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Muere Manuel Fraga

Su mayor aportación ha sido la refundación de la derecha española con el Partido Popular. Con aciertos y errores, representó la grandeza de la política ejercida desde la convicción y la talla intelectual

Día 16/01/2012 - 14.30h

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Manuel Fraga, presidente fundador del PP, falleció el domingo por la noche rodeado de su familia en su domicilio de Madrid. El político, con 89 años, sufrió un fallo cardíaco después de padecer una infección respiratoria desde primeros de año a causa de un fuerte catarro. La capilla ardiente se instalará en su casa madrileña para el velatorio familiar. El entierro, el martes en Perbes, también será en la intimidad de la familia.

La muerte de Fraga suscitó el reconocimiento general de partidos y políticos de todos los signos. El PP, la formación que fundó, destacó «su gran ejemplo siempre perdurará entre nosotros». El PSOE, señaló que «los demócratas siempre recordaremos con gratitud su trabajo»

Acaso la mayor aportación de Manuel Fraga, una vida dedicada al Estado, haya sido la refundación de la derecha española que ha dado lugar a su mayor éxito histórico: el Partido Popular. El partido español de centro-derecha ha sido la gran obra política de Fraga. Tal vez su gran frustración consistió en ser el hombre que no llegó a presidir el Gobierno de España.

Gallego, de origen vasco, nació en Villalba (Lugo) el 23 de noviembre de 1922. Y, ante todo, católico. Su vida transcurre entre la profesión académica, la función pública y la política activa. En 1945 gana la oposición a Letrado de las Cortes. Y en 1948 obtiene la cátedra de Derecho político de la Universidad de Valencia. En 1953 gana la cátedra de Teoría del Estado y Derecho constitucional de la Universidad Complutense de Madrid. Si, como Ortega y Gasset afirmó, a propósito de Mirabeau, la posesión de una inquietud intelectual es requisito del gran político, no cabe disputarle a Manuel Fraga esa condición.

Ha publicado más de ochenta libros, sobre temas como la Teoría del Estado, Galicia, Balmes, Saavedra Fajardo, la Constitución española, la crisis del Estado español y el Estado de las Autonomías. Es, en el pleno sentido de la palabra, un hombre de Estado. Siempre sintió la admiración por el sistema inglés, que intentó importar a España. Acaso consecuencia tanto de su experiencia intelectual como de su condición de embajador en Londres en 1973. Desde 1947, fue también diplomático. Su mentalidad conservadora vio con razón en Inglaterra el derecho de la continuidad y los beneficios de la tradición y la reforma. Siempre quiso para España un sistema político como el inglés. Su otra vocación política fue Hispanoamérica. Sus lazos transatlánticos, especialmente con Cuba y Puerto Rico, fueron siempre fuertes y estrechos. Esto se manifiesta tanto en su obra intelectual como en sus misiones políticas.

La primera parte de su carrera política se desarrolló bajo el régimen de Franco. Fue secretario general del Instituto de Cultura Hispánica desde 1951. En 1953, el ministro de Educación Nacional, Joaquín Ruiz-Giménez, lo nombró secretario de Consejo de Educación y, más tarde, secretario general técnico del Ministerio. Desde este cargo, promovió un primer intento de democratización de la Universidad española. En 1956 fue nombrado subdirector del Instituto de Estudios Políticos, y al año siguiente, delegado nacional de Asociaciones.

Abrió España al mundo

Fue miembro destacado del sector reformista o aperturista del régimen franquista, decisivo para la transición española a la democracia. En 1966 elaboró, y consiguió, la aprobación de la Ley de Prensa, que eliminó la censura previa y facilitó la labor de los medios de comunicación independientes del Régimen y aún opuestos a él. Fue también el organizador de la Campaña XXV Años de Paz, para conmemorar los cinco primeros quinquenios del final de la guerra civil. Como ministro de Información y Turismo, entre julio de 1962 y octubre de 1969, impulsó, con gran éxito, el turismo español, con un doble efecto. Por un lado, logró una enorme entrada de divisas que contribuyó al desarrollo económico y a la cancelación, promovida ya unos años antes, del aislacionismo; por otro, abrió España al mundo, inundándola con nuevas ideas y formas de vida, que resultaron decisivas para el cambio político español hacia la democracia. El auge de las clases medias tuvo en él a uno de sus más permanentes valedores. En 1967 se encargó de la elaboración y aprobación de la Ley de libertad religiosa, que entrañó la tolerancia y aceptación de las confesiones religiosas no católicas, muy en la línea de las directrices del Concilio Vaticano II. Un año después, en 1968, fue designado comisionado del Gobierno para la descolonización de Guinea Ecuatorial.

En 1974 fundó GODSA (Gabinete de Orientación y Documentación S.A.), que fue el núcleo de una asociación política vinculada a lo que fue designado como «espíritu del 12 de febrero», en alusión al célebre discurso parlamentario pronunciado por Carlos Arias Navarro: Reforma Democrática. También promovió y apoyó la primera, y limitada, Ley de Amnistía política, que entrañó la cancelación de muchas penas por delitos políticos.

Fue vicepresidente segundo y Ministro de la Gobernación del Gobierno presidido por Carlos Arias Navarro, entre diciembre de 1975 y julio de 1976. Como sombras de su gestión han sido exhibidos los acontecimientos de Montejurra y la muerte del estudiante Ruano.

Los siete magníficos

En 1976 fundó el partido Alianza Popular, alrededor de los llamados «siete magníficos», personalidades (incluida la suya) vinculadas al franquismo con vocación reformista, frente a los llamados inmovilistas. El intento era loable, pero fracasó ante el centrismo de Adolfo Suárez. Acaso esta empresa fue la clave de que Fraga no pudiera aspirar, al menos de momento, a encabezar el centro-derecha español, ni a presidir el Gobierno de España. Acaso quepa hablar aquí de un error político, pues su aperturismo resultó tibio para lo que deseaba la derecha reformista española, que vio en Suárez a su líder natural.

En junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones democráticas españolas, tras la muerte de Franco. La Alianza Popular de Fraga sólo obtuvo 16 escaños y menos del 10 por ciento de los sufragios. Una clara derrota. El vencedor fue, como estaba previsto, aunque sin mayoría absoluta, la Unión de Centro Democrática del presidente Suárez. En este momento, Fraga representó una opción mucho más tibia que la que encarnaba el presidente del Gobierno, que obtuvo la adhesión de la mayoría de los ciudadanos.

Entre 1977 y 1978, Fraga fue, junto a Gabriel Cisneros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, José Pedro Pérez-Llorca, Gregorio Peces-Barba, Jordi Solé-Tura yMiqel Roca i Junyent, ponente constitucional. Su trabajo fue fundamental para la consolidación de la transición y la aprobación de la Constitución democrática. Es este uno de los grandes momentos políticos de Fraga y quizá su mayor contribución a la concordia y la reconciliación entre los españoles, al servicio del régimen democrático. No es poco lo que, como gran jurista y notable político, logró en este proceso histórico de aprobación de la Carta Magna. La derecha española emprendía, con él, el camino hacia la democracia. Como acto simbólico, cabe destacar la presentación que hizo Fraga de Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI. (SUMARIO: Representa como pocos el valor de esos hombres que acertaron a comprender lo que España necesitaba: superar las viejas heridas del pasado y emprender la senda de la concordia) El abrazo de los dos veteranos políticos era un símbolo de la reconciliación entre las dos Españas, decididas a convertirse en una sola, reconciliada y en paz.

En 1979 encabeza, en las elecciones parlamentarias, la lista por Madrid de la Coalición Democrática. El fracaso se confirma. Sólo obtiene diez diputados. La derecha española (o, si se prefiere, el centro derecha) está en poder de Suárez y su UCD. Manuel Fraga se mantuvo firme contra el intento golpista del 23 de febrero y dio un ejemplo de dignidad y coherencia. Después de la crisis y desintegración de la UCD, la Alianza Popular de Fraga se convirtió en el primer partido de la oposición al Gobierno socialista de Felipe González. Sus limitaciones para disputar el poder al socialismo le llevan a abandonar la política nacional y a presentarse en 1987 a las elecciones parlamentarias europeas, en las que obtiene acta como eurodiputado. Abandona así la política nacional y promueve a José María Aznar como candidato a presidente del Gobierno por el Partido Popular en 1989. Tiene lugar así una de las grandes empresas políticas de Fraga, si no la mayor: la transformación de AP en el Partido Popular y la consumación de la refundación de la derecha española. Ha presidido Alianza Popular entre 1977 y 1987, y el Partido Popular, desde abril de 1991 hasta enero de 2006.

Su alejamiento de la política nacional le llevó a la política regional gallega. Fue elegido presidente de la Xunta de Galicia el 5 de febrero de 1990, y ocupó el cargo hasta el 2 de agosto de 2005. En este año ganó las elecciones autonómicas gallegas, pero no alcanzó la mayoría absoluta y no pudo formar gobierno. La Xunta pasó a manos de una coalición entre socialistas y nacionalistas, que no tardó en fracasar. Fraga encontró en su tierra gallega algunas compensaciones a sus fracasos en la política nacional. Su gestión regional fue contestada, pero el balance general bien puede calificarse de positivo. Entre sus problemas principales, se encontró la gestión del accidente del petrolero «Prestige», fuertemente orquestado y agitado por la oposición, con muy limitada capacidad argumental y mucha demagogia.

Desde febrero de 2006 hasta este año ha sido senador.

Gestos y decisiones

Manuel Fraga ha sido uno de los grandes políticos de la España contemporánea. Sus gestos y decisiones, en ocasiones autoritarios, no ocultan una adhesión a los principios y valores democráticos. En momentos como los actuales, en los que, desde el Gobierno se ha pretendido cuestionar los valores y realizaciones de la Transición y de los hombres que la protagonizaron, es una exigencia de la justicia reconocer la obra de tantos que como Fraga, desde un lado u otro del ámbito político, acertaron a comprender las exigencias de concordia que exigía la mayoría de la sociedad española. Si bien es cierto que su política ostentaba un techo electoral muy limitado, también lo es que supo reconocerlo y abrir el paso, generosamente, a una nueva generación, encarnada por José María Aznar, que llevó a la derecha española a su mayor éxito histórico: la obtención de la mayoría absoluta en las elecciones legislativas de 2000.

Fue grande en sus aciertos y en sus equivocaciones. Cuando tantas quejas ciudadanas, en buena medida justificadas, se vierten sobre la clase política española, cuando tantas limitaciones intelectuales se critican de ella, cuando el nivel intelectual parece haber descendido tanto, políticos como Fraga, con sus aciertos y errores, nos muestran la grandeza de la política cuando se ejerce desde la convicción y la talla intelectual. De una tan prolongada y fértil trayectoria política, quizá quepa destacar dos grandes momentos. Uno es la contribución a la elaboración de la Constitución de 1976. El otro, la perdurable tarea de reconstrucción de la derecha española. Él no llegó a la Moncloa. Pero sin su trabajo difícilmente hubiera llegado el Partido Popular, dirigido por Aznar, a obtener la confianza de la mayoría de los españoles.

En esta hora del balance, es justo reconocer lo más positivo, sin olvidar lo negativo. Fraga representa como pocos el valor de esos hombres que, procedentes, sin tapujos ni complejos, del franquismo, acertaron a comprender lo que España necesitaba: superar las viejas heridas del pasado y emprender la senda de la concordia y la reconciliación. En esto reside lo mejor, lo más perdurable, de su herencia política.

Más que un hombre de partido, Manuel Fraga fue un hombre de Estado.

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