Tercera

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Esto se pone raro

«Ahora no existen, al revés que entonces, fascismos al acecho o en eclosión abierta, y los comunismos que quedan en pie están desnaturalizados o son residuales. Pero del fondo profundo llegan vaharadas, golpes de viento, con olor a mar y algas podridas»

Día 14/01/2011
A principios de noviembre, Anthony de Jasay colgó en la red un ensayo breve con el título de «Lo mejor dentro de lo peor: lo que hemos de pagar por la democracia» —Library of Economics and Liberty, XI-2010—. Anthony de Jasay es un filósofo político y un liberal hayekiano del que se ha publicado en España un libro importante —El Estado. La lógica del poder político—. Como Hayek, procede de la antigua mancha austrohúngara —nació en el 25, no lejos de Budapest—, y lo mismo también que Hayek, aunque con las fechas y los protagonistas cambiados, sufrió las violencias del totalitarismo moderno. Me lo tropecé hace años, en un curso de verano al que asistía Popper y donde tuvo con este una pelotera formidable. Popper era un hombre irritable y vehemente, y he decir que al pobre de Jasay se le vino Popper encima, y no al revés. Pedro Schwartz, director del curso, y Boyer o Rodríguez Braun, que también andaban por ahí, lo pueden atestiguar. Yendo al grano: el ensayo de Anthony de Jasay me ha producido un malestar profundo. Primero, porque su autor es un hombre de calidad. Segundo, porque el escrito integra, en esencia, un alegato contra la democracia. En tercer lugar, ese alegato no es impensable desde una perspectiva liberal, o, mejor, libertaria. Por último, resulta evidente, y esto es acaso lo más importante, que la irresuelta crisis económica ha rebasado su perímetro original y está levantando olas que tocan ya, o tocarán pronto, los fundamentos de la constitución política en que nos hallamos instalados. Pero debo resumirles antes el texto de autos.
De Jasay identifica la democracia con un procedimiento electivo basado en la voluntad de la mayoría. Cada cierto tiempo, pongamos cuatro años, se hace con el poder el que ha conseguido reunir un número de sufragios superior o igual a la mitad más uno. El resultado es una transferencia constante de recursos desde los ricos a los pobres. Los segundos, en efecto, son más que los primeros, y por lo mismo tenderán a apoyar políticas redistributivas que les sean favorables. El proceso, llevado a su conclusión lógica, debería conducirnos a una situación equivalente a lo que los físicos denominan «muerte térmica» de un sistema. Un sistema ha alcanzado la muerte térmica cuando no se registran diferencias de energía entre sus partes. Mutatis mutandis, en una sociedad sometida a políticas indefinidamente redistributivas la renta de cada individuo terminará por igualarse con la de los otros individuos. En el trance, entra en declive la acumulación de capital, aumenta la resistencia a las adaptaciones estructurales y se dispara la deuda pública. Esto es lo que, según De Jasay, está ocurriendo en las democracias occidentales, máxime en Francia y España. Y esto, igualmente, es lo que no está ocurriendo en naciones como Indonesia, Singapur o Corea, incursas todas ellas en un círculo virtuoso de inversión y crecimiento. Occidente, en fin, se ha puesto a rodar cuesta abajo. Sobre este asunto hablaba también Martin Wolf en una columna reciente del Financial Times—«In the Grip of a Great Convergence»; 5-1-2011—.
Si el destino de las sociedades que se rigen democráticamente es quedarse tiesas en el largo plazo, ¿qué cabe alegar en favor de la democracia? De Jasay se refiere al principio que en la teoría de la elección racional se conoce como «maximin» o «maximum minimorum». El principio maximin, central, por cierto, en la teoría de la justicia de Rawls, recomienda optar, entre muchas estrategias posibles, por aquella cuyos peores resultados sean menos malos. Por mal que nos vaya bajo una democracia, nos irá mejor que a los alemanes con Hitler o a los camboyanos con Pol Pot. De Jasay, sin embargo, no parece pensar que esta consideración sea suficiente para entronizar a la democracia por encima de los restantes sistemas. Su argumento se orienta, más bien, en dirección contraria. El principio maximines pobre y conservador, y solo apto para manejarse en la vida práctica allí donde la falta de información genera márgenes muy grandes de incertidumbre.
Discrepo del ensayo de Anthony de Jasay por muchas razones, de las que destaco tres. Una: la democracia no es solo un sistema para determinar quién ha de ser el que mande. Es mucho más, e ignorarlo nos condena a una interpretación de la realidad colectiva sesgada y poco útil. Dos: no es verdad que las sociedades occidentales estén aproximándose a la muerte térmica. Está ocurriendo, en puridad, algo peor: un aumento relativo de la desigualdad —tal indica la evolución del índice Gini— junto al deterioro acelerado, en el orden material y moral, del Estado Benefactor. Tres: las objeciones de de Jasay a la democracia son más radicales de lo que su argumento, visto desde lejos, parece indicar. Si resulta que la democracia se reduce a lo que de Jasay asegura, a saber, un expolio rotatorio de los mejor situados en beneficio de los peor situados, nos encontramos con que el invento es, a la postre, malo, por mucho que lo acredite el principio maximin. Los hombres razonables preferirán, sin duda, una democracia a una dictadura horrenda. Pero no a sistemas autoritarios más eficientes en lo económico y donde estén garantizados el imperio de la ley y el mercado. La última es, en mi opinión, la tesis auténtica, y no demasiado recóndita, de Anthony de Jasay.
Desde una perspectiva escuetamente historiográfica, la arremetida de Anthony de Jasay no supone una novedad importante. Existe una rama del liberalismo, deudora a la par de los escoceses y los austriacos, que ha sido proclive a desconectar conceptualmente el máximo bien —el imperio de la ley y, en su estela, la libertad— de formas de gobierno específicas. Hume simpatizó con la monarquía absoluta; Adam Smith no se pronunció con claridad sobre el mejor tipo de constitución; y las reticencias o ambivalencias de Hayek hacia la democracia son notorias. De Jasay se sitúa, más o menos, en esta corriente. La defensa del sistema democrático encuentra voces mucho más rotundas dentro de la tradición liberal «whig» apadrinada por Locke. O variando de continente, en el constitucionalismo americano, el cual busca inspiración, a la vez, en Locke y Montesquieu. Hasta aquí, pocas sorpresas.
Reitero, con todo, el sentimiento de malestar a que antes hice alusión. Sería absurdo establecer un paralelo entre la crisis que la democracia experimentó en los años veinte y treinta y los vientos de fronda que al presente se registran aquí y allá. Ahora no existen, al revés que entonces, fascismos al acecho o en eclosión abierta, y los comunismos que quedan en pie están desnaturalizados o son residuales. Pero del fondo profundo llegan vaharadas, golpes de viento, con olor a mar y algas podridas. Inquieta el desbarajuste de la izquierda, indecisa entre fórmulas anarquizantes en el terreno de la cultura y las costumbres, y la adhesión renuente a un Estado Benefactor en liquidación; inquieta el sentimiento creciente de que el futuro se encuentra en manos de países que no han conocido o no ejercen en serio la democracia; y por último, causa desasosiego la proclividad del liberalismo economicista a desengancharse de un orden moral que exige ser reformado, pero del que no nos vamos a ir sin perder la libertad. El ensayo de Anthony de Jasay representa, en fin, una mala noticia.
ÁLVARO DELGADO-GAL ES ESCRITOR
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