora depende mucho de si quien te explica la historia es un historiador serbio o croata o bosnio-musulmán. Los serbios dicen que en la Bosnia medieval la mayoría eran ortodoxos. Los católicos que los reyes de la Bosnia iban al Vaticano y juraban no sé qué. Y los musulmanes dicen que descienden de los cátaros bosnios, bogumiles, una religión aparte, diferente, y que desaparecieron con la llegada del imperio otomano. ¿Y por qué desaparecieron? Porque se convirtieron al islam. Tres explicaciones completamente diferentes.

—Es decir, que la condición religiosa fue impuesta porque se quería tener un enemigo claro.

—Sí, sí. Los musulmanes bosnios eran eslavos con otra religión, pero muy poco practicantes, muy poco religiosos. En Sarajevo las mezquitas estaban casi siempre vacías con tres o cuatro viejos allí rezando y ya está. Pero cuando les convirtieron en las víctimas buscaron unirse, desarrollar esta conciencia de que somos un pueblo, etcétera, etcétera. Y para que esta política fuera más eficaz empezaron los serbios a llamarlos turcos, sus enemigos históricos. Un grupo de soldados serbios que fueron capturados reconocieron que pensaban que les habían mandado a combatir contra los turcos. Cuando entra en Srebrenica, el general Mladic dice que el día de San Pedro habían reconquistado Srebrenica de los turcos y se la regalaban a los serbios.

—Las imágenes de ese vídeo parecían de la Segunda Guerra Mundial, tropas nazis entrando en un pueblo...

—Sí, sí, sí, tiene razón.

—Pocos días antes de que estallara la guerra, su amigo Novo le avisó de que se fueran, usted y su familia, que se pusieran a salvo. ¿Esto también abunda en la idea de que había un plan organizado?

—Novo, un amigo de infancia, se hizo cocinero. Él era serbobosnio de nacionalidad, pero abrió un restaurante en el barrio viejo, donde había vivido toda la vida. Tenía casi hermanos musulmanes. Era una persona como todos nosotros. En ese restaurante, no sé muy bien por qué, empezaron a reunirse Radovan Karadzic y compañía. Una vez fue al restaurante una ex princesa yugoslava y Novo, mientras atendía a los comensales, escuchó cosas terribles. Por eso una noche, un poco desenfrenado por el alcohol, me llamó y me dijo que sin demorar ni un solo día cogiera a mi mujer embarazada y a mi hijo y nos fuéramos de Sarajevo. Me dijo literalmente: «Dentro de siete días ni un pájaro podrá salir de la ciudad». Entonces empezamos nosotros a pensar, mi mujer y mi hermana, que también tuvo un hijo pequeño y estuvo en el restaurante escuchando la conversación: ¿Qué hacer? ¿Puede ser? Bueno, puede ser, pero seguro que la cosa no será tan grave. ¿Cómo imaginar que en Sarajevo puede pasar una cosa así...? Éramos muy ingenuos, hasta que vimos las barricadas en las calles y que unos amigos –periodistas– se habían ido a Pale [la capital de los serbobosnios] en las montañas, y que hasta el día anterior habían estado tomando café con nosotros. Nosotros, que no estábamos involucrados políticamente, no sabíamos nada. A propósito, mi hermana se quedó en Sarajevo y murió en el masacre del Mercado.

Boban Minic, autor de «Bienvenido a Sarajevo, hermano»

—¿Cuál es su visión de la condición humana después de todo lo vivido? ¿Ha cambiado?

—Pesimista. Pesimista. Me parece que todavía llevamos dentro un animal. Sólo hay que despertarlo. Vi también que, según las circunstancias y la ideas que defienda, la gente se convierte en algo que no era y que no entiendo. Diría también que cuando uno mata por primera vez es duro, después es más fácil. Lo más difícil es el primer crimen, la primera muerte. Pero después la sangre se te sube a la cabeza y empiezas a matar sin remordimientos. Con este aniversario de Srebrenica me pasan por la cabeza muchas cosas. En el nuevo libro me preguntaré por qué, quién, qué hizo el batallón holandés, por qué volvieron los aviones de la OTAN cuando estaban encima de las tropas de Mladic, por qué el comandante y sus lugartenientes de la defensa de Srebrenica salieron tres semanas antes de que ocurriera la matanza, quién ordenó, quién mató, cuánta gente todavía vive y trabaja en la policía de Srebrenica que participó en los asesinatos. Para todas las preguntas encontré respuesta, excepto a una aparentemente más sencilla y obvia: ¿por qué? Porque no había ninguna explicación ni militar ni de otro tipo. Los prisioneros podían servir para intercambio. En Srebrenica se dio rienda suelta al mal por el mal. O tal vez para romper para siempre los puentes que unían a estos dos pueblos. Porque los musulmanes y los serbios, excepto en las guerras, en la Segunda Guerra Mundial y esta, vivían bien, en armonía.

—¿Podían haber impedido los «cascos azules» holandeses la matanza si hubieran querido?

—No, no. Eran 600 soldados, no más, y al parecer no muy bien armados. Y eso a pesar de que era una zona protegida. Además tuvieron un comportamiento no muy ético antes y después, cuando ayudaron a separar a las mujeres y los niños de los jóvenes y los adultos. El comandante de la base, el mayor Karremans, pidió varias veces ataques aéreos y ayuda. La primera vez dijeron que no porque el formulario que habían empleado no era el correcto, y porque no tenían suficiente combustible volvieron a Italia. Y cuando estaban a punto de atacar. El mayor Bart Wagenaar, que trabajaba en el cuartel general del Ejército holandés, en una entrevista al diario «De Telegraaf», dijo haber escuchado personalmente cuando, desde La Haya, el ministro de Defensa, Joris Voorhoeve, implícitamente pidió al enviado de la ONU, Yashushi Akashi «parar todos los ataques aéreos». Los aviones que ya estaban en el aire encima de las tropas serbias de nuevo volvieron a su base. El mismo ministro Voorhoeve dice que era un juego sucio, porque los estadounidenses y los británicos sabían con un mes de antelación lo que iba a ocurrir, pero no informaron a los holandeses. Ellos no tenían tiempo de prepararse. Y en el caso de ataque aéreo ellos serían hechos rehenes y se convertirían en víctimas. Todavía hay muchas cosas por descubrir.

—¿Qué le parecen las recientes divulgaciones publicadas en «The Guardian» de que potencias como Alemania, Francia y Reino Unido dieron a entender a los serbios que las ciudades protegidas como Srebernica eran indefendibles y debían pasar a formar parte de Serbia, o de la República Serpska, y de esa manera dieron la impresión a los radicales serbios de que tenían carta blanca para actuar?

—Sí, sí, me parece verosímil. Alguien le preguntó al mismo Akashi si se acabaría la guerra si estos enclaves protegidos fueran entregados a los serbios y el representante de la ONU dijo que sí, que eso sería bueno. Hay algunos que incluso dicen que el propio gobierno bosnio también hizo con las potencias extranjeras y con los serbios un trato, aunque supongo que no sabían que se iba a producir una matanza. Cedemos Srebrenica, Gorazde y Zepa y vosotros ponéis fin al asedio de Sarajevo, y de esa forma se pondría fin a la guerra. Esto era clave. Y yo creo que fue así. Ahora dicen también unos testigos que las potencias europeas aprobaron el plan de los presidentes de Croacia y Serbia, Franjo Tudjman y Slobodan Milosevic, al principio, de repartirse Bosnia, que lo sabían y que aprobaron este plan. Y que cuando Bill Clinton insistió en actuar le dijeron que no estaban de acuerdo, que Bosnia corría el riesgo de convertirse en una anomalía en Europa, en un país musulmán en el corazón del continente.

—¿Es decir, comprando el discurso de los radicales serbios y croatas?

—Eso es. Y por eso dice también un profesor estadounidense que participó en las negociaciones de Dayton que desde el Pentágono le dijeron que el plan de Holbrooke está diseñado para que al cabo de quince o veinte años Bosnia se dividiría definitivamente. ¿Usted sabe lo que es Dayton? Una chapuza...

—Una chapuza y además la consagración de las fronteras establecidas por la fuerza y la limpieza étnica.

—Sí, sí, sí, y además Dayton se creó esa aberración política de un país formado por una república (la República Serpska) y una federación (la Federación Croata-Musulmana). Dos epítetos connaturales al estado, pero Bosnia por sí misma no tiene nada, no es nada. Ni república, ni federación, ni confederación

—Es como el germen de la nada.

—Germen de la nada, sí, pero del cual algún día pueden salir unas flores envenenadas.

—¿Cómo era la historia que se enseñaba en Yugoslavia antes de la muerte de Tito y por qué echaron raíces las ideas extremistas? En muchas de las fantasías nacionales que se dieron y se dan en Europa hay mucha manipulación de la historia.

—Pero esto no empezó inmediatamente después de la muerte de Tito, porque la Liga de los Comunistas Yugoslavos todavía era fuerte y el ejército era yugoslavo, todavía era yugoslavo. El ejército empezó su cambio unos años después, empezó a cambiar la paridad en los mandos y al final los serbios y montenegrinos, que representaban el 40 por ciento de la población en el ejército pasó al 70 por ciento, o al 72 por ciento. Fue un proceso lento pero muy claro. Por eso incluso en el 86 el «Memorando» salió en la clandestinidad, nadie quiso que apareciera su nombre. Pero ¿dónde empezó esto a proclamarse con fuerza? En los periódicos. En Belgrado su papel fue terrible. Era un lavado de cerebro de los directores de los periódicos, de la radio y la televisión, en connivencia con los políticos, los militares y los servicios secretos. Pero cuando todo se rompió, en el 92, lo primero que se hizo fue cambiar los libros de historia en Croacia, en el 93 en Serbia y en el 94 en Bosnia. Y empezó algo que todavía sigue envenenando a los jóvenes. Si tú educas a las nuevas generaciones con historias en las que en un lugar Mladic es un carnicero y en otro es un héroe, eso quiere decir que el futuro será muy negro.

—En Ruanda tuvo un papel muy importante Radio Televisión de las Mil Colinas. ¿Se puede decir que la radio también jugó un papel a la hora de convertir al otro en enemigo, en turco, en alguien que no merece vivir?

—En Ruanda la radio pudo jugar ese papel porque no había periódicos ni televisión, o su alcance era reducido. Yo equipararía a todos los medios de comunicación a esta radio ruandesa. La Radiotelevisión de Pale, que estaba muy cerca de Sarajevo, y podíamos ver las imágenes. Ahí está la historia de Risto, un amigo mío antes de la guerra, que se pasó a los sitiadores.

—Ese es un episodio especialmente doloroso en su libro. Hay una cosa muy interesante que dice su mujer, que cuando Risto estuvo en su casa, poco antes de escaparse a las montañas, que no miraba a los ojos.

—Sí, mi mujer me lo dijo: «¿No te has dado cuenta que no miraba a los ojos?». Si incluso decía que los nacionalistas nos llevan a un callejón sin salida y que sus mejores amigos eran musulmanes... Pero es cierto, no miraba a los ojos. Él al principio llamaba por teléfono y nos preguntaba si queríamos ayuda para salir, y que él esperaría junto a la línea del frente, y les llevaría hasta Belgrado o donde quieran. Puede que él tuviera al principio un periodo de transición, algo de mala conciencia. Pero cuando pasas una línea roja te conviertes en otro, ya no hay vuelta atrás. En el caso de Risto se convirtió en un personaje casi más odiado que el propio Karadzic.

—¿Qué intentó hacer desde Radio Sarajevo?

—Al principio no sabía ni qué podía hacer. Porque la radio era mi casa, y Sarajevo mi ciudad. No pensaba mucho, pensaba que todo acabaría al cabo de pocos días. Pero paso a paso ves que te conviertes en algo importante, no yo como Boban Minic sino la radio como tal. Y empieza la radio a convertirse en la única ventana para la gente, una única luz en el túnel. Porque muy pronto cortaron todos los suministros. «Oslobodjenje», el diario, salía, pero apenas imprimía 5.000 ejemplares y cuatro páginas que se repartían como podían. Mientras que la radio se oía en toda Yugoslavia y fuera del país, por todo el mundo. Me dicen que me escuchaban desde Japón, Australia... Ves que tienes que hacer algo para esta gente, que no es suficiente hablar. Allí diez muertos, allí cinco... Hay que dar un poco de esperanza, despejar la mente de esta gente. Antes de la guerra yo no había hecho información política, era jefe de programas culturales, lo mío eran festivales y conciertos. Me pregunté: ¿qué puedo hacer yo? Ayudar con un programa que se llamaba «Cómo sobrevivir». Llamaba a psicólogos, psiquiatras, nutricionistas, gente de las ONG... Hablábamos de cómo se puede sobrevivir a un sitio como el de Sarajevo con el menor daño posible. Como aliviar el dolor en caso de una pérdida de un ser querido. También informábamos de la ayuda humanitaria, cuándo vendrá, dónde se distribuirá. No era una gran cosa. De vez en cuando empecé a hacer algo que otros no hacían, algo diferente. Hablaba, por ejemplo, de flamenco, de los gitanos, de la influencia árabe en España... Pero lo más importante para mí fue cuando abrí un programa que se llamaba «Esta noche soñaremos». Da igual si nos matan, soñaremos: cómo será Sarajevo dentro de diez o veinte años. Y la gente con tan pocos teléfonos como funcionaban (a veces había un solo aparato para todo un rascacielos, o un barrio entero), la gente llamaba toda la noche. Era emocionante.

—Dicen que la radio es el medio más cálido, y sobre todo la radio de noche, y me imagino lo que sería en una ciudad como Sarajevo, en la que había toque de queda y no había luz. La radio es metafóricamente una luz, pero también literalmente. La radio va directamente al oído, y la intimidad que se establece entre el locutor y el que escucha es muy profunda.

—Sí. Bueno, a veces había intimidad, pero muchas veces era una escucha colectiva.

—Sí, pero aunque se escuche colectivamente a cada uno le llega de manera distinta.

—La radio tiene una fuerza inmensa, es insustituible.

—¿Y no tiene nostalgia de trabajar en la radio?

—Sí, sí, claro. Pero, la voz rota en la guerra y la nueva lengua no me lo permiten.

—Los buenos locutores de radio tienen una especie de cadencia, una forma de usar las palabras y la voz que no es la común de los demás, porque a través de la radio hay que tener una forma muy diferente de hablar... Y su voz la tiene.

—Tienes que tener un poco de talento y también aprendes qué es la radio. Yo sé que la radio es un medio rápido, claro, sencillo, directo y tienes que decir en pocas palabras muchas cosas.

—Pero sin embargo, por las propias condiciones de la ciudad, y del sitio, a veces tenía programas larguísimos, y eso acabo afectándole a la voz y a la propia salud porque no había agua.

—Las guardias eran de 24 horas, a veces de 36. No hablabas todo el rato, ponías música de vez en cuando, pero tienes que tener cuidado con el tipo de música que pones en la guerra. Por eso a veces tenía que hablar horas y horas. El programa más seguido se llamaba «Los lazos rotos». Porque la gente estaba incomunicada, con familiares que estaban fuera de Sarajevo o de Bosnia, por todo el mundo, y no tenían manera de comunicarse. Por eso se recurrió a formularios de la Cruz Roja, en los que se escribía un mensaje. Ese formulario iba a los serbios, para asegurarse de que no había mensajes secretos. De ahí iba a Ginebra, a la sede de la Cruz Roja Internacional, y de allí, por el mismo camino, solo al revés, nos llegaba a nosotros. Muchos refugiados y desplazados nos escuchaban de verdad. A veces se amontonaban los mensajes que teníamos que transmitir, que nos llegaban a través de la Cruz Roja, o la gente nos los traía a la emisora. Yo estaba casado, tenía dos hijos, un hijo pequeño y otro que nació durante la guerra, y si conseguía un poco de agua la dejaba en casa. Luego yo iba a la radio donde a veces solo nos daban un vaso de metal medio lleno, y tenía que bajar nueve pisos, beber, y volver a subir. Por eso, y porque la comida no sobraba, perdí veinte kilos. Mi mujer dice que perdí veintidós.

—Sin embargo, su mujer dice una cosa muy curiosa, que usted recoge en «Bienvenido a Sarajevo, hermano», que los años que vivieron, que compartieron en Sarajevo, durante el asedio, para ella fueron los mejores de su vida por la intimidad y por la intensidad.

—Sí, aunque yo no lo comparta por completo. Quizá porque yo tenía que salir a buscar agua y comida, leña, arriesgar mi vida. E ir a la radio todos los días era también un riesgo. A veces enviaban el coche, pero muchas veces no funcionaba, y tenía que correr, ponerme a cubierto, esconderme para llegar a la radio. Y esto me pesa bastante. Después, cuando venía esta furgoneta, en una ocasión llegaron a meter 38 personas, en un Ford Transit. Un día alcanzaron la furgoneta y hubo dos muertos y dos heridos. Mi mujer, como una persona sensible, se refiere al tiempo que pasábamos juntos los cuatro, en la misma habitación en los días y noches sin guardia.

—No le entusiasman las banderas...

—Un día es tu bandera, mañana no. Un día es tu himno, mañana no. Y además esto [el hecho de jurar bandera, de hacerse español] me separa un poco más de Bosnia, pero también quiero decir que en toda esta desgracia considero que tuvimos mucha suerte de acabar aquí. Tenemos amigos por todo el mundo. Tenemos amigos en el norte de Europa a los que el Estado les ha dado todo. A nosotros, nos ayudó solo Catalunya Radio y una ONG, (esta casa la hemos conseguido después de trabajar como esclavos en el bar), pero la calidad humana y atmosférica, esta belleza, esta paz, es algo impagable. Pero fueron tantas las casualidades... Cuando mi mujer logró salir de Sarajevo con nuestros dos hijos tuvo la suerte de encontrar a una mujer en Split que también estaba en el centro de refugiados. Ella le dijo que tenía familia en Zagreb y se fueron con ella. Después llegó un amigo de la infancia desde Eslovenia, les recogió. Tenían solo un permiso de veinte días, y los eslovenos en eso eran implacables. Se escondieron dos meses en Eslovenia. Y gracias a la ONG Fotografs per la pau (Fotografos por la paz) y Gent per la gent (Gente para la gente) de L’Escala acabamos aquí.

—Susan Sontag montó «Esperando a Godot en Sarajevo». ¿Cuándo dejaron de esperar que Europa pusiera fin a las matanzas?

—Primero, fue esperanza. Después, rabia. ¡Cómo es posible que permitan esto! Cuando se produjo la matanza en la cola del pan y Europa se movió, o dio la impresión de que se movía. Entonces llegó Mitterrand a Sarajevo. Nosotros pensamos, ¡que bien, viene un jefe de Estado! La gente le esperaba en la calle. Y luego, más tarde, se descubre que había venido para impedir ataques a los serbios. Hubo un juego de muy alto nivel que cuando lo descubrimos dejamos de esperar nada del mundo. Nos dimos cuenta que la guerra en general es un negocio.

—¿Cuándo empezaron a radicalizarse los bosnios musulmanes y cuál es el papel de la religión ahora? ¿Es cierto que Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos están invirtiendo mucho dinero y exportando una de las versiones más radicales del islam?

—Empezaron durante la guerra. Un amigo mío vino un día a mi casa y me dijo: nosotros tendemos la mano, ellos no quieren. Nosotros de nuevo lo intentamos, ellos se niegan. Ahora somos nosotros los que no queremos. Y me di cuenta de que todo acabaría con una gran radicalización de todas las partes. Durante la guerra los bosnios musulmanes se sintieron abandonados. El embargo de armas les afectaba solo a ellos. Los serbios tenían todas las armas del Ejército Popular Yugoslavo. Y los croatas tenían sus fronteras abiertas, y podían comprar armas. A los bosnios, que eran las víctimas principales, ni siquiera les dejaban defenderse. Después es cierto que empezaron a ayudar los países musulmanes. Primero Turquía, y después empezaron a llegar algunos yihadistas. Dicen que era legítimo. Yo no lo sé. Dicen que también Al Qaeda estaba presente, aunque en aquel entonces no era una organización terrorista. Muchos, después de la guerra se quedaron allí. Se casaron con las bosnias y tienen la nacionalidad bosnia. Muchos viven en pueblos aislados, y en algunos casos, como en el pueblo de Maoca, se han radicalizado tanto que ni la policía ni los soldados pueden entrar, porque allí se ha impuesto la ley islámica dictada por los wahabíes. Ellos tienen su organización, su poder. Y Arabia Saudí, que siempre juega un papel muy pérfido, ¿cómo fue entrado allí? Decían por ejemplo que querían ayudar a una escuela con dinero y que ponían solo una condición: saludar con «Salam, Aleikúm». Esto fue una imposición, porque en Sarajevo nunca se saludaba de esa forma. Poco a poco fueron penetrando y ayudando a los salafistas, y ahora hay una lucha interna entre los musulmanes, porque los wahabíes entran en las mezquitas y prácticamente las ocupan. Tienen su manera de rezar. Se cree que en la mitad de las mezquitas de Bosnia mandan ellos. Los puedes ver en las calles, porque llevan pantalones cortos, y un tipo de barba, y caminan delante de las mujeres, y ellas cubiertas con velo o con niqab. Físicamente se nota. Es preocupante cómo se ha radicalizado la sociedad bosnia. En el año 2012 se registraron 192 bosnios jóvenes que fueron a combatir a Siria, y de ellos 25 eran adolescentes, y 30 murieron en esa guerra. No se sabe exactamente cuántos bosnios que vivían fuera optaron por ir a combatir en filas del Estado Islámico. Algo que también me inquieta mucho es qué pasará cuando los supervivientes de ese conflicto regresen a Bosnia. La gente que ha probado la sangre, suele volver a derramar sangre. Ha habido algunos incidentes violentos en Bosnia. De momento las cosas están bastante controladas, pero se han visto algunos casos muy preocupantes, y se entra de nuevo en el ciclo vicioso de la venganza y de la muerte que puede acabar muy mal.

A Slobodan (Boban) Minic no le entusiasman las banderas

—¿Cree que volverá algún día Sarajevo a ser una ciudad multicultural, como era antes del asedio?

—Sarajevo todavía es multicultural, aunque los porcentajes han disminuido mucho. En Sarajevo todavía hay teatros, cine, los artistas vienen de Belgrado o Zagreb a celebrar conciertos y las salas se llenan, se proyectan películas serbias, eslovenas. Hay un gran festival de jazz. Viene gente de todo el mundo. Pero la fotografía demográfica de la ciudad ha cambiado tanto que no veo cómo puede recuperarse. No sé si son exactas las cifras. Si había antes de la guerra había un 40 por ciento de musulmanes, un 30 por ciento de serbios, u 20 por ciento de croatas, y los demás, fruto de matrimonios mixtos, judíos, etcétera, ahora el 90 por ciento son musulmanes, y ellos, que han perdido tanto en la guerra, de algún modo consideran que Sarajevo es suyo. «Ahora nos pertenece», dicen. «Hemos perdido todo, pero Sarajevo es nuestro». No saben qué quieren hacer, si un Estado nacional, pero ¿cómo hacerlo si quieren una Bosnia unida? Les molesta la República Serpska, y les molestan las pretensiones croatas de hacer su propia república en Herzegovina. ¿Al final se hará realidad lo que Holbrooke pronosticó? ¿Se separará y se quedará un pequeño, pequeño, estado bosnio musulmán que no representará «ningún peligro»? Espero que no, porque si se le encierran así se radicalizarían mucho más.

—Creo que viaja a Sarajevo dos veces al año, para visitar las tumbas, pero no tiene nada allí. ¿Si pudiera volvería a tener una casa en Sarajevo?

—Ay, no sé quién dijo: tu patria está donde está tu familia, y mi familia no volverá. Mis hijos no son bosnios, no se sienten plenamente bosnios, aunque nacieron allí. Porque ellos tienen costumbres, gustos y mentalidad de aquí, la primera lengua del pequeño era el catalán, la segunda el castellano, la tercera el francés, y el bosnio y el inglés van a la par. Mi mujer y yo intentamos hablar con ellos, pero trabajado en aquel bar no pasábamos todo el tiempo con ellos que hubiéramos querido. A veces les hablo en bosnio y les pregunto: «¿Entiendes lo que te digo?, y me dicen que no. 

—Es curioso cómo al final ha encontrado su lugar en L’Escala.

—Antes de la guerra ya pensaba en retirarme y vivir cerca del mar. En la costa montenegrina tenía mi casa, y soñaba con retirarme allí, y sentarme con mi copa de vino a ver el mar. Pero vino la guerra y todos los sueños se convirtieron en ceniza, se desvanecieron. Ahora estoy aquí, tengo el mar tan cerca, tengo el Mediterráneo y me quedo aquí ya para siempre. Hay gente que me dice que el círculo vital se cierra. El barrio en el que vivo en L’Escala se llama La montaña blanca, y La montaña blanca era como se llamaba el lugar donde estaba mi cabaña en una colina de Sarajevo. Ahora tengo esto. Hay también algo que me resulta extraño. L’Escala tiene unos 11.000 habitantes, el mismo número de personas que murieron en Sarajevo durante la guerra. A veces me parece que en L’Escala he encontrado a todos los que perdí allí durante el asedio, como un eco.

—¿Qué piensa del nacionalismo?

—El nacionalismo me asusta mucho, porque yo tengo mi propia experiencia de a dónde lleva el nacionalismo exacerbado. El nacionalismo se retroalimenta, y cuando entra en espiral no ceja hasta que explota. Todos los nacionalismos me parecen deplorables. No creo que haya ningún nacionalismo bueno. Me asustan los nacionalismos porque se alimentan del miedo y de la confrontación. Y en España yo veo el nacionalismo aquí, en Cataluña, también en el País Vasco, y en Galicia, pero también veo el nacionalismo español. Incluso el español creo que tiene más responsabilidad porque es mayoritario y tiene la fuerza en sus manos. Tiene una gran responsabilidad en todo este lío que ya comenzó aquí. A mí me asusta. En el próximo libro hay un capítulo que se titulará ‘Balcanización de España’, y he analizado algunos de los titulares que aparecieron en la prensa de aquí y en la de Madrid, y muchas cosas son parecidas o iguales a las que yo viví en Yugoslavia antes de la guerra.

—Lo que parece imposible, al final no lo es.

—No, no hay cosas imposibles. Durante el asedio de Sarajevo me di cuenta de que hay noticias que parecen improbables y al final resultan realidad. Cuando mis amigos catalanes dicen que no, que ellos son pacíficos, que no se llegará tan lejos, yo me digo: esto tiene que acabar de un modo u otro. Tú crees que puedes resolverlo pacíficamente, pero ¿qué pasa si otro piensa exactamente todo lo contrario? Además, hay que tener en cuenta que hay muchos independentistas que ni siquiera son nacionalistas. Porque conozco mucha gente aquí, demócratas y buenas personas, pero cuando empieza el soberanismo no sabes dónde acaba. Ahora mismo, por ejemplo en Bosnia, los serbios se muestran muy amables. Cuando vas a Srebrenica, te reciben bien, pero si no hablas de esto. Si pronuncias la palabra genocidio, tienes un problema. Hay cosas que el nacionalismo despierta y no sabes cómo termina. El nacionalismo es una enfermedad contagiosa.

—Viniendo desde Gerona por carreteras secundarias hemos visto muchas banderas independentistas, ¿qué le parece el fenómeno?

—Yo pienso que soy demócrata después de todo lo vivido, y después de haberme educado y crecido en un país que no lo era. El pueblo tiene que decidir, y si quiere separarse tiene que hacerlo como una buena familia, como un matrimonio, porque siempre tendrán cosas en común, tendrán hijos, propiedades, lazos, amigos conjuntos. Si al final todo un pueblo no quiere seguir junto, entonces hay que hacerlo de la manera más pacífica posible. ¿Qué ocurre en Yugoslavia? Ahora todos de nuevo colaboran, es un espacio cultural y deportivo común. Romper todo para volver…

—Después de los desgarros y horrores de la guerra, Eslovenia y Croacia están en la Unión Europea. Serbia está llamando a la puerta, y Bosnia también quiere entrar en la Unión…

—Pero es que están colaborando entre ellos. Los eslovenos van a Bosnia a crear empresas conjuntas. Pero Bosnia está última de la fila y esperará, temo, hasta que se muera.

—¿Quién es Boban Minic?

—En la película dije que Boban Minic es la sombra de Slobodan Minic.

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