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«Txeroki» se mofa de la Justicia y la Policía en su primer juicio

Se negó a declarar sobre el envío de un paquete bomba y ni siquiera admitió ser de ETA

Día 23/06/2011

Garikoitz Aspiazu, más conocido como «Txeroki», no hizo gala ayer de su condición de ex dirigente de ETA para dar alguna consigna a sus seguidores, reivindicar la «lucha armada» o ratificar su pertenencia a la organización terrorista. Tampoco aprovechó el tirón mediático de este primer juicio que se celebra en España contra él para mostrar algo diferente a los demás etarras que a diario desfilan por la Audiencia Nacional. Y lo que aflora en todo ellos es su cobardía, camuflada en una ridícula prepotencia, cuando salen del rebaño.

Con el mismo patrón de sus compañeros, el etarra optó por no declarar, renunció a su defensa e intentó deslegitimar a la Justicia española con el consabido «no reconozco la legitimidad de este tribunal para juzgar a los ciudadanos vascos». También hizo gala de la misma chulería de sus compinches cuando la presidenta de la Sala, Ángela Murillo, le emplazó a ponerse en pie para declarar y por dos veces el etarra respondió «ez» («no»).

«Ahí sentadito»

La magistrada le había brindado la posibilidad de que prestara declaración fuera del habitáculo blindado, pero ante la actitud de «Marrano» —un alias que al etarra le hace especial gracia a juzgar por las sonrisas que dedicaba a los suyos cuando oía este nombre— ordenó su conducción, esposado, de nuevo a la pecera. «Ahora ya si quiere puede estar ahí sentadito, lo que quiera», le dijo Murillo.

Pero «Txeroki» no tardó en protagonizar otro de los episodios más mediáticos del juicio, en el que el fiscal mantuvo su petición de 15 años de cárcel por el envío de un paquete bomba, en enero de 2002, al accionista del Grupo Correo, Enrique Ybarra. Fue cuando comenzaron a declarar los policías cuyas investigaciones le han sentado en el banquillo. Al tratarse de testigos protegidos, sus rostros permanecían ocultos al público con la persiana que cuelga de una de las cristaleras. El ex dirigente etarra, en una estrategia de intimidación, se agachó hasta en cuatro ocasiones para (en el mejor de los casos) poner cara a los agentes que le estaban acusando del envío de este paquete bomba, que contenía 230 gramos de dinamita.

Si bien es cierto que, como le recordó Murillo, el acusado tiene derecho a ver a los testigos (la protección es un mecanismo que se adopta respecto al público), no es una facultad de la que suelan hacer uso los etarras. De ahí que causara cierta sorpresa en la Sala, máxime cuando este inusitado interés por saber quien habla viene de una persona que ha renunciado explícitamente a su defensa. Murillo se limitó a pedirle que dejara de pasearse por la «pecera».

Por lo demás, la vista transcurrió con «normalidad». Testigos y peritos confirmaron que «Txeroki», quien cumple condena en Francia, era, en 2002, uno de los miembros del «comando Olalla» de ETA, del que también formaban parte los ya condenados por estos hechos Asier Arzalluz e Idoia Mendizabal. El paquete bomba a Ibarra era uno más de una campaña emprendida por estos etarras contra medios de comunicación, de la que también fueron víctimas periodistas de Antena 3 y de RNE. En los tres casos (que se han juzgado por separado) las bombas no llegaron a estallar, pues los paquetes fueron interceptados a mitad de camino, cuando se encontraban en la furgoneta de reparto.

Delatados por una Olivetti

Los tres etarras fueron delatados por la máquina de escribir en la que redactaron las etiquetas con las direcciones de sus víctimas. También por el ADN y las huellas que los tres dejaron en el piso de Amorebieta en el que convivieron como miembros del comando. En concreto, el rastro de «Txeroki» apareció en una maquinilla de afeitar, en un mapa y en unos textos manuscritos.

Pero otra de las principales pruebas de cargo contra él fue la confesión de uno de sus compañeros, el etarra preso Gorka Martínez, que ayer declaró como testigo y quien, pese a saludar a «Txeroki» de forma afectuosa, intentó enmendar su declaración policial asegurando que sólo le conoce de la televisión.

El juicio quedó visto para sentencia con la renuncia del etarra a su derecho a la última palabra y con el puño en alto como gesto de despedida ante media docena de simpatizantes a los que «Txeroki» les hace gracia.

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